VIGENCIA Y TRASCENDENCIA DEL ARIEL.

 

Elio Alba-Buffill, Profesor Emérito

City University of New York. (Kingsborough)  

           
             Deseo expresar antes de iniciar este trabajo, mi agradecimiento a la Academia Uruguaya de Letras, al Ateneo de Montevideo y al Ministerio de Relaciones Exteriores de la república del Uruguay, por esta invitación que tanto me honra para  participar en la conmemoración del centenario de la publicación del Ariel de José Enrique Rodó, honor que se acrecienta por el hecho de que mi disertación de hoy tenga lugar en este histórico templo de la cultura, en donde precisamente el eminente ensayista uruguayo escribiera su obra inmortal.

            José Enrique Rodó fue un típico representante del intelectual de Hispanoamérica, es decir de esas eminentes figuras de nuestra cultura de todas las latitudes de nuestro con-tinente, que han cultivado su labor transidos de una preocupación cívica que los han lle-vado a participar en los acontecimientos políticos e históricos de sus respectivos países. En efecto, nuestros más preclaros hombres de pensamiento, a través del un tanto tumul-tuoso proceso histórico que hemos sufrido, no se han aislado en la clásica torre de marfil sino que pese al genuíno afán de conocimiento que han inspirado sus vidas, han interve-nido, en mayor o menor medida, en el acontecer nacional llevados por el amor a sus res-pectivas patrias. Estos hombres llevaron a cabo una labor iluminadora, una tarea analítica y una función redentora, ajustando su labor a las características de sus momentos históri-cos y a las circunstancias ambientales de sus específicos países y muchos de ellos tras-cendieron lo nacional para buscar las esencias de la América hispana y se enfrentaron devotamente al estudio de sus problemas.

            José Enrique Rodó efectuó en toda su obra, aunque en este estudio enfocaremos más específicamente su Ariel, estas tres labores. La iluminadora la llevó a cabo cuando brindó al lector hispanoamericano, integrando en su prosa muy adecuadamente su porten-tosa erudición, toda la gran tradición de la civilización occidental. Rodó señaló sus bases en Grecia y reconoció la gran importancia de su filosofía, pero también la de su literatura, la de su arte, en resumen la de su cultura en general y puso de manifiesto el respeto a la libertad humana que caracterizó la democracia griega, deteniéndose en esa gracia y equi-librio que el milagro helénico legó a la posteridad.

            Las páginas de Ariel que Rodó dedicó a explicar la mente del pueblo griego y la importancia de su gran aportación a la humanidad muestran la formidable capacidad de síntesis del autor y su extraordinaria habilidad de captar las características fundamentales de ese pueblo, como fueron: la gracia, la sencillez, la meditación desinteresada, la mode-ración, el equilibrio, el respeto al principio de la igualdad ante la ley, unido al criterio del reconocimiento en función de méritos, el insaciable afán de aprender inspirado a la juven-tud, la esmerada atención al adecuado desarrollo de las potencialidades artísticas del ser humano, el cultivo de la belleza, el culto al coraje, al respeto a la dignidad del individuo y al repudio de la intransigencia y siempre el énfasis en el logro del control racional del mundo empírico y en auspiciar la habilidad de resolver los problemas por la discusión ra-zonada y objetiva. En ocasiones, el lector parece recordar en estas páginas hermosas y profundas de Rodó los ecos de la famosa Oración fúnebre de Pericles o el mundo ideal de La República de Platón.      

Pero además del aporte de Grecia,  Rodó destacó la extraordinaria contribución  ética que constituyó el mensaje del cristianismo. Siguiendo muy de cerca a su mentor Re-nán, reconoció la importancia de las fuentes hebraicas en la percepción literal de la doc-trina de Jesús pero destacó que éste había hecho sensible, con su prédica, la poesía del precepto, es decir, su belleza íntima. Hay que  traer a colación la carta que nuestro ensa-yista publicó en el periódico La Razón de esta ciudad el 5 de julio de 1906, donde critica-ba la decisión de la Comisión Nacional de Caridad que determinó el retiro de los crucifi-jos en las salas de los hospitales. Toda la hermosa y fundada argumentación que planteó Rodó en la extraordinaria polémica que originó este lamentable incidente, en donde de-nunció la intransigencia de los llamados liberales radicales, ratifica las ideas expresadas en Ariel acerca de la doctrina de amor de Jesucristo y la gran repercusión de su mensaje [1] . 

Rodó, al hablar de tradición, estaba situándose en la corriente de los intelectuales de Hispanoamérica que reaccionaban contra ese repudio a la metrópoli que fue conse-cuencia necesaria del proceso de emancipación continental. Empezándose a serenar las aguas de la tormenta con la influencia apaciguadora del transcurso del tiempo, iniciándo-se la búsqueda de nuestras genuínas esencias, algunas de nuestras figuras más destacadas comprendieron que no podíamos prescindir de nuestro pasado, que si bien debíamos aspi-rar legítimamente a nuestra independencia espiritual y cultural, el camino para lograrla, tenía que ser el riguroso análisis de nuestra evolución y que España, con el aporte de su lengua, su importante historia cultural que conllevaba la gran tradición greco-romana  y el profundo mensaje cristiano, era un fundamental elemento de nuestra idiosincracia.

           Con gran precisión, Clarín observó este aspecto, en un artículo que vio la luz con motivo de la publicación de Ariel y que después se convirtió en el prólogo de muchas de las ediciones de esa obra. En efecto, así señaló: “Ahora publica el señor Rodó un libro de pocas pero sustanciosas palabras, titulado Ariel, y aunque en él no trata directamente de esa nueva tendencia a reconciliarse con España, la España digna del siglo, si bien respe-tuosa con los siglos de su gloria; aunque Ariel tiene otro fin inmediato, en el fondo y como corolario de su idea va a lo mismo” [2] . Años más tarde en su libro El mirador de Próspero, Rodó incluyó su trabajo “La España niña”, en donde no solamente proclamaba su fe en el glorioso destino de esta América nacida de España si no también consideraba que ése no sería el único gran mérito que la Historia le tendría reservada a la nación espa-ñola  sino que la veía en el futuro: “permanecer, siempre en pie, y muy firme, muy pulcra y muy reverenciada” [3]

Es indudable también la presencia en Ariel, como en el resto de la obra de Rodó,  del vasto conocimiento del autor de los escritores más significativos del pensamiento eu-ropeo, fundamentalmente de las dos centurias que precedieron a su obra, es decir los si-glos XVIII y XIX, así como las grandes figuras del ensayo hispanoamericano. Baste re-cordar, en cuanto a este último aspecto, la  famosa polémica de 1907 que originó su críti-ca  a La joven literatura hispanoamericana de Manuel Ugarte, en donde mostraba su di-sidencia con el antólogo, respecto a la superioridad que aquél reconocía a los jóvenes, lo que motivó que Rodó le preguntara qué figuras en sus respectivos países podían superar los logros de Sarmiento, Montalvo o Martí. Volviendo a la cultura europea, Rodó ilustra en sus obras el pensamiento de autores de la categoría de Renán, Carlyle, Guyau, Miche-let, Montaigne,Tocqueville, y otros valiosos pensadores. Pudiera resumirse diciendo que desfilan por sus libros y artículos, cumpliendo esa labor de divulgación de ideas,  los es-critores del siglo XVIII, especialmente los neoclásicos, y que también mostró un vasto conocimiento de los dos movimientos ideológicos que dominaron el pensamiento euro-peo en la centuria décimonona, el romanticismo y el positivismo.

Los autores romanticos  que leyó desde joven en la bien provista biblioteca fami-liar, enardecieron su sentimiento por la libertad y la dignidad del ser humano, que no so-lamente se transparentó en el mensaje del Ariel, sino que dotó de una genuína autentici-dad a su vida. Como ejemplo de esa actitud podemos recordar que en dos ocasiones se alejó de posiciones remunerativas y de gran prestigio social, poniendo en peligro su segu-ridad económica y la de sus familiares para no tener que ocultar sus genuínos pensamien-tos, en una, no aceptando una nominación para un cargo legislativo y en otra, renuncian-do a continuar publicando en una revista  por disentir de la orientación ideológica de su dirección en asuntos fundamentales al destino de la humanidad

Rodó estuvo ligado al positivismo, aunque hay que hacer grandes salvedades a la ortodoxia de su posición. En definitiva la generacion de pensadores de ese movimiento en América hispana aunque se sintieron atraídos por esas ideas renovadoras. se caracteriza-ron por cierto heterodoxismo, Lograda la independencia en muchos de nuestros países, las  mentes más altas de Hispanoamérica comprendieron que nada se lograría del rompi-miento de la vinculación política a la metrópoli si no se lograba una genuína independen-cia espiritual. Pedro Henríquez Ureña ha visto la gran aportación de ese movimiento a nuestra historia cultural de Hispanopamérica en la liberación de la enseñanza de las tradi-ciones coloniales [4] y Francisco Romeo [5] en el interés que despertó por los estudios filosó-ficos, pero reitero, ni Justo Sierra en México, ni Eugenio María de Hostos en Puerto Rico, ni Victorino Lastarria en Chile, ni Enrique José Varona, en Cuba, a pesar de que propicia-ron la importación en América hispana de ese proceso ideológico de renovación, fueron positivistas ortodoxos.

  Rodó, aunque recibió con agrado el mensaje de renovación en el proceso educa-cional que su énfasis en la ciencia conllevaba, pudo verle al positivismo los efectos nega-tivos que su base materialista, su  repudio a la Metafísica y el desconocimiento de la espi-ritualidad humana, habían de producir. No obstante, la vasta erudición rododiana muestra en su obra que, pese a las aludidas reservas sobre el positivismo, estaba muy al tanto,  no sólo de sus más fundamentales raíces francesas es decir, Augusto Comte y Emilio Littré, sino también de sus derivaciones inglesas, Stuart Mill y el evolucionismo de Herbert Spencer. Por otra parte, en su crítica literaria que es una parte valiosísima de su obra, que en mi opinión no ha sido subrayada por la exegética continental con la relevancia que merecen sus méritos, Rodó, con su característica ponderación, equilibrio y extraordinaria habilidad para conciliar sistemas, incorporó muy felizmente la metodología taineana y en algunos de sus trabajos mostró su profundo conocimiento de esa escuela crítica. Es inne-gable que su ensayo sobre Montalvo es sin duda, con el estudio de Enrique José Varona sobre Cervantes, dos de las más altas manifestaciones en nuestra América de la exegética de Hipólito Taine. Además Rodó hizo evidente en su obra crítica la presencia del criterio psicobiográfico de Carlos Agustín Sainte Beuve, de quien el propio Taine se declarara discípulo, en su famosa Historia de la literatura inglesa. 

En cuanto a esta vinculación con el positivismo, debe recordarse que la presencia más notable en Rodó, como ha señalado la crítica, es Renán, a quien Próspero aconsejó a los jóvenes, leer.  Como señaló Alberto Zum Felde, casi no hay libro de Rodó en que no insista en el elogio de Renán, asímismo, le atribuyó en Liberalismo y Jacobinismo, la más fina y profunda comprensión del moderno libre-pensamiento frente al problema religioso y lo defendió contra quienes calificaban su obra de escéptica y disolvente. Con gran pre-cisión afirma Zum Felde: “Lo que Rodó trae, pues, a América es, en esencia, el espíritu ático y ecléctico de Renán, cuyo culto con la ciencia no es incompatible con la gracia es-tética del helenismo ni con el sentimiento y la poesía” [6] , para concluir afirmando: “Ariel viene así, a poner una sonrisa espiritual en el rostro escueto del positivismo spenceriano de la hora, y a coronar con las rosas paganas del banquete la frente descarnada de la ver-dad científica” [7]

En definitiva, en Rodó hay una indudable base positivista, en lo que  coincide una amplia y muy seria crítica pero también es critero generalizado, que en muchos aspectos de su obra, trasciende el positivismo. Gascó Contell, al estudiar el modernismo en el au-tor de Ariel, señalaba que éste, en el ensayo de la personalidad de Darío, formulaba una definición del modernismo, que era al mismo tiempo una profesión de fe. He aquí las es-clarecedoras palabras de Rodó: “Yo soy modernista también, yo pertenezco con toda mi alma a la gran reacción que da carácter y sentido a la gran evolución del pensamiento en las postrimerías de este siglo; a la reacción que, partiendo del naturalismo literario y del posiivismo filosófico, los conduce, sin desvirtuarlos, en los que tienen de fecundos, a di-solverse en concepciones más altas”. [8]     

Emir Rodríguez Monegal, refiriéndose al plano filosófico específicamente, seña-laba que la especulación de Rodó era tributaria del del pensamiento filosófico europeo del siglo XIX y aclaraba que sus raíces se encontraban en el positivismo de la segunda mitad del siglo y en la reacción espiritualista que le sucedió. Para confirmar su tesis, transcribía las propias palabras citadas por Gascó Contell a las que hemos aludido aunque prescindía de la auto definición de Rodó de modernista conque se iniciaba el párrafo y para sustentar con más fuerza su argumentación ponía esas palabras en relación con el análisis del positivismo y de su herencia que aparece en el ensayo de Rodó sobre Idola Fori, de Carlos Arturo Torres, que incluyó en su libro El mirador de próspero. En este trabajo Rodó confiesa que el positivismo, que era la piedra angular de su formación intelectual y la de su generación, no era ya la cúpula que la remataba y coronaba porque ellos, en la esfera de la especulación, ya habían reivindicado contra las limitaciones posi-tivistas el anhelo del ser humano a encararse en lo fundamental con el misterio que los envolvía y en la esfera de la vida, habían tendido a restituir a las ideas, como norma y objeto de los propósitos del ser humano. Es verdad que Rodó reconocía que su idealismo no se parecía al idealismo de sus abuelos, los espiritualistas y románticos de 1830, los revolucionarios y utopistas de 1848, pues se interponía entre ambos caracteres de idealidad, el positivismo de sus padres y  afirmaba muy acertadamente que ninguna dirección del pensamiento pasaba sin dilatarse de algún modo dentro de aquélla que la sustituía.

Rodó explicaba que el positivismo había dejado en todos ellos, un sustrato de relatividad, de espíritu crítico, de desconfianza de las afirmaciones absolutas, de respeto a las condiciones taineanas de tiempo y lugar, que eran los elementos que caracterizaban a los neoidealistas, como se autodenominaba incluyendo su generación. Rodríguez Mone-gal concluía que ese título de neoidealismo era el que mejor convenía a la corriente en que se inscribía la obra de Rodó y que dicha corriente anticipaba o preanunciaba muchas de las más interesantes conquistas de la filosofía contemporánea. El propio crítico de Ro-dó apuntaba al efecto, las conexiones que había visto Pedro Henríquez Uureña en estas ideas de Rodó con la filosofía de Bergson y las relaciones del pensamiento filosófico ro-dodiano con la Axiología que indicara Arturo Ardao. [9]  

Volviendo al campo estrictamente literario, en relación al modernismo, en mi opinión,  Rodó parece más vinculado a su corriente intimista, la que se origina en Martí,  que a la exotista que tiene en Gutiérrez Nájera y en Julián del Casal sus iniciadores. Hay indudablemente cierto desdén de los extremos en que cayeron el parnasianismo y el de-cadentismo. Para él, el modernismo debía caracterizarse por una determinada preocupa-ción social y por un enfrentarse a los problemas de Hispanoamérica, lo que lo acerca al segundo Darío, el de Cantos de vida y esperanza, inquietud que en definitiva está refleja-da en la temática de su Ariel.    

Posición ante el modernismo que está en concordancia con toda la base ideológica de su pensamiento y que nos permite relacionarla con su labor analítica, ya que Rodó es-tudió con seriedad y rigurosidad los problemas a los que se enfrentaba la América hispa-na, pues estaba consciente que esa evaluación cuidadosa era el primer paso necesario para un intento de solución de los males que padecíamos. La obra de Rodó debe pues interpre-tarse como uno de los primeros, más serios, amplios y rigurosos esfuerzos de la intelec-tualidad hispanoamericana de efectuar una búsqueda de nuestras esencias, de acercarse a nuestra genuína manera de ser, para plantearnos un necesario programa de superación. Esa preocupación por la América hispana en su totalidad, ese bucear con genuína pe-netración en nuestras raíces, ese método y rigor que en él no está exento de gracia expre-siva, esa constante búsqueda de nuestras características, es una de las tendencias funda-mentales de la ensayística hispanoamericana del siglo XX, que el Ariel, que ve la luz pre-cisamente a principios de ese  siglo, subraya indeleblemente. Si la obra de Rodó contiene crítica de nuestros procesos históricos, lo hace, como devoto hispanoamericano, para bus-car soluciones. Siempre en el gran maestro uruguayo, la función analítica de su ensayistí-ca está indisolublemente integrada con el próposito mejorativo.

Rodó se preocupaba hondamente por las  condiciones de la vida en América. En su obra está presente su visión sociológica, histórica, filosófica y jurídica. Recuérdese cuando mencionaba en especial “el presuroso crecimiento de nuestras democracias por la incesante agregación de una enorme multitud cosmopolita, por la influencia inmigrato-ria, que se incorpora a un núcleo aún débil para verificar a un activo trabajo de asimila-ción y encauzar el torrente humano con los medios  que ofrecen la solidez secular de la estructura social, el orden político seguro y los elementos de una cultura que haya arrai-gado íntimamente” [10] (70), pero esta inquietud que sentía se debía esencialmente a que veía que tal proceso exponía a la América hispana en el futuro a “los peligros de la dege-neración democrática, que aboga bajo la fuerza ciega del número toda noción de calidad, que desvanece en la conciencia de las sociedades todo justo sentimiento de orden, y que, librando su ordenación jerárquica al sentimiento del acaso, conduce forzosamente a hacer triunfar las más justificadas e innobles de las supremacías” (70-71). Hay que aclarar que esa degeneración a la que aludía Rodó, no es crítica al sistema en sí, sino al abuso que la nobleza consustancial de la democracia pudiera producir y que demuestran la preclara captación del escritor, de los peligros a que sometieron al régimen democrático los sistemas totalitarios en el siglo XX.

    Es cierto que su concepción de la democracia estaba animada de un innegable aristocraticismo espiritual, pero éste nada tenía que ver con la antigua nobleza de sangre de las monarquías europeas. Señalaba así el ensayista uruguayo, en relación al problema de la inmigración en nuestros países, lo siguiente: “Si la aparición y el florecimiento de la sociedad de las más elevadas actividades humanas, de las que determinan la alta cultura, requieren como condición indispensable la existencia de una población cuantiosa y densa, es precisamente porque esa importancia cuantitativa de la población, dando lugar a la más compleja división del trabajo, posibilita la formación de fuertes elementos dirigentes que hacen efectivo el dominio de la calidad  sobre el número. La multitud, la masa anónima no es nada por sí misma. La multitud será un instrumento de barbarie o de civilización, según carezca o no del coeficiente de una alta dirección moral” (71-72) Conceptos que anticipan y que se encuentran presentes en cierta medida, en la tesis de una de las mentes españolas que más influencia ha ejercido en la intelectualidad no sólo de la península sino de la América hispana en general, me refiero a la que el gran filósofo José Ortega y Ga- sset planteara en La Rebelión de la masas [11] y  El hombre y la gente [12] .

Rodó continuaba su argumentación en este aspecto señalando, con citas de Emer-son, Comte y Carlyle, que la democracia desvirtuaría su esencia, es decir, se convertiría  en una realidad fatal, si se opusiera a la alta vida del espíritu, desconociera las desigual-dades legítimas y sustituyera la fe en el heroísmo por una concepción mecánica del go-bierno (73).

Y precisando que se trataba de un aristocraticismo espiritual y no de otro tipo, Ro-dó señalaba que “Racionalmente concebida, la democracia admite siempre un imprescrip-tible elemento aristocrático, que consiste en establecer la superioridad de los mejores, a-segurándola sobre el consentimiento libre de los asociados. Ella consagra como las aris-tocracias, la distinción de calidad; pero las resuelve a favor de las calidades realmente su-periores –las de la virtud, el carácter, el espíritu-, y sin pretender inmovilizarlas en clases constituídas aparte de las otras, que mantengan a su favor el privilegio execrable de la casta, renueva sin cesar su aristocracia dirigente en las fuentes vivas del pueblo y la hace aceptar por la justicia y el amor" (86-87). 

También se dolió de las limitaciones que a las naciones de “Nuestra América”,     -para utilizar la denominación martiana de la America hispana- le imponía el afán de imi-tar el utilitarismo capitalista que veía como característica de la sociedad hispanoameri-cana de la época, que era consecuencia de su tendencia a emular al vecino poderoso del norte. Rodó se alarmaba de como el afán de utilidad material y el urgente deseo de lograr el bienestar económico alejaba al pueblo de Hispanoamérica de la preocupación por el arte y la cultura en general [13] , que es un componente fundamental de la gran tradición civilizadora que España trajo a América con las carabelas de Colón, pese a las claudica-ciones que sobre este aspecto de su idiosincracia tuvo la propia metrópoli a través de su historia.Hay que destacar que pasado un siglo de esta obra, hoy en día, uno de los  fundamentales motivos de preocupación de  los psicólogos y sociologos, no solamente norteamericanos sino también los de la Unión Europea y los de Nuestra América, son los efectos negativos que al adecuado desarrollo de los valores culturales y espirituales de los  seres humanos, produce la presente “sociedad de consumo”. Una muestra más de hasta que punto fue medular la tesis de Ariel y del  por qué debía ser todavía más  universal de lo que es, su vigencia y trascendencia. 

Continuando esta labor analítica que Rodó desarrolló en Ariel, nuestro ensayista  veía que ese utilitarismo elevado a la categoría de destino del ser humano y la reducción a la mediocridad que ese abandono del mundo de las ideas y la cultura, implícitamente con-llevaba, eran los elementos que conformaban la visión en Europa del americanismo [14] y destacó que el desarrollo vital de la gran nación del Norte de América producía admira-ción en nuestros pueblos, la que se extendía a nuestros grupos dirigentes, lo que conlleva-ba un afán de imitación [15] . Estaba pues, el crítico enfrentándose a nuestros problemas y señalaba -sin dejar de tener una gran respeto por la esencia democrática de Estados Uni-dos, como se hace patente en su obra- aspectos de la nación norteamericana que podrían tener repercusión negativa en Hispanoamérica, aspectos, que por otra parte, fueron eva-luados y siguen llamando la atención de muchas de las mentes más altas de la intelectua-lidad de ese país

Rodó además efectuó una labor redentora pues el Ariel  constituyó un mensaje, una llamada a la América hispana a enfrentarse a sus problemas y tratar de solucionar-los. Esta hermosísima y magnífica lección del viejo maestro Próspero a sus jovenes estudiantes, siempre nos traerá a todos los americanos del Caribe los recuerdos venera-dos de los sermones laicos de José de la Luz y Caballero en el salón de reuniones del Colegio El Salvador en La Habana de mediados del siglo XIX y de la famosa conferencia del puertorriqueño Eugenio María de Hostos en la Escuela Normal de Santo Domingo a fines de ese siglo. La gran repercusión que tuvo el Ariel está íntimamente relacionada con  la extraordinaria  belleza y perfección de su prosa, cargada de profundo lirismo y con su legado optimista, su mensaje idealista, su doctrina de fe en el futuro de Hispanoamérica, que reflejaron la verdadera realidad interior del autor, que no coincidía según sus biográ-fos, con su personalidad introvertida o con la adustez que reflejan sus numerosos retratos. Era, como él mismo reconoció, que la genuina alma del escritor es la que  siempre se hace visible en sus obras.

Como acertadamente han señalado Enrique Anderson Imbert y Eugenio Florit,  reaccionando a algunas estrechas evaluaciones de esta obra de Rodó que han intentado desvirtuar completamente su sentido, interpretar Ariel versus Calibán, como la América hispana versus  la América sajona, el espíritu versus la técnica, ha sido pretender reducir Ariel a esquemas que desvirtuan su intención [16] . Dichos críticos sostienen que con esa interpretación, ese libro no parecía ser una incitación al esfuerzo, que es lo que esta mag-nífica obra es realmente, sino que parece considerado como una cátedra de conformis-mo. [17] Y concluyen sus razonamientos, enfocando el objetivo que persiguió Rodó con este libro: “Desde el punto de vista de la incitación del trabajo Ariel continúa la serie de otros libros solidarizados con los Estados Unidos: los de Sarmiento, por ejemplo.  El tema de los Estados Unidos es sólo un accidente, una ilustración de una tesis sobre el espíritu. Tan distante de la intención de Rodó ha sido oponer las dos Américas y lanzar un manifiesto de tipo político, que Ariel, no fue una obra antiimperialista. Sólo alude al imperialismo moral no tanto ejercido por los Estados Unidos como creado por su imitación en la Amé-rica española. Se le criticó precisamente haber descuidado el problema del imperialismo económico. Pero Rodó no se propuso ese problema. Lo que él quería era oponer el espíri-tu a la concupiscencia” [18] .

En relación a este, tan debatido problema, en que las connotaciones políticas en algunos casos han oscurecido la rigurosidad de la exégesis, recientemente, en Rodó en la crítica de Pedro Henríquez Ureña [19] , Walter Rela con mucho acierto ha traído a colación el estudio de ese autor titulado “Ariel” publicado en la  revista Cuba Literaria, de la Ha-bana, el 12 de enero de 1905 y recogido después en su conocida obra Ensayos Críticos.   En efecto, Rela señala que en este trabajo Ureña hace énfasis en lo que considera sustan-tivo del mensaje de Rodó a la juventud hispanoamericana,“dentro de un marco de demo-cracia, tolerancia, desinterés, optimismo, pero con la responsabilidad de ser y formar par-te de la cultura de Occidente, por poseer ‘las fuerzas nuevas’ ” [20] y más adelante, señala que Henríquez Ureña no elude el álgido asunto de la influencia de los Estados Unidos sino que le dedica el más extenso capítulo del ensayo, el cuarto, para demostrar las debi-lidades del discurso de Rodó y que el ensayista dominicano, como buen hispanoamerica-no inteligente conocía el camino que habían seguido nuestras vacilantes democracias.

En efecto, aunque Pedro Henríquez Ureña demuestra en este estudio bien a las claras su admiración por Rodó y enfoca con muy buen juicio la extraordinaria importan-cia del mensaje de fe del maestro uruguayo es, precisamente en este aspecto del Ariel, el relativo a la influencia del utilitarismo, donde se separa respetuosamente del criterio de Rodó y llega a afirmar que el exceso del utilitarismo de aquella época era un fenómeno necesariamente pasajero [21] y para sustentar esta tesis, después de señalar que la democra-cia había puesto a la libertad al alcance de todos, veía que el problema del futuro inme-diato era poner también la riqueza al alcance de todos los miembros de la colectividad. Al propio tiempo creía que en esa tendencia de la civilización, el utilitarismo serviría a la causa de Ariel.  Henríquez Ureña consideraba el análisis que hacía Rodó de los Estados Unidos como la encarnación del utilitarismo, como la parte más discutible de la obra y agregaba  que cabía en su sentir, oponer reparos a algunos de sus juicios severos sobre la nación septentrional.” [22] .

Creemos que se debe destacar el hecho de que aunque Rodó no tuvo la fe de Sar-miento, ni la de Alberdi respecto a los efectos positivos de auspiciar la inmigración euro-pea y reprochaba la confianza excesiva en los resultados de esta política inmigratoria, por haber producido como consecuencia, probablemente no prevista, añadiríamos nosotros, el haber tenido en cuenta el número con descuido de la calidad, lo cierto es que los tres se acercaron básicamente en la preocupación por los problemas que estaban confrontando nuestras naciones, en la necesidad que sintieron de analizarlos cuidadosamente y en el esfuerzo que llevaron a cabo de buscar soluciones en las que se tomaran en cuenta los aciertos previos y se sacaran resultados orientadores de los errores cometidos.  

Alberto Zum Felde considera que la dualidad del conflicto interno entre positivis-mo e idealismo que veía como fenómeno  general de la ensayística americana del último tercio del XIX y primeros lustros del XX, también se presentaba en Rodó, pero aclaraba que en éste no mostraba “los caracteres agudamente contradictorios de falsa posición que en otros, porque su disciplina propia de equilibrio, ecuanimidad y conciliación entre las antinomias, y por ende su tendencia al eclecticismo, abren de antemano amplia fórmula de solución. Aunque sus bases filosóficas sean positivistas, no profesa el positivismo co-mo sistema exclusivo; siempre mantiene ventanas abiertas al humanismo tradicional, por donde las ‘idealidades’ de la cultura, entran y salen como en casa propia” [23] . Claro que Zum Felde se ve inmediatamente obligado a aclarar que el idealismo en Rodó no es una posición puramente filosófica sino que es en esencia, puro humanismo y que su repudio no es al positivismo sino a lo que Zum Felde llama las estrechas deformaciones de ese movimiento en el campo de la cultura o sea el utilitarismo.

En definitiva, lo que deseamos subrayar aquí y creemos que es fundamental para este aspecto que venimos analizando, es la importancia de la característica ponderación de Rodó, ese equilibrio, tan consustancial en él, esa actitud de armonizar, nunca de ex-cluir, ni de exponer esquemas antagónicos. Cuando Rodó compara, siempre hay una fina-lidad mejorativa, es decir, va escogiendo el aporte positivo de cada uno de los elementos que está analizando y contrastando. En definitiva Rodó, en esa obra maestra cuyo cente-nario estamos celebrando, planteó muy lúcidamente su visión equilibrada  de lo que él quería que nuestra América fuera: “La América que nosotros soñamos; hospitalaria para las cosas del espíritu, y no tan sólo para las muchedumbres que se amparen a ella; pensa-dora sin menoscabo de su actitud para la acción; serena y firme a pesar de sus entusias-mos generosos; resplandeciente en el encanto de una seriedad temprana y suave, como la que realza la expresión de un rostro infantil cuando en él se revela, al través de la gracia intacta que fulgura, el pensamiento inquieto que despierta?” (145). 

Hay además, y esto también es muy fundamental en Rodó, su respeto a la libertad y a la dignidad humana que lo llevó por naturaleza y convicción a repudiar todo totalita-rismo ideológico. Rodó, no cabe duda, fue un defensor inquebrantable del régimen demo-crático. Así proclamaba en Ariel;  “Y sin embargo, el espíritu de la democracia es esen-cialmente, para nuestra civilización, un principio de vida contra el cual sería inútil rebe-larse. Los descontentos sugeridos por las imperfecciones de su forma histórica actual, han llevado a menudo a la injusticia con lo que aquel régimen tiene de definitivo y fe-cundo”(81).Y llegó hasta a rechazar por injusta e infundada la condenación de su admira-do Renán, de lo que llama el “principio fundametal de la democracia: la igualdad de dere-chos (81), para concluir, subrayando de nuevo, su credo democrático, al mismo tiempo que la base cientificista de su posición positivista, lo siguiente: “Desconocer la obra de la democracia, en lo esencial, porque aún no terminada, no ha llegado definitivamente a conciliar su empresa de igualdad con una fuerte garantía social de selección, equivale a desconocer la obra, paralela y concorde, de la ciencia, porque interpretada con el criterio estrecho de una escuela, ha podido dañar alguna vez al espíritu de la religiosidad o al espíritu de la poesía. La democracia y la ciencia son, en efecto, los dos insustituíbles soportes sobre los que nuestra civilización descansa” (82).   

 Esa fe en la democracia y su repudio a los totalitarismos, es un elemento que lo acerca a esa heterodoxia del positivismo hispanoamericano a la que hemos aludido pre-viamente, que precisamente tuvo una de sus manifestaciones en el rechazo a la última etapa de Augusto Comte, es decir, a aquélla en la que éste intentó convertir la ciencia en la religión de la humanidad. Todo esto, sin olvidar la importancia que Rodó confirió, como asímismo hemos aludido, al mensaje de amor de la doctrina cristiana y la trascen-dencia  de su  profunda misión ética.      

            Muy lúcidamente, un poeta y ensayista de esta hermosa y culta tierra, Emilio Oribe, situaba a Rodó en “la línea del humanismo renacentista,  en la dirección que exalta la individualidad humana en el plano de la libertad y el espiritualismo en sus diversas formas, que se expresan por medio del derecho, la cultura helénico-cristiana , las filosofías de lo trascendente y el  amor entre los mortales” [24] . La libertad plena del  pen-samiento es esencial, señaló con acierto Oribe,  para que nuestra América  pueda aspirar a definirse como la esperanza de la Humanidad siguiendo el mensaje de Rodó. Solamente así, añadía el crítico, manteniendo el pensamiento, de acuerdo con los principios de li-bertad, que constituyen las bases de la vida democrática de los sudamericanos, se puede convertir en realidad el programa de Ariel, sólo así es como, indica muy hermosamente el poeta: “el helenismo formativo y creador, resurgiría en nosotros consustanciado en la democracia humanista, hipostasiándose en el acto de una comunidad humana y origi-nal” [25] .    

En resumen, mirándolo con una perspectiva histórica, Ariel, como apunté al prin-cipio de este trabajo, forma parte de una corriente poderosa de la ensayística de nuestra América a la que pertenecieron figuras que lo precedieron, como los venezolanos An-drés Bello y Simón Bolivar, el puertorriqueño Eugenio María de Hostos, el mexicano Gabino Barrera, los cubanos Enrique José Varona y José Martí, el ecuatoriano Juan Mon-talvo y el argentino Domingo Faustino Sarmiento y a la que se van a sumar después, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, los mexicanos José Vasconcelos y Alfonso Reyes, los argentinos Alejandro Korn y Francisco Romero y el cubano Jorge Mañach, entre otros igualmente valiosos, que se enfrentaron a la problematica de nuestro continente, la ilu-minaron a la luz de las grandes ideas del proceso civilizador, la evaluaron aplicando los conocimientos adquiridos a las situaciones autóctonas -recuérdese que Martí señaló que lo rudimentario del arte de gobierno en América es el conocimiento de los elementos pe-culiares de los pueblos” [26] - y contribuyeron con su obra y con el ejemplo de su vida, de acuerdo con su ubicación en el proceso histórico de sus respectivas naciones, bien a la formación de una genuína conciencia nacional, que fue factor determinante de las luchas de independencia, bien  a un ético esfuerzo para lograr que las ya recientes creadas repúblicas fueran alcanzando paulatinamente una genuína independencia espiritual, sin abandonar su fecunda y valiosa tradición cultural y reaccionaran ante los factores que conspiraran contra sus  procesos de consolidación institucional.

Fue el Ariel de Rodó, el libro representativo de esa corriente poderosa de la ensa-yística hispanoamericana de los dos últimos siglos, que tuvo más impacto, el que logró más ampliamente captar la atención del lector de América hispana, el que al ser un llama-do a nuestra juventud, cargado de espiritualidad, saturado de cultura, impregnado de un profundo mensaje ético, despertó y todavía despierta más ansias de superación de todo un continente. Es verdad que vio la luz en un momento histórico propicio, el inicio de un siglo que siempre abre nuevas perspecivas y aspiraciones al ser humano, pero no hay duda que fueron la sólida base cultural que avala el desarrollo temático del libro, la bri-llantez del razonamiento analítico que lo caracteriza  y la lírica hermosura de su forma, los fundamentales elementos que propiciaron su extraordinaria acogida. De ahí su gran repercusión, de ahí, sus innumerables ediciones en español y en otros idiomas, de ahí la gran influencia moral que ejerció y todavía ejerce este programa de conducta, de ahí el profundo y sincero respeto que Rodó disfrutó en vida en el mundo intelectual, que sirvió para atenuar un tanto los sinsabores que entristecieron su existencia  sobre todo en sus últimos años, respeto y admiración que se acrecentaron con el transcurso de los años, después de su muerte.

En estos momentos históricos que celebramos el siglo de la publicación de su obra inmortal y nos enfrentamos a un nuevo milenio, su mensaje de fe en la espiritualidad humana y en la forma democrática de gobierno sigue manteniendo su inmenso poder de atracción porque habla a lo mejor del hombre. Nuestra América sigue avanzando hacia el digno y ejemplar futuro soñado por Rodó, pese a las dolorosas caídas y claudicaciones, actualmente presentes en nuestro continente, cada año que pasa, más excepcionales. Sé, como dijo mi admirado Martí, que el hombre es malo por accidente y por esencia bueno y confío en el sueño de Rodó. Firmemente creo, que aunque todavía existen en América  dictadores que violan  la dignidad del ser humano, sumen en horribles prisiones a todos lo que luchan por la libertad, violan sin recato los derechos humanos de sus conciudadanos y desconocen la gran tradición democrática y el profundo mensaje cristiano del amor que es tan consustancial a nuestra tradición cultural y ética, la libertad, la democracia y la espiritualidad humana, al fin vencerán contra el egocentrismo de los autócratas de ocasión y el materialismo de doctrinas exóticas que han fracasado estrepitosamente a finales del siglo XX. Por eso, no tengo dudas que el sabio alegato del gran maestro uru-guayo, indicará el futuro..El hecho de que estemos unidos hoy para honrar al gran ame-ricano en este sagrado recinto de la cultura de este continente, que es el Ateneo de Mon-tevideo y que mi voz se alce en esta democrática y por muchas razones ejemplar repúbli-ca del Uruguay, me llena de fe en el futuro.



NOTAS

[1] José Enrique Rodó,”Liberalismo y Jacobinismo”y “Contrarréplicas” en   Obras Completas, 253-300..

[2] Leopoldo Alas (Clarín), Prólogo en José Enrique Rodó, Ariel, Madrid, Editorial Espasa Calpe, S.A. Colección Austral, 5a. edición, 1975, 14--15.

[3] José Enrique Rodó, “La España niña”, Obras Completas, 740.

[4] Pedro Henriquez Ureña señala esta importancia en dos de sus obras fundamentales, Historia de la Cultura en la América hispana,  92 y siguientes y Literary Currents in Hispanic America, 137.

[5] Francisco Romero, “La filosofía en nuestro continente”, Cuadernos, LIII (Octubre 1961), 100.

[6] Alberto Zum Felde, Índice Crítico de la Literatura Hispanoamericana. Los ensayistas, 294.

[7] -------, Índice Crítico de…, 294-295.

[8] Citado por E. Gasco Contell, José Enrique Rodó, Estudio y Antología,  43.

[9] Emir Rodríguez Monegal, “Introducción General” en José Enrique Rodó,  Obras Completas,… 106-107.

[10] José Enrique Rodó, Ariel, México, D.F. , México, Editora Nacional, 1957,, 70. Todas las citas siguientes de Ariel, se referirán a esta edición y aparecererán con el número de la página correspondiente, entre parén-tesis, a continuación de la cita. 

[11] José Ortega y Gasset, La Rebelión de las masas,

[12] -------, El Hombre y la gente,

[13] Señala a ese efecto Rodó: Cuando el sentido de la utilidad material y el bienestar domina en el carácter de las sociedades humanas con la energía que tiene en la presente, los resultados del espíritu estrecho y la cultura unilateral son particularmente funestos a la difusión de aquellas preocupaciones puramente ideales que, siendo objeto de amor para quienes les consagran las energías más nobles y perseverantes de su vida, se convierten en una remota y quizá no sospechada región, para una inmensa parte de los otros” (34-35).

[14] Véase esta afirmación de Rodó: “La concepción utilitaria , como idea del destino humano, y la igualdad en lo mediocre, como norma de la proporción social, componen intimamente relacionadas, la fórmula de lo que ha solido llamarse en Europa el espíritu del americanismo” (95).

[15] Dice a ese efecto Rodó: “La poderosa federación va realizando entre nosotros una suerte de conquista moral. La admiración por su grandeza y por su fuerza es un sentimiento que avanza a grandes pasos en el espíritu de nuestros hombres dirigentes, y aún más quizá en el de las muchedumbres, fascinables por la impresión de la victoria. Y de admirarla se pasa por una trransición facilísima a imitarla” (96)

[16] Enrique Anderson Imbert y Eugenio Florit, Literatura Hispanoamericana, Segunda Edición, 182.

[17] -------, Literatura Hispanoamericana, 182.

[18] -------, Literatura hispanoamericana, 187.

[19] Walter Rela, Rodó en la crítica de Pedro Henríquez Ureña, 7-11.

[20] -------, Rodó en la crítica…, 10.

[21] Pedro Henríquez Ureña, “Rodó”,  Selección de Ensayos, 18.

[22] -------, “Rodó”,  Selección de…”, 19.

[23] Alberto Zum Felde, Índice crítico de…, 306-307.

[24] Emilio Oribe, Rodó, Estudio crítico y antología,.10.

[25] -------, Rodó, Estudio crítico y antología, 15.

[26] José Marti, “Nuestra América” en  José Cernuda, Editor, La Gran Enciclopedia martiana, Tomo 9, 3.

 

 

 

 

OBRAS CONSULTADAS

·        Enrique Anderson Imbert , Historia de la Literatura hispanoamericana, I, La Colonia     Cien años de república, Segunda Edición, México, Fondo de Cultura Económica,  1970

·        Enrique Anderson Imbert y Eugenio Florit, Literatura Hispanoamericana, Segunda Edición, New York, Holt, Rinehart and Winston,1970.

·        Mario Benedetti, Genio y figura deJosé Enrique Rodó, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1966.

·        Ramón Cernuda, Editor, La Gran Enciclopedia Martiana, 14 volúmenes, Miami, Editorial Martiana, Inc., 1978.

·        E. Gascó Contell, José Enrique Rodó. Estudio y Antología, Madrid. Compañía Bibliográfica S. A.,1970.

·        Pedro Henríquez Ureña, Historia de la Cultura en la América Hispana, México, Fondo de Cultura Económica, 1970.

·        -------, Literary Currents in Spanish America, New York, Russell and Russell Inc, 1963.

·        -------, Selección de Ensayos, Selección y Prólogo José Rodríguez Feo, La Habana, Cuba, Casa de las Américas, 1965.

·        Emilio Oribe, Rodó, Estudio Crítico y Antología, Buenos Aires, Editorial Losada S. A., 1971. 

·        José Ortega y Gasset, El hombre y la gente, Tomo I y Tomo II, Madrid, Revista de Occidente, Tercera Edición, 1962.

·        -------, La rebelión de las masas, Madrid, Revista de Occidente, Trigésimosexta edición, 1962.

·        José Antonio Ramos, Panorama de la literatura norteamericana, (1600-1935), México, Ediciones Botas, 1935.

·        Walter Rela, Diccionario de Escritores Uruguayos, Montevideo, Ediciones de la Pla-za,1986.

·        -------, Rodó en la crítica de Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo República Dominicana, Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, Ediciones El Galeón, 1992.

·        Carlos Ripoll, Conciencia intelectual de América, Antología del Ensayo Hispanoamerica-no, (1836-1959) New York, Las Americas Publishing Co., 1966.

·        José Enrique Rodó, Obras Completas, Madrid, Aguilar S. A. Ediciones, 1967.

·        -------, Ariel, Liberalismo y Jacobinismo, Ensayos: Rubén Darío, Bólivar y Montalvo, Estudio Preliminar, Índice Biográfico, Cronológico y Resumen Biográfico por Rai-mundo Lazo, México, Editorial Porrúa, S. A., 1972. 

·        -------, Motivos de Proteo. Nuevos motivos de Proteo, Prólogo de Raimundo Lazo, México, Editorial Porrúua S. A., 1973. 

·        Ángel Valbuena Briones, Literatura Hispanoamericana, IV Tomo de la Historia de la Literatura Española, Barcelona, España, Editorial Gustavo Gili S. A., 1965.

·        Alberto Zum Felde, Índice Crítico de la Literatura hispanoamericana.Los ensayistas, México, Editorial Guaranis, 1954.

 

El Dr. Elio Alba Buffill es Profesor Emérito de City University of New York, Kingsborough, y en 1980 y 1984 fue Profesor Visitante en la Universidad Católica del Uruguay. Ha publicado numerosos libros sobre literatura cubana e hispanoamericana; los dos últimos, Cubanos de dos siglos. Ensayistas y críticos y Estudios sobre letras hispánicas. Ha contribuido también a colecciones de ensayos y revistas literarias de este país, Hispanoamérica y Europa. Es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, de la Academia Uruguaya de Letras, del PEN Club de Escritores Cubanos del Exilio, de la Asociación Internacional de Hispanistas, etc.