MARIO VARGAS LLOSA: EN BUSCA DE LA REALIDAD MORAL-POLÍTICA

 

Mariela A. Gutiérrez

University of Waterloo, Ontario, Canadá

            El reconocido escritor peruano Mario Vargas Llosa en un libro ejemplar titulado Contra viento y marea, publicado por vez primera por Seix Barral en 1983, aborda con todo conocimiento de causa dilemas histórico-sociales que embargan a la América Latina desde su “descubrimiento” hasta nuestros días.  Su famoso libro comienza con ardientes ideologías de juventud y termina con textos de gran madurez intelectual, presentando al “escritor” como guerrero entre dos frentes, el de la moral versus el de la historia, frentes que en realidad debieran ser uno solo.  No obstante, la ética del escritor prevalece a través de sus escritos, y sin duda alguna, el testimonio que nos ofrece nace de una actitud moral y vigilante ante la Historia, la que en más de una ocasión no se presenta tan diáfana como diebese ser ante la mirada crítica de sus testigos.  Una y otra vez, entre los ensayos que conforman este fascinante volumen, Mario Vargas Llosa parece preguntarse “¿Es el caso de la literatura versus la moral histórica, o viceversa, es el caso de la moral histórica versus la literatura?

            Hay que reconocer, antes de proceder a cualquier tipo de análisis, la trayectoria que Contra viento y marea encierra; una trayectoria que lleva al autor desde Sartre hasta Camus, camino que, indiscutiblemente, está a la base del cambio progresivo que lleva al lector hasta la actual filosofía Vargasllosiana.  O sea, Vargas Llosa, en sus tempranos días de escritor,  mira a Camus con una cierta reticencia y distancia; para el joven Vargas Llosa, Albert Camus, el humanista sencillo, no puede compararse con el gran Jean Paul Sartre, ardiente ideólogo de las masas proletarias.  El novel escritor también se cuestiona a sí mismo, y hace de las doctrinas de estos dos famosos escritores franceses un apasionado asunto personal que le proporciona un recurrente debate existencialista a nivel privado en el que se disputan las ideas de Sartre, de Camus y las del mismo Vargas Llosa. 

            Por vez primera Mario Vargas Llosa llega a Paris en 1958, pero no es hasta el año siguiente que regresa a la Ville Lumière para permanecer hasta 1968, haciendo de vez en cuando cortos viajes a Lima, a Cuba y a otros países.  Sin embargo, el joven escritor ya trae consigo desde Lima su fascinación por la obra de Sartre.  Junto con su admiración por Sartre, Vargas Llosa también lleva consigo a París sus propios cuestionamientos sobre la moral de los actos humanos y sobre la tirante relación siempre presente entre la libertad del individuo y la responsabilidad de cada ciudadano hacia la sociedad.  Estos cuestionamientos del autor están muy bien perfilados en sus novelas Conversación en la Catedral y en La ciudad y los perros.  Al leer estas obras de Vargas Llosa nos viene a la mente la posición social que emerge de novelas como Les mouches de Jean Paul Sartre, en la que la Libertad, con mayúscula, es el epicentro de la trama; no obstante, en ambos autores ésta es una libertad “sitiada”.  Cabe aquí recordar que para Sartre, y por lo visto para el Vargas Llosa de aquel período, el existencialismo representa al hombre como presa de una realidad establecida; o sea, el pobre ser humano ha sido arrojado en medio de lo que él no puede cambiar sin tener que a su vez enfrentarse ante el dilema de “escoger” y en consecuencia “actuar”.

            Para mi trabajo, he preferido escoger ensayos específicos de Contra viento y marea los que tratan de una manera u otra sobre un Albert Camus contra-ideológico y un Jean Paul Sartre socialista.  Indiscutiblemente, la coherencia de la evolución ideológica de Mario Vargas Llosa está perfectamente bien deliniada por sus propios ensayos sobre estos dos singulares y tan diferentes escritores franceses, los que se entrelazan con las mismas ideas del escritor sobre la democracia liberal, la moral social y la libertad de los pueblos.  El desarrollo tanto estético como político de nuestro autor sigue las pautas de su controversial búsqueda de la realidad moral-política del humanismo social.  Como bien sabemos, el camino trazado lo lleva de la exaltación a la desilución y el escepticismo y de ahí a la madurez moral y política que el Mario Vargas Llosa de los primeros años buscaba con tanta insistencia.  

            Comienzo con en el ensayo que encabeza Contra viento y marea, titulado “Revisión de Albert Camus” (1962: 15-20); [1] en él, Mario Vargas Llosa enarbola la posición socialista-sartriana de sus comienzos, pero siempre la liga a esa idea muy personal de tratar de delimitar las tensiones y sus fronteras entre la literatura y el hecho político, por lo cual, por un lado, exonera a Camus de toda culpa ante el haber sido llamado ideólogo por la crítica, luego lo recrimina, por otro, por sus expresiones al parecer simples y pueriles sobre la vida y la existencia, y termina pronosticando la final exoneración de Albert Camus con el paso del tiempo:

¿Cómo explicar, por ejemplo, el caso de Albert Camus?  Hace quince años era uno de los príncipes rebeldes de la juventud francesa y hoy ocupa el lastimoso puesto de un escritor oficial, desdeñado por el público y vigente sólo en los manuales escolares (...) En realidad, Camus sólo es profundo y original cuando escribe sobre esa realidad temporal y concreta que es la patria de la literatura (...) El era admirable cuando se dejaba guiar por la intuición y la imaginación y un mediocre escritor cuando se abandonaba a la reflexión pura (...) Todos sus escritos literarios ... expresan formas particulares de la vida (...) En cambio cuando Camus medita sobre “la existencia” y “la vida en general” se limita a exponer ... viejas concepciones de un pesimismo paralizante (...) Pero algún día resucitará el verdadero Camus .... Entonces se le leerá como se le debió leer siempre (15, 17, 19, 20).

            Efectivamente, para Vargas Llosa en 1962, Albert Camus no es ni filósolo ni pensador; Camus es, según nuestro autor, solo un artista, el que sabe construir imágenes de profunda belleza.  La crítica de Vargas Llosa, en este ensayo, es sesgada porque el joven Vargas Llosa no puede o no quiere comprender en ese momento de su vida que un escritor no quiera darse el lujo de comprometerse.

            En “Los otros contra Sartre” (1964: 38-42), Mario Vargas Llosa, asumiendo sus ideales socialistas de juventud, se concentra en dos tópicos sartrianos de gran interés para él: 1) Sartre afirma que sería mejor si los escritores en la América Hispana dejaran por el instante la literatura y 2) Sartre habla de la inutilidad de la literatura.  A pesar de un cierto resquemor hacia las palabras de Sartre —producto de una repulsa instintiva de latinoamericano patriota—, el joven escritor está fascinado por la actitud independiente del maestro, y lo apoya contra los que atacan su posición libertaria.

¿Qué significa la literatura en un mundo que tiene hambre? —dijo Sartre— (...) Resulta difícil leer sin alarma estas afirmaciones de Sartre, un escritor que merece una admiración sin reservas (...) Las declaraciones de Sartre han levantado una tormenta de objeciones que van desde la diatriba hasta la réplica cortés (...) La literatura cambia la vida, pero de manera gradual, no inmediata, y nunca directamente, sino a través de ciertas consciencias individuales que ayuda a formar (...) Tranquilicémonos, pues; aunque [Sartre] niegue utilidad a la literatura, reniegue de ella y la abomine, Sartre, qué duda cabe, seguirá escribiendo (38, 40, 42).

            No podemos olvidar que en los años que transcurren cuando Vargas Llosa escribe este ensayo, el mismo se está replanteando sus creencias morales y políticas personales.  El momento es crítico en todo el orbe: la guerra de Argelia, el bloqueo norteamericano de la Cuba castrista, la guerra en Vietnam, los campos de concentración en la Unión Soviética, sin olvidar los disidentes rusos.  Ese mismo año de 1965, Vargas Llosa escribe su ensayo “Sartre y el Nobel” (52-59) después de que Sartre rehusa aceptar ese premio tan codiciado de literatura; indudablemente, el joven escritor peruano admira de corazón a Sartre y le fascina “su vitalidad” (55), agregando que “tal vez sea cierto que en los países del Tercer Mundo la obra de Sartre tiene mayor repercusión que en Francia” (55), quizá por eso lo comprenden, por ser países “subdesarrollados” (55).

            Para Vargas Llosa 1965 es un año muy prolífico en materia de ensayo; además de los dos antes mencionados, se publican “Camus y la literatura” (68-71) y “Sartre y el marxismo” (72-74).  Es interesante ver la diferencia de praxis y de ideología política que existe entre estos dos discursos y los que exhibe Vargas Llosa hoy día, sobre todo cuando enfatiza en su ensayo sobre Sartre la actualidad de “la explicación de las falacias de la democracia liberal, (...) de la mentira sutil que es la libertad en una sociedad donde la desigual distribución de la riqueza hace de los individuos privilegiados o desamparados desde que nacen” (73).  Es notable ver el esmerado camino que el escritor ha llevado hasta lograr alcanzar una definitiva filosofía de derecha.  En Camus, el joven Vargas Llosa admira “la voluntad que [muestra] el propio Camus de situarse en una perspectiva literaria, no filosófica ni moral, para juzgarse a sí mismo y justificar su obra” (68).  Por otra parte, agrega sobre Sartre que “un pensador honesto no disimula sus errores y, si está intelectualmente vivo, tampoco se demora en justificarlos.  Se limita a tenerlos en cuenta y sigue adelante.  Esta ha sido siempre la conducta de Sartre frente a su obra” (72).

            Sin lugar a dudas, cuando aflora la primera reacción contra Sartre por parte del joven Vargas Llosa, la misma emana a raíz de la deplorable declaración de Sartre en relación a los países subdesarrollados, la cual he mencionado con anterioridad.  No cabe duda, Mario Vargas Llosa se escandaliza ante estas palabras de su héroe literario e ideológico, y al hablar sobre su desengaño, su reacción se vuelca en una tesis basada en la literatura como elemento social e histórico.

Yo indígena de país subdesarrollado que intenta escribir novelas en París ¿cómo no respaldaría, en esta consideración precisa, a Claude Simon?  Pero no, claro está, cuando {Sartre] niega las raíces sociales de la creación literaria y afirma que el único compromiso lícito del escritor es con la materia que trabaja: el lenguaje (“Los otros contra Sartre” 1964: 41).

            Sin embargo, todavía no es tiempo de que Mario Vargas Llosa deje de ver a Sartre como su ídolo.  Estas afirmaciones en boca de Vargas Llosa, en favor del derecho a ser “letrado” en cualquiera de los pueblos subdesarrollados, son solo el comienzo de su difícil trayectoria ideológica de la izquierda a la derecha tanto en relación a la ética histórica como a la política.  El joven escritor vive un gran dilema; pero, discrepar, discrepa, y aún sigue creyendo en el compromiso del escritor hacia su sociedad, lo cual siempre va más allá del placer estético que pueda proporcionar su obra al lector.

            En un último ensayo escrito en 1965, titulado “Los secuestrados de Sartre” (81-84), Vargas Llosa hace incapié —yéndole a la contraria a Sartre— en la necesidad de que el escritor sea más que un lingüista; para él es infalible que “el pensador sea también soñador, un egoísta que escribe para matar o resucitar a sus fantasmas personales” (84).  Y agrega:

Locura, misterio, irrealidad: ¿alguna vez imaginó Sartre que su obra tendría, como materia, estos elementos tan ajenos a esa máquina de pensar que es él? (...) Es sabido que, en el transcurso de la creación, las intenciones más claras, las ideas más nítidas, suelen desviarse y ser sustituidas por otras, bajo el efecto de mecanismos inconscientes implícitos a la construcción de una historia verbal (84).

            Por fin, en 1974, Vargas Llosa da su brazo a torcer, aceptando el hecho incontestable de que ya Sartre no es el modelo a seguir.  Su ensayo “Flaubert, Sartre y la nueva novela” (216-224) se yergue como reacción a todo lo que hasta ahora Mario Vargas Llosa ha apoyado.  Sartre ya no le convence; sus ideas sobre lo que debe ser la literatura y lo que debe ser el escritor ya no satisfacen a nuestro autor:

Sartre ha caído prisionero de su propia telaraña, que se halla —para utilizar una imagen que le es cara— secuestrado en su construcción laberíntica (...) Porque haberse empeñado en semejante aventura (L’idiot de la famille) —haber incurrido en el crimen de Luzbel: querer romper los límites, ir más allá de lo posible— es haber fijado un tope más alto a la novela y a la crítica (224).

            No obstante, esta reacción ya viene cociéndose desde hace algunos años.  Ya la profetizaba su discurso pronunciado en Caracas el 11 de agosto de 1967, al recibir el Premio Rómulo Gallegos.  En su discurso, titulado “La literatura es fuego” (132-137), Vargas Llosa habla del “destino sombrío que ha sido, que es todavía en tantos casos, el de los creadores en América Latina” (133).  El no concibe como esa injusticia ha hallado cabida en nuestros pueblos, y agrega “Es verdad que no todos pudieron ser matados de hambre, de olvido o de ridículo” (...) Pero (...) Como regla general el escritor latinoamericano ha vivido y escrito en condiciones excepcionalmente difíciles” (133).  El acusa a nuestras sociedades de desalentar a sus artistas, de matar en ellos la flama de la vocación:  “Esa vocación, [la que] además de hermosa, es absorbente y tiránica, y reclama de sus adeptos una entrega total” (133). 

            Vargas Llosa, en su discurso de 1967, sin darse casi cuenta, le está refutando a Sartre sus postulados sobre quién debe o no escribir literatura; está dándole a su ídolo la respuesta al porqué de la necesidad de escribir literatura en los países del Tercer Mundo.  Además agrega que hasta el ambiente nacional está cambiando en nuestros países en relación a los que escriben, “las burguesías descubren que los libros importan, que los escritores son algo más que locos benignos, que ellos tienen una función que cumplir entre los hombres” (134).  Se les está haciendo justicia.  Porque, ante todo, la literatura está ahí para recordarnos, para hacernos memoria de lo que nuestras sociedades mismas han sufrido, sufren y sufrirán si no cuidan de su ética histórica, o sea de su moral nacional, de su alma patria:

Advertirles que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón de ser escritor es la protesta, la contradicción y la crítica (...) [que] el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento (...) [que] La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor (134-135).

            Mario Vargas Llosa en “La literatura es fuego” aboga por el estado de “insurección permanente” (135) de la literatura.  Para él, escribir literatura es el arte de estimular a los pueblos al cambio, y el Tercer Mundo necesita cambios.  ¿Cómo puede Sartre haberse atrevido a decir que en nuestros pueblos la literatura no es necesaria?  ¿Cómo puede Sartre osar hacernos pasar por ignorantes de tal envergadura?  Por supuesto, que desde 1965 la semilla de la ruptura está plantada en el seno mismo de las relaciones entre Vargas Llosa y su ídolo.  Sartre se hubiera equivocado al creer que el joven escritor dejaría pasar por desapercibidas tales afirmaciones.  La realidad americana es violenta, aún en su esencia misma, y en el dominio de la literatura, según Vargas Llosa, “la violencia es una prueba de amor” (135).

            Por esto, en 1975, ya no nos puede sorprender el cambio experimentado por Mario Vargas Llosa; el timón de su navío ahora parece tirar hacia la derecha, aunque quizá aún esté en el medio.  No obstante, ya no hay izquierda posible para él.  El mundo que se yergue delante de un Vargas Llosa más maduro, es uno que no da cabida a la intransigencia de las ideologías, porque ellas “conducen irremisiblemente a la esclavitud y al crimen (y) la moral es una instancia superior a la que debe subordinarse la política” (“Albert Camus y la moral de los límites”, 236).  Ahora el retorno a Albert Camus es de vital importancia, porque para Vargas Llosa, Camus, “sin negar la dimensión histórica del hombre, siempre sostuvo que una interpretación puramente económica, sociológica, ideológica de la condición humana era trunca y, a la larga, peligrosa” (234).  Parece que en la escritura de Mario Vargas Llosa le ha llegado su momento al hombre elemental del que nos habla Camus, con sus placeres “simples y directos (...) [carente] de refinamientos y las astucias sociales” (235).  L’ étranger, Le mythe de Sisyphe ahora tienen un sentido fundamental para el escritor peruano, como novelas que luchan contra la tiranía de las convenciones, de las ciudades que trituran al hombre, y la mentira en que se funda la vida social (235).

            Sobre las tiranías, ya no hay tregua con ellas.  A vargas Llosa, la misma Cuba de Castro ya no le parece una utopía modelo; bien lo prueba su carta abierta a Fidel Castro en 1971 (“Carta a Fidel Castro” 166-168), la cual es firmada por numerosos intelectuales de Latinoamérica y Europa.  Desde esa carta llena de “vergüenza” y “colera” (166), la Cuba de Castro jamás ha vuelto a retornar a sus inmaculados orígenes.  La palabra vargasllosiana, pristina y concreta, se enfrenta a la del crítico Angel Rama; el peruano critica la tesis neo-marxista de la vanguardia intelectual de izquierda porque “analiza ahora la literatura a través de un prisma construido con altas matemáticas, el formalismo ruso de los años veinte, las teorías lingüísticas del círculo de Praga, el libro rojo de Mao y una pizca de orientalismo budista” (“El regreso de Satán” 1972: 185-186). 

            Ya no cabe duda de que para cuando en 1978 aparece su ensayo “Sartre veinte años después” (1978: 324-327), Mario Vargas Llosa ha tomado incondicionalmente el camino de la derecha, y relee esa primera lectura de su juventud sartriana, ¿Qué es la literatura? —traducción de Situations II, de Sartre [2] —, ahora “después de veinte años (...) con una mezcla indefinible de nostalgia y asombro” (324).  En este maduro ensayo sobre la obra creativa de Sartre, Vargas Llosa plantea que 1) el rechazo sistemático a la noción de compromiso es eje vital en la obra de Sartre, y que 2) escribir literatura desde una perspectiva arbitraria es sencillamente un “imposible” (327).

            Ese mismo año de 1978 muere Jean Paul Sartre.  Con motivo de su muerte, Mario Vargas Llosa escribe “El Mandarín” (387-401).  Este es un ensayo en cuatro partes de suprema coherencia estilística, en el cual el escritor revisa su obra desde la perspectiva que le diera la influencia que la obra de Sartre tuvo sobre la misma.  No obstante, llama a Sartre talentoso desde un principio, considerándolo a su vez como alguien que contribuyó en gran escala a “la confusión contemporánea” (387).  Aunque los temas tratados en este ensayo han sido todos planteados por Vargas Llosa con anterioridad, en este trabajo aparecen analizados dentro de un nuevo marco de profunda madurez intelectual, moral y política.  En la segunda sección, por ejemplo, Vargas Llosa contempla con distancia la ideología de Sartre al que considera “a favor de las diversas variantes” (396), y lo llama “prosoviético, prochino, castrista, simpatizante, trotskista o protector de los guerrilleros urbanos, [el que] nunca se inscribió, sin embargo, en el Partido Comunista” (396), considerándolo poseedor de una “docilidad oportunista, pérdida de la independencia, (...) un mero instrumento” (396). 

            La luna de miel vargasllosiana con el socialismo hace rato que llegó a su fin. Con “El mandarín” cierra el escritor con broche de oro su antigua creencia de juventud en la ideología marxista al escribir:

Porque, aunque el marxismo es “la insuperable filosofía de nuestro tiempo”, el Partido Comunista es dogmático, atado de pies y manos a la política de la URSS, y porque en este país, aunque es la patria del socialismo, y “el único gran país donde la palabra progreso tiene sentido”, se han producido deformaciones ideológicas profundas que hacen que, bajo el nombre de socialismo se cometan abusos, injusticias e incluso grandes crímenes (397).

            La reivindicación de Albert Camus —la que profetiza Vargas Llosa al principio de Contra viento y marea— llega por fin, cuando en su “Prólogo a Entre Sartre y Camus” (Contra viento y marea 11-14) el escritor plantea lo que él considera es el sentido de la Historia, unido al significado que también proporcionan la política y las convicciones ideológicas de un mundo posmoderno, confuso, que todavía busca y no encuentra la paz.  L’homme revolté, de Camus, releído por Mario Vargas Llosa en 1974, le hace ver que sus ideales están más cerca de Camus que de Sartre.  Por fin, el peruano se da cuenta de que aunque el sentido de la Historia va ligado al pensamiento político, es quizá necesario apartarse de lo político para poder alcanzar un plateau de más humanidad y armonía entre los hombres.  Camus es un provinciano como el mismo Vargas Llosa, hay entre ellos una afinidad mutua por lo natural; Vargas Llosa parece asentir cuando comenta cómo para Camus el hombre “vive su total realidad, en la medida en que comulga con el mundo natural” (233), y como también “el divorcio entre el hombre y el paisaje mutila lo humano” (233), y agrega:

A este hombre citadino, al que los pensadores modernos han convertido en un mero producto histórico, al que las ideologías han privado de su carne y sangre, a este ser abstracto y urbano, separado de la tierra y del sol, desindividualizado, disgregado de su unidad y convertido en un archipiélago de categorías mentales, Camus opone el hombre natural (“Albert Camus y la moral de los límites” 234-235).

            El Vargas Llosa maduro aplaude el discernimiento camusiano, el que presenta al ser histórico, a la vez como ser político, y como hombre libre, “liberado” por su propia volición de las leyes abstractas que gobiernan las sociedades del globo terráqueo.  Camus nos dice que no hay que renunciar a la moral, ni a lo bueno, ni a lo hermoso, ni a la compañía de nuestros coetáneos, para ser un hombre completo:

Pero aparte de las formas literarias hay también (...) el honor y la amistad (...) valores individualistas por definición, alérgicos a la concepción puramente social del hombre, y en los que Camus vio dos formas de redención de la especie, una manera de regenerar la sociedad, un tipo superior y privilegiado de relación humana (Idem. 237). 

            Vargas Llosa también ensalsa la posición periférica de Camus ante los valores de las sociedades de Occidente:

Solo un hombre venido de lejos, desenterado de las modas, impermeable al cinismo y las grandes servidumbres de la ciudad, hubiera podido defender, como lo hizo Camus, en pleno apogeo de los sistemas, la tesis de que las ideologías conducen irremisiblemente a la esclavitud y al crimen, a sostener que la moral es una instancia superior a la que debe someterse la política y a romper lanzas por (...) la libertad y la belleza (Idem 236). 

            El cambio de casaca política que sufre Mario Vargas Llosa entre los años setenta y los tempranos ochenta y que lo lleva a escribir en 1981 un prólogo tan humano en su libro Contra viento y marea, es singularmente peculiar; no obstante, yo no lo creo inesperado como algunos críticos lo han así tildado.  Ipso facto, desde un principio, Vargas Llosa ha sido camusiano, o sea, ha sido un ciudadano libre; solo que su juventud no se lo permite ver con claridad.  Por otra parte, el Vargas Llosa de la década de los ochenta vislumbra con claridad que Le mythe de Sisyphe logra hacerse realidad solo y cuando el ciudadano permite que su sociedad lo esclavice:  “Para Sartre no había manera de escapar a la Historia, esa Mesalina del siglo XX” (Contra viento y marea 12).  Por otra parte, el realismo de Sartre era impensable para Albert Camus, quien no soportaba la idea del “cinismo político” y del “dominio de la Historia” (Idem. 13).

            Quizá, para concluir, se puedan sintetizar todos los pronunciamientos que Contra viento y marea encierra, enmarcándolos en un cuadro que comprenda todo lo que atañe a

la vocación literaria, el compromiso político, la revolución, la universidad, las libertades y la crítica (...) regidos por una preocupación central: las relaciones entre literatura e historia (...) Es el escritor quien, a partir de dos modelos iniciales: Sartre y Camus, busca orientarse, dejando testimonio de su búsqueda, en el complejo panorama contemporáneo (Morillas 155).

            No puede caber la menor duda de que, para Vargas Llosa, el escritor vive ostentando una única pasión excluyente, la literatura.  Sin ambages, para el escritor de Contra Viento y marea el escribir es búsqueda, es ir en defensa del intelectual y de su creación, es apoyar el derecho a la libertad creadora frente a la sociedad y a la misma historia.  Escribir literatura es, entonces, luchar contra la censura y contra el dogma, es abrir ante todo un espacio social a la comprensión de la frágil humanidad del individuo.  Es asimilar y asumir la responsabilidad de una realidad que puede a veces ser compleja, ambigua, contradictoria, diversa, alejada de todo lo que paraliza y cristaliza el libre albedrío.

             En el prólogo a la primera edición de Puerto Rico, el escritor peruano nos convence de que para el hombre moderno no existe únicamente la historia; la pasión y el deseo son también partes primordiales del destino del hombre contemporáneo.  Mario Vargas Llosa entre 1962 y 1982 viaja desde la filiación marxista hasta la defensa de la literatura, y lo hace bajo el prisma comparativo que él mismo establece entre Sartre y Camus, dos de los escritores más significativos de la Europa de la posguerra.  Es por eso que las largas cavilaciones que aparecen en Viento y marea en relación al compromiso del escritor delinean conciensudamente el tránsito del escritor peruano entre la ideología y la creación y nos llevan a nosotros, sus lectores, a lo que al fin y al cabo interesa al Vargas Llosa de los últimos tiempos: “unir lo social y lo estético, influir de algún modo a través de la creación literaria, en la eterna lucha contra la desigualdad y la injusticia” (Morillas 159).   

            Para Mario Vargas Llosa solo queda una cosa bien clara al final de Contra viento y marea, libro apasionado e inspirador: el hombre debe de ser libre; libre para amar, para soñar, para ser feliz.  Su mensaje encierra la concepción de que el hombre honesto debe ser también feliz, lo cual tiene inequívocos dejos kantianos: “Las razones de la Historia son siempre las de la eficacia, la acción y la razón.  Pero el hombre es eso y algo más: contemplación, sinrazón, pasión.  Las utopías revolucionarias han causado tanto sufrimiento porque lo olvidaron...” (Contra viento y marea 14).

            No sería una falacia decir que en este libro de Mario Vargas Llosa la moral parece haber vencido a las estrategias de la política y de la misma Historia.  Entonces, ¿Historia y moral, o moral e Historia?  En realidad, lo que importa no debería ser quién ha ganado o perdido el debate, como a penas se pregunta Vargas Llosa en la página final del prólogo de 1981 a su controversial volumen de ensayos; lo que importa es “el hombre” en sí, Sísifo, el que posiblemente deberá continuar —a través de la historia— a luchar, a librar batallas contra feroces molinos de viento, como lo hace el valiente e insensato Don Quijote, porque el hombre moral, el hombre natural, es el que no se deja corromper por la sociedad, por la política o la Historia, y permanece a través de los siglos dispuesto a todo, contra viento y contra marea.

 

Obras consultadas

Morillas, Enriqueta.  “Mario Vargas Llosa: Contra viento y marea”.  Cuadernos

 Hispanoamericanos, no. 407 (Mayo 1984), pp. 155-164.

Oviedo, José Miguel.  “Vargas Llosa entre Sartre y Camus”.  Antípodas VIII-IX (1996-97), pp.          183-193.    

Vargas Llosa, Mario.  Contra viento y marea (1962-1982).  1a. edición.  Barcelona: Seix Barral,       1983.

_____.  Entre Sartre y Camus.  Puerto Rico: Río Piedras: Ediciones Huracán, 1981.

La Dra. Mariela A. Gutiérrez es profesora titular y jefa del Departamento de Estudios Hispánicos de la University of Waterloo, en Canadá. Es especialista en estudios afrohispánicos y en crítica psicoanalítica literaria. Sus principales publicaciones son: Los cuentos negros de Lydia Cabrera: Un estudio morfológico (1986), El cosmos de Lydia Cabrera: Dioses, animales y hombres (1991), Lydia Cabrera: Aproximaciones mítico-simbólicas a su cuentística (1997), El Monte y las Aguas: Ensayos Afrocubanos (2003) y Rosario Ferré en su Edad de Oro: Heroínas subversivas de Papeles de Pandora y Maldito Amor (2004). Entre los galardones recibidos por la Dra. Gutiérrez se encuentran el Primer Premio “Los Carbonell” del Círculo de Cultura Panamericano y la Medalla de Honor de la ciudad de Bagnère de Bigorre, en Francia. También le ha sido otorgado el University of Waterloo’s 2004 Outstanding Performance Award por sus sobresalientes logros en las áreas de la educación y la investigación



[1] La numeración de todos los artículos de Contra Viento y marea que se enfocan en este trabajo provienen de la edición de 1983.

[2] La traducción al español de Situations II, de Jean Paul Sartre, la hace Aurora Bernárdez en 1950, y es un libro que influencia en mucho al joven Vargas Llosa durante un período de alrededor diez años.