LOS SONETOS DE LA MUERTE (TRASCENDIDA),

DE ODÓN BETANZOS PALACIOS

 

Por Gerardo Piña-Rosales

Lehman College y Graduate Center (CUNY)

Qué pena, Señor, qué pena. Era tan  joven.
Eugenio Florit

Bien sabe Dios que hubiese dado cualquier cosa por no haber tenido que escribir las palabras que siguen, por no haber tenido que enfrentarme a estos sonetos de Odón Betanzos, espejo del dolor y de la muerte. Pero Dios también sabe que más allá del dolor y de la muerte resplandece siempre un rayo de esperanza.

“No hay más verdad que la muerte. / No hay quien me lo contradiga”, dice el cantar popular. Y así es. La muerte es el tránsito más terrible y difícil, ya que si por una parte significa la separación, la negatividad pura como condición del poder de la conciencia, por otra, es también desgarramiento interior, soledad, dolor por la armonía perdida. En este sentido, los Sonetos de la muerte, de Odón Betanzos Palacios —semejantes al epitafio, a la elegía—, amalgama de individualismo y convención, constituyen una meditación metafísica sobre la fragilidad de la vida, sobre la implacabilidad de la muerte.

Rastreemos, aunque sea a vuelapluma, algunos de esos estados anímicos por los que pasa el poeta desde la conmoción inicial por la muerte del hijo hasta el momento de renovación (o resignación) que sólo el paso del tiempo ha podido permitir.

Acosado por un inefable sentimiento de angustia, Odón Betanzos presentía que la muerte le andaba rondando; pero esa premonición no habría de cumplirse: no era a él a quien buscaba, sino a su hijo. Muchos de estos Sonetos están traspasados por esa angustia devoradora, sentimiento subjetivo que acompaña la intuición de la propia destrucción del poeta, muerto en perenne espera. Y junto a la angustia, o como resultado de ella, la duda; una duda bifronte, consecuencia de haber sido no sólo testigo del estado caótico del alma, sino también de haber conseguido negar y superar la finitud. La duda apunta hacia lo más alto y más puro, hacia la verdad, hacia  Dios. En los Sonetos, la angustia y la duda, confundidas en un desesperado abrazo, habrán de vehicular, paradójicamente, el nacimiento de la resignación y la esperanza. Pero hasta alcanzar éstas, el poeta tendrá que vencer primero a la soledad y al vacío. Nos hallamos ante una verdadera tautología interiorizada de la muerte. El alma extiende sus brazos. El sufrimiento amenaza con aniquilarlo, pero el poeta, el hombre, sigue luchando, sobreponiéndose al dolor, compañero latente de su vida.

La muerte del hijo, muerte accidental y gratuita, destruye el orden del mundo, convirtiéndose en absurdo instrumento del azar. La muerte del hijo parece una maldición divina, como si se hubiese desatado la ira de Dios. ¿Cómo es posible que ese Dios misericordioso, que ese Dios de las totalidades, haya permitido que las tinieblas se adueñen del hijo, joven y lleno de vida? La muerte repentina no permite que podamos preparar una explicación racional; los sentimientos permanecen abiertos, supurantes, como inconada herida.

No aprendemos a soportar el dolor a través de la experiencia: por eso, el último dolor es tan agudo o más que el primero. Intentar huir de ese dolor es hundirse cada vez más en un pozo sin fondo. Para que la congoja no nos aniquile, no nos queda otra salida que abrazar la vida, sabiendo que la vida es alegría, pero también angustia, duda, soledad. ¿Cómo, cómo ha podido Betanzos, si no vencer al dolor, por lo menos domeñarlo, impedir que éste lo destruya? Aceptando que la muerte es parte de la vida y que el más allá habrá de ser infinitamente mejor que este paréntesis nuestro en la tierra. Por ahora, los momentos de tregua son pocos: en ellos, el padre parece resignarse a su desgracia; aunque a veces sienta que esa misma resignación le convierte en traidor a la memoria de su hijo. Pero no hay tal traición: es sólo que la vida sigue y el dolor enseña.

¿Por qué el dolor? ¿Por qué cuando alguien querido se nos muere, algo o mucho de nosotros mismos también muere? Cuando un ser amado se nos muere, es como si nos amputaran un miembro. Al principio, no queremos aceptar que ese brazo, esa pierna, ya no son parte de nosotros; poco tiempo después, al mirarnos el muñón, la desesperación y la impotencia nos abruman. El dolor físico parece ser soportable tan sólo con la ayuda de analgésicos. Tiempo después, cuando ese dolor inicial ha disminuido un tanto, nos atrevemos a dar los primeros pasos. Intentamos caminar con una sola pierna, y nos tambaleamos, tropezamos, nos caemos, maldecimos y blasfemamos; nos arrastramos, hasta que logramos incorporarnos. Y así un día y otro, hasta que conseguimos caminar, tal vez no con la soltura y equilibrio de antes, pero al menos con la conciencia de no haber sucumbido a la parálisis, a la muerte en vida. Aparentemente, hemos superado el dolor, el dolor físico y el dolor psicológico; ya no nos carcomen, es cierto, pero el traumatismo de la experiencia nos ha cambiado. No somos ya quienes habíamos sido.

El hijo ya no está. De él sólo le queda el recuerdo, pero es un recuerdo tan vívido, tan poderoso que a veces Betanzos, olvidándose de su desgracia, lo invoca, lo llama. Pero a su llamada sólo acude el silencio, el silencio de los recuerdos. A veces, en la calle, el padre ausculta los rostros de la gente, como si de un momento a otro fuera a descubrir el rostro de su hijo. Ese gesto, esa mirada de ese o aquel joven le recuerdan al hijo desaparecido. Y entonces una llamarada de dolor, de rabia, de frustración lo envuelve, lo atenaza, amenaza con asfixiarlo. ¿Por qué este castigo, Señor, por qué? Se siente víctima, como si algún alto e inapelable tribunal le hubiese lanzado una implacable condena. La muerte del hijo lo ha estigmatizado, lo ha alienado.

Al principio, conmovido por la muerte del hijo, el poeta, el hombre, se siente aterrorizado. Nada parece poder aliviar el dolor, llenar el vacío que lo reconcome. Todo le recuerda al hijo, pero no al hijo en vida, sino al hijo derrotado por la muerte. El tiempo parece haberse detenido. No existen ni el pasado ni el futuro; y el presente tiene visos de interminable pesadilla. El mundo del poeta, el mundo del hombre, se ha hecho añicos. Reina el absurdo. La vida es una maldición, una condena. A veces, las lágrimas acuden a los ojos, pero no brotan; se quedan dentro, anegándolo todo, ahogando cualquier conato de expansión, de respiro.  Los ritos de la costumbre han desaparecido: hay que palpar, como un ciego, la superficie que parece envolver y desfigurar la realidad. La tierra ya no le sostiene: se abren ante sí las grietas de la congoja y los precipicios de la locura. No hay paz posible: de aquí para allá, como un sonámbulo, agotando todas las cotas del dolor, al borde mismo de un final, que sólo el deber moral de sostener a la esposa herida, derrumbada, parece haber impedido.

Desamparado. Desamparado. Desamparado. No hay salida, no hay escape para ese dolor desbocado. La muerte campea por los cuartos silenciosos, mientras el reloj marca siempre la misma hora, la fatídica hora de la muerte del hijo. Por la noche, Betanzos rememora, reconstruyéndolo una y otra vez, el estúpido accidente que desencadenó la tragedia, las horas amargas en el hospital, la oración a un Dios que parecía haber enmudecido, la mala nueva, la noticia fatal, irreversible. El grito de la madre. Y en su corazón, en su cerebro, latidos desacompasados, golpes rotundos. Y acude, una y otra vez, a las condicionales —¿qué hubiera ocurrido si…?, …si, …si—, aun cuando sabe demasiado bien que, por desgracia, en el reino de la muerte no hay más que certezas absolutas. 

Y transcurren los días y las noches, como si el tiempo se esforzara en recordarle que la vida continúa, que aunque él ansíe haber muerto en lugar del hijo, restituyendo así la ley natural incomprensiblemente socavada, ha de seguir viviendo, aunque sólo sea por dejar testimonio en el troquelaje inmarcesible de la palabra, del verso, del dolor de padre, del amor del hijo. Y acuden, presurosos, los recuerdos: el hijo niño paseando con su madre; el hijo bueno que arropa al menesteroso; el hijo que ríe, que juega, que estudia, que se afana, que crece y que madura. Hay veces en que el dolor parece remansarse, pero retorna en seguida con un ominoso séquito de sombras y silencios.

A la conmoción inicial por la muerte del hijo, el poeta, el hombre, se ensimisma, se aparta del mundo, porque el mundo es vida, vida que él quisiera para su hijo, vida que él hubiese dado una y mil veces por la del hijo. Como relámpagos fotográficos que impresionan la retina de la memoria, brotan de nuevo los recuerdos, espejismos del pasado, bálsamos del presente. Sólo con un esfuerzo sobrehumano, sólo a base de entereza, podrá el poeta salir del laberinto de su propia memoria, de la sima de su agostado corazón. Le acosan la inseguridad, el miedo; sólo aceptándolos, conseguirá romper las cadenas de su sufrimiento. De la muerte irá naciendo, poco a poco, una nueva vida, vida marcada por el dolor, por la desgracia, pero vida al fin. Y así, verso a verso, irán naciendo estos sonetos, transformando el caos, llenando el abismal vacío de su corazón.

“Nada viviría que no tuviera esperanza”, dijo Hölderlin. La conciencia regresa a su realidad individual bajo el signo de lo negativo y experimenta su identidad como vacío  y muerte; pero hay otra posibilidad: la de encontrar un nuevo enlace vital con el mundo perdido. No muere el hijo, sino el padre, porque en la obra de arte, el poema en este caso, la muerte es sólo un pálido reflejo, porque es la vida, la vida transfigurada, trascendida, la que al final triunfa. El tormento que produce la muerte del hijo se traduce en una transubstanciación. El espíritu atormentado deviene aparición luminosa. La pena convierte la vida espiritual en verdadera vida.

Para seguir viviendo después de la muerte del hijo, el poeta tendrá que perdonar y perdonarse. Algo, Dios, Providencia o como queramos llamarlo, le da fuerzas para continuar la lucha. Contradicción: la muerte no es muerte, sino una ilusión del arte. Es la muerte la que nos consuela, la que nos hace vivir. La vida está abocada a la muerte, que es, al fin y al cabo, nuestra única esperanza, elixir que tonifica e intoxica.  El padre, huérfano del hijo, se aferra como un ahogado a todo cuanto pueda ofrecer una esperanza: en su caso, la obra de arte, el poema, con el que habrá de inmortalizar la figura del hijo.

La muerte es la expresión o el límite en el que se realizan la posibilidades de la existencia como conciencia subjetiva y libre. Y así, un día, tras innumerables caídas y recaídas en los posos del desaliento, Odón Betanzos habrá de encontrar refugio en la Poesía. La muerte, ese tajo brusco que segó la vida de su hijo, ha sido negada, trascendida. Con estos Sonetos de la muerte, escritos a lágrimas y a sangre, Odón Betanzos Palacios ha conseguido que el hijo sobreviva, transformado en inocencia de rebelión, en principio de esperanza.

 

El Dr. Gerardo Piña-Rosales nació en La Línea de la Concepción, en la provincia de Cádiz, España, en 1948. En 1956 emigró a Tánger (Marruecos), donde hizo el bachillerato. En 1968 cursó estudios en Filosofía y Letras en la Universidad de Granada y Salamanca. En 1973 se radicó en Nueva York. Desde 1981 es profesor de Lengua y Literatura españolas en Lehman College y el Graduate Center (CUNY). Ha publicado, entre otros libros, Estudios sobre teatro español (1984); Narrativa breve de Manuel Andújar (1988) y La obra narrativa de S. Serrano Poncela (1996). Es miembro de Número de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y Correspondiente de la Real Academia Española.