DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO Y SU VISIÓN DE LA PROBLEMÁTICA HISPANOAMERICANA

DR. ELIO ALBA BUFFILL. Profesor Emérito

City University of New York. Kingsborough C. College

            Domingo Faustino Sarmiento es una figura representativa de una América hispana convulsa, agitada, llena de contradicciones. Fue un hombre que creó su obra a través de una vida saturada de accidentes y aventuras. Su vida fue una eterna lucha. Combatió el caudillismo por lo que esto representaba de fuerza arbitraria y barbarie y sin embargo, era en sí mismo un caudillo. Fue periodista, opositor militante de toda dictadura, escritor, educador, diplomático, político, en fin, estuvo dotado de una tremenda pasión transformadora. En su autobiografía Recuerdos de provincia, señaló: “Yo he excitado siempre grandes animadversiones y profundas simpatías. He vivido en un mundo de amigos y enemigos, aplaudido y vituperado a un tiempo” (Recuerdos, 22)

            Se creyó llamado a cambiar la historia de su patria. Se mostró siempre defensor de los pobres: “Contestéle que le sentaba bien a él, que era rico, defender la propiedad, que yo defendía el derecho a conservar la vida que teníamos los pobres; que por tanto cada uno estaba en su terreno” (Recuerdos,204) y sin embargo a veces se traslucen en sus páginas cierto aristocraticismo: “La oficialidad del ejército se prepara en la Academia Militar de West Point, célebre en el mundo de hoy, por la ciencia que profesan, por la distinción de los cadetes, salidos de las familias más influyentes, hijos de los hombres más notables. Chile mismo no ha gozado de reposo y prosperidad, sino el día que ennobleció el ejército, llamando a sus filas, por la educación, a los hijos de las familias más elevadas” (Recuerdos, 207).

            Sarmiento combatió a Rosas, denunció la barbarie que el gaucho Facundo Quiroga representó y a pesar de ello, se llamó a sí mismo gaucho y su lenguaje resultó en ocasiones admirativo del caudillismo: “Momento grande y expectable para los pueblos es siempre aquél en que una mano vigorosa se apodera de sus destinos. Las instituciones se afirman o ceden su lugar a otras nuevas más fecundas en resultados o más conformes con las ideas que predominan” (Facundo, 93) y entonces, quizás intuyendo la contradicción básica en la que estaba incurriendo, casi inmediatamente hace la salvedad: “No así cuando predomina una fuerza extraña a la civilización, cuando Atila se apodera de Roma” (Facundo, 93). Tan patente es su admiración por el caudillismo, que el relato que hace en Facundo de la vida y costumbre de la campaña hace afirmar a Enrique Anderson Imbert, que: “Sarmiento simpatizaba estéticamente con las costumbres gauchas y las desdeñaba en nombre de sus principios políticos” (Historia, Vol. I, 229).

            Sarmiento tenía una indudable unidad de propósitos. Pudiera aplicársele lo que dijo de Domingo de Oro acerca de la unidad de intento que caracterizaba a Oro, a pesar de sus contradicciones aparentes (Recuerdos, 101). Era Sarmiento un hombre dotado de una visión romántica, apasionado; quizás un tanto alejado de la realidad, de enérgica imaginación, firme creyente en el futuro fecundo del hombre hispanoamericano. Será, decía, síntesis, “europeo hasta los últimos refinamientos de las bellas artes, americano hasta cabalgar el potro indómito” (Recuerdos, 100). Hay en esta frase, pese a su optimismo romántico, un reconocimiento a la necesidad de aglutinamiento que caracteriza la cultura de Hispanoamérica. Hay una alusión directa a una tradición que no podemos desconocer. Un siglo más tarde, otro gran escritor argentino, Jorge Luis Borges, afirmaría: “Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental y creo también que tenemos derecho a esa tradición” (Discusión, 160). Pero también mostró Sarmiento que comprendía que el elemento autóctono es parte fundamental de nuestra esencia. En fin, que la América hispana es integración de las dos grandes corrientes que la forman. Sarmiento se creyó abanderado de una causa, la del espíritu. Eso puede justificar en parte la exaltación que emana de sus escritos. Pretendió ser moderado pero las angustias de la patria le encendieron el fervor romántico. La buscada moderación quedó sepultada en la explosión de sus sentimientos.

            Sarmiento utiliza sus dos obras maestras: Facundo. Civilización y barbarie y Recuerdos de Provincia para desarrollar sus ideas acerca de la terrible disyuntiva a la que se enfrentaba no sólo Argentina sino toda la América hispana. En Facundo utiliza la vida de Facundo Quiroga, el “Gaucho malo” de la Rioja para hacer la denuncia de todas las consecuencias negativas que para el país engendra la violencia entronizada por el caudillo totalitario. Sin escribir directamente sobre Rosas, su objetivo político es hacer patente el terror por medio del cual éste gobierna. Se nos pinta la Argentina como una nación inmensa en que las ciudades que representan focos de cultura se pierden en la extensión extraordinaria del llano, en donde se engendra la violencia. Sarmiento plantea en Facundo que la naturaleza es muy determinante en la manera de vivir del gaucho, basándose en la topografía de su suelo patrio. Presenta al gaucho viviendo aislado en medio de la inmensidad de los llanos. Esta situación, este vivir a fuerza de salvar dificultades, hace que el gaucho mire al hombre de la ciudad con desdén. Hay, percibe Sarmiento, una división muy definida de la población argentina, de una parte, el habitante de la ciudad, viviendo en un ambiente de civilización, más patente en Buenos Aires, más débil en provincias y de otra parte el gaucho aislado, recorriendo las llanuras al lomo de su caballo, ocioso, pues la inmensidad de la pradera permite la reproducción ilimitada del ganado y sintiendo al mismo tiempo, desdén y resentimiento hacia el citadino. Sarmiento plantea las luchas fraticidas, estudia como esa energía del gaucho que se derramaba en correrías por los campos, o en luchas a caballo en la pulpería, se canalizó primero en las guerras de independencia, después en las guerras civiles y por último en la destrucción casi completa de lo que representaba cultura y civilización, al instalarse el gobierno de Rosas.

            En Recuerdos de provincia, ya había apuntado la falta de medios en la débil provincia a la que la corriente civilizadora llegaba muy atenuada. Así, Sarmiento se enorgullece de su educación “en despecho de la pobreza, del aislamiento y de la falta de elementos de instrucción en la oscura provincia que me he criado” (Discusión, 160). Para Sarmiento, la ciudad de provincia es semillero de pleitos prolongados e infecundos en la que no hay vida pública y agrega que en ella “las cuestiones domésticas ocupan la atención pública y llenan, en lugar, de periódicos, debates, partidos, proyectos, noticias y leyes, los ocios de las personas más graves” (Recuerdos, 65). Párrafos semejantes escribió Pérez Galdós denunciando la pobreza espiritual de la ciudad provinciana española en Doña Perfecta.

            Ese provincialismo llegaba a adquirir caracteres más enérgicos cuando manifestaba su animadversión a lo porteño. El antagonismo entre Buenos Aires y la provincia constituye un elemento que va a caracterizar la historia argentina de esa época y así lo reconoce Sarmiento cuando dice en Recuerdos de provincia, “…allí se presentaba por primera vez, aquel odio de la provincia contra los porteños, odio de pura descomposición y de desorden, pero que tan poderoso instrumento político había de ser más tarde” (Recuerdos, 104).

            Este análisis de Sarmiento sobre la problemática argentina que tenía sin duda una connotación continental, produjo de inmediato una repercusión en las letras de Hispanoamérica que puede decirse que llega en cierta medida a la segunda mitad del siglo XX. En efecto, véase que José Martí, a quien Sarmiento tanto admiró, coincidió con aquél en la denuncia del caudillismo, lo que le costó al escritor cubano un constante peregrinar por América hispana, pues tuvo que abandonar México, Guatemala y Venezuela por no transigir con la voluntad omnímoda del dictador de ocasión. Toda la obra martiana es un canto a la libertad humana y al necesario respeto a la dignidad del hombre que debía caracterizar a todo régimen republicano, dignidad humana tan fervientemente defendida por el escritor argentino. No obstante, Martí tenía algunas diferencias de opinión con éste pues en efecto, creía que en esta disyuntiva planteada por Sarmiento en su análisis de la problemática argentina, que tenía dimensiones continentales, se desconocían ciertos elementos fundamentales pues en el artículo “Nuestra América” (Obras completas, tomo VI, 15-23) que publicó en El Partido Liberal de México, con fecha 30 de enero de 1891, afirmó: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie sino entre la falsa erudición y la naturaleza” (17). Martí estuvo muy consciente de que no obstante que la participación de las masas populares había sido un factor fundamental en el proceso de independencia, los nuevos gobernantes se olvidaron de la contribución del pueblo. Martí reconoció que el largo período colonial sometió a la población hispanoamericana a un régimen político que no propiciaba el uso de la razón en el ser humano pero señaló con acierto que los líderes de las nuevas repúblicas habían cometido el error de no comprender que el advenimiento de la independencia requería además de un cambio de forma también uno de espíritu.

            En relación al antagonismo al que aludía Sarmiento entre Buenos Aires y las provincias, ha señalado Ezequiel Martínez Estrada en Biografía de la pampa (Biografía, 125), “El interior ha mirado siempre a la metrópoli como la Metrópoli: sus planes nacionalistas han sido antagónicos y hasta disyuntivos. Es desde entonces, pues, que Buenos Aires ha sido el centro, en torno a la que ha girado la vida argentina, la organización nacional, la cultura, la riqueza. Alberdi decía: no son dos partidos, son dos países, no son unitarios ni liberales, son Buenos Aires y las provincias” (28).

            Es decir, que para Martínez Estrada, la disyuntiva no era tan absoluta, ni era tan simple. Ni la provincia era toda barbarie, ni Buenos Aires era toda civilización. Así afirma: “La independencia nació en los Cabildos: por eso fue urbana y municipal. Buenos Aires hizo el ante proyecto de la emancipación y más tarde se convirtió en enemiga de los ideales republicanos, federales y representativos” (29) y más adelante subraya muy polémicamente, llevando al extremo su impugnación, que “La ciudad donde ardió la chispa revolucionaria subsistió como un trozo de España en el virreinato, porque sus intereses no iban más allá del libre tráfico marítimo ni más lejos que la política aduanera” (30).

            José Luis Romero en su Historia del pensamiento político argentino (64) sostiene que el antagonismo de Buenos Aires y la provincia constituye la clave fundamental de la historia argentina en todo el siglo XIX. Representa para él, la lucha entre lo que llama la democracia doctrinal y la democracia inorgánica.

            Romero comienza por reconocer que “europeizantes y liberales, los criollos de Buenos Aires constituían una minoría de considerable influencia, sus miembros habían logrado un alto grado de estabilidad económica, especialmente en el comercio y en las profesiones liberales” (64). Sin embargo, pese a que esta minoría porteña estaba embebida en las ideas liberales tan en boga en la Europa de la época, Romero puntualiza que su doctrina liberal incluía “la convicción de la necesaria hegemonía de Buenos Aires, el lugar propicio para la plasmación de su credo constructivo. De ese hecho, se derivó la lucha posterior con los criollos del interior, con quienes la minoría porteña coincide en el ideal de emancipación social, pero de quienes disiente en el campo de las realidades políticas” (65).

            La raíz de la crisis estaba, según Romero, en que “la población del interior carecía a la vez de la preparación doctrinal y de la experiencia política para asimilar el sistema institucional que los porteños querían imponer al nuevo estado” (65).

            La historia argentina fue perfilando las diferencias. Así, añade Romero: “Gradualmente el panorama se fue aclarando, mostrando todas las dificultades. La masa criolla coincidía con el grupo educado en su creencia en la emancipación política y en su profundo deseo de ocupar las posiciones dirigentes en el país, pero diferían radicalmente acerca de la organización política del nuevo estado” (65).

            Analizando esas diferencias, Romero señalaba las económicas, el provincialismo o localismo y el primitivismo, que en el orden moral fue auspiciado por el autoritarismo de la educación clerical. Dogmatismo que, él consideraba, daba forma a una mentalidad, no en verdadero contacto con la realidad, y que fácilmente sucumbía en una atmósfera de fanatismo y superstición. A esto se unió la ingenuidad e inexperiencia política de la minoría ilustrada porteña, cuyas ideas según Romero “parecían verdades tan universales que ninguno de los liberales pensaron que las realidades sociales y económicas o los defectos de la mentalidad colonial, podían trabajar contra ellos” (79).

            Debe señalarse en defensa de Sarmiento, que pese a que su observación tenía que estar necesariamente condicionada por su inmersión en el proceso histórico que se estaba viviendo y en consecuencia estaba matizado en cierta medida por las pasiones políticas desbordadas de la época, es lo cierto que aunque no lo haya subrayado tan específicamente, Sarmiento en sus dos obras fundamentales aludidas brinda al lector el cuadro social que le permite a éste comprender la carencia de preparación doctrinal y de experiencia política a que aludía Romero.

            Sarmiento proclamó en Facundo la necesidad de describir el suelo argentino, los hábitos que engendra, los caracteres que desenvuelve, así como el de pintar al comandante de campaña que se apodera de la ciudad y al fin la aniquila. Y también reconoce que se necesita estudiar las ideas y los intereses que se agitaban en las ciudades y comparar dos de ellas, Córdoba y Buenos Aires en donde predominaban las ideas opuestas para mostrar al caudillo de la pampa, “saliendo ya de su provincia y proclamando un principio, una idea, y llevándola a todas partes en la punta de unas lanzas” (101).

            Facundo está dividido, como apunta el propio Sarmiento, en dos partes, una en que se traza el paisaje, el panorama, el teatro en que se va a representar el drama hispanoamericano; la otra en que aparece el personaje, el gaucho, con su traje, sus ideas, su sistema de obrar y se demuestra que el personaje es el producto del paisaje, quizás su consecuencia necesaria. Una parte de Facundo está revelando la otra, sin necesidad de comentarios y explicaciones.

            En Recuerdos de provincia, de tantos tintes autobiográficos, muestra el carácter del citadino de provincia, influido por la tradición. Así nos habla de su pobreza digna. “Que se pregunten las veces que vieron al hijo de tanta pobreza acercarse a sus puertas sin ser debidamente solicitado” y “comprenderán entonces los resultados imperecederos de aquella escuela en donde la escasez era un acoso y no una deshonra” (157). Aquí se muestra la misma tradición de orgullo español a la que aludiera tanto Miguel de Unamuno.

            Sarmiento señala en estos dos libros que la lucha por la independencia fue un sueño engendrado en las ciudades, esencialmente Buenos Aires, resultado de la madurez política existente en ellas. Las grandes masas de la pradera que intervinieron en las luchas independentistas, con tan decisiva participación, no tuvieron conciencia del propósito que perseguían estos esfuerzos de liberación. Su odio a la autoridad española era más bien, odio a la autoridad en sí.

            Sarmiento plantea la tesis de que el siglo XIX y el XII convivían juntos, el uno dentro de las ciudades y el otro en las campañas y que la sangrienta tiranía no era otra cosa que la expresión del triunfo de la campaña sobre la ciudad que intentaba realizar en la Argentina, bajo la inspiración de Rivadavia, todos los fines de la civilización europea que todavía no se habían alcanzado en la propia Europa. Precisando más el antagonismo, Sarmiento plantea el aludido paralelo entre Córdoba, ciudad de provincia, y Buenos Aires, asiento respectivamente, la primera, de la tradición española, estacionaria y hostil a las innovaciones revolucionarias y otra, del saber europeo del siglo, toda novedad, toda revolución y movimiento. Ambas ciudades representaban, en su sentir, los dos partidos que se discutían la orientación del país, unitarios y federales, pero frente a ellos comenzaba a agitarse un movimiento muy poderoso, el de la barbarie de las campañas. Esta constituyó la gran fuerza unificadora que usó a los federales de las ciudades de provincia, como simple eslabón para lograr el poder, para formar lo que Sarmiento llamó la unidad bárbara de la república en la tiranía de Rosas, que no fue más que la entronización en el gobierno central, de la barbarie de la montonera.

            En ambas obras aparece la descripción de esta barbarie. En Recuerdos de provincia, al hablar de la montonera, dice: “El terror de los pueblos dura en las tradiciones locales, muéstranse en los caminos las osamentas blancas de los ganados que degolló a su tránsito, por aquel exquisito sentimiento del mal, que aguijoneaba a aquellos filibusteros” (102). Hombres, que según Sarmiento, no oían “el clamor de las víctimas, ni el espanto de las poblaciones” (102). En Facundo, al hablar de la montonera de Ramírez, señala: “vástago de la de Artigas y cuya celebridad en crímenes y odio a las ciudades a que hace la guerra ha llegado hasta los llanos y tiene llenos de espanto a los gobiernos” (81).

            Son atinados los retratos que nos brinda de Facundo Quiroga en Facundo y de Benavides en Recuerdos de provincia. La imagen de Facundo Quiroga quedó a partir de esa publicación, convertida en la personificación del gaucho argentino, hombre acostumbrado a triunfar sobre los obstáculos, a mostrarse siempre superior a la naturaleza, a desafiarla y a vencerla; que no estaba interesado en semejarse al hombre de las ciudades, por el que siente compasivo desdén, y que físicamente recuerda con su barba cerrada, su pelo negrísimo y ensortijado y su impasibilidad y gravedad, a los pueblos asiáticos o árabes. En Recuerdos de provincia nos muestra a Benavides, como un hombre frío que no tiene clara conciencia ni del derecho ni de la justicia. Así afirma: “Es la fuerza de inercia en ejercicio, llamado todo al quietismo, a la muerte, sin violencia, sin aparato” (206) y más adelante señala que Benavides le había impuesto a su provincia un abandono de todo lo que constituía la vida pública de acuerdo con lo que el despotismo exigía. “Coman, duerman, callen, rían, si pueden, y aguarden tranquilos, que en veinte años más…, sus hijos andarán en cuatro pies” (206).

            Sarmiento sigue analizando en Recuerdos de provincia que la barbarie utilizó todos los medios posibles para obtener el poder. A ese propósito fue factor coadyuvante, como indica Sarmiento, la ceguera irresponsable de los factores más reaccionarios del clero de las provincias que se enfrentó a la actitud del clero inteligente y comprensivo de Buenos Aires. En efecto, con el propósito de facilitar la inmigración europea, el gobierno planteó la cuestión de la libertad de cultos, a la que no se opuso la curia bonaerense pero que produjo estupor en el clero de provincias. Al propio tiempo que critica a los clérigos conservadores, alaba el cristianismo puro, lleno de misericordia y comprensión del confesor de su madre, el Padre José Castro, y se dolía de que “no haya dejado nada escrito sobre su interpretación del espíritu de nuestra religión.”.

            Lo que pretende poner de manifiesto es la irresponsabilidad que caracteriza la pasión política hispanoamericana. División en cuanto a forma, unitaria o federal del gobierno; división en cuanto a la cuestión religiosa; división en fin, que sólo facilitó la hegemonía de la barbarie y la desaparición del Estado de Derecho. La falta de previsión del gobernante, la influencia de determinados factores geográficos e históricos, el inadecuado funcionamiento de la república, en resumen, el aglutinamiento de todos estos elementos contribuyó a la intromisión de la fuerza en los asuntos públicos. Mientras el soldado de la independencia era apenas reconocido, el caudillo de la pradera se convertía, primero en amo y señor de la provincia y después en dueño de la nación.

            Sarmiento, transido en Facundo de exaltación y de nostalgia en Recuerdos de provincia, muestra su visión romántica. Hay que recordar que en aquella época, como ha dicho García Calderón, “todo favorecería al romanticismo, las luchas políticas y la anarquía, formaban héroes byronianos, la pasión tropical se alimentaba del sentimentalismo… y la lucha contra los tiranos desarrollaba el individualismo” (Nueva historia..., 59). También debe aludirse a lo que señaló Arturo Torres Ríoseco acerca de que “Víctor Hugo, Lamartine, Musset, Byron y Walter Scott, eran los autores más difundidos entre los intelectuales jóvenes de Hispanoamérica” (Nueva historia...,243).

            Sarmiento, miembro de esa joven intelectualidad, mostró una profunda fe en el futuro de Hispanoamérica. Comprendió que el problema de ésta era común a todos los países. En ese aspecto, sacaba la siguiente conclusión: “Salido de una provincia mediterránea de la república argentina, al estudiar a Chile, había encontrado, no sin su sorpresa, la similitud de toda la América española, que el espectáculo lejano de Perú y Bolivia, no hacía más que confirmar” (Recuerdos, 230). Pretendía cambiar la faz de América, “por la sustitución del espíritu europeo a la tradición española; y a la fuerza bruta como móvil, la inteligencia cultivada, el estudio y el remedio de las necesidades” (Recuerdos, 243).

            Sarmiento proclamó en Recuerdo de provincia que “la riqueza de los pueblos modernos es hija sola de la inteligencia cultivada” (75) y reconoció que conservaba una fe casi juvenil durante toda su vida: “vuélveme en los años maduros las candorosas ilusiones de la inteligencia en las primeras manifestaciones de su fuerza y aun creo en todo aquello que la juvenil experiencia me hacía creer entonces y espero todavía” (95). En Facundo, al describir la brutal dictadura en la que estaba sumido su país soñaba: “Cuando haya un gobierno culto muy ocupado de los intereses de la nación; ¡qué de empresas, qué de movimiento industrial! (251).

            Sarmiento enfrenta las ideas renovadoras de libertad, igualdad y fraternidad que inspiran los grandes movimientos libertarios y filosóficos que hacen germinar las revoluciones norteamericana y francesa, -ideas que palpitan en las mentes de la joven intelectualidad hispanoamericana que fue la que dirigió la revolución de independencia de nuestra América- con la barbarie, la violencia y la fuerza bruta del militarismo negador de toda libertad humana que representaron y siguen representando los caudillos, sea cual fuere la filiación política e ideológica con que se revistan. Este planteamiento, como se ha dicho, tuvo una repercusión en todas las manifestaciones culturales de Hispanoamérica en estos dos últimos siglos. La búsqueda de la raíz de nuestros males se observa en Eugenio María de Hostos y Andrés Bello, continúa en Juan Montalvo, Enrique José Varona, en el propio Martí y trasciende a José Enrique Rodó, Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Jorge Mañach, para citar solamente algunos de los más eminentes cultivadores de la ensayística. Está presente además, en la narrativa, baste de ejemplo, la lucha entre Santos Luzardo y Doña Bárbara en la famosa Doña Bárbara de Rómulo Gallegos y sigue vigente en la temática de la libertad y la denuncia de la dictadura marxista que, con tanta angustia, vibra en la novelística de Reinaldo Arenas.

            Para Sarmiento, la solución del problema hispanoamericano estaba en la educación popular, en el progreso técnico-científico y en la emigración europea. Anderson Imbert objetó que la dialéctica de éste “era tan simple que el mismo Sarmiento la encontró insuficiente y, a lo largo del libro, (se refiere a Facundo) tuvo que complicarla con paradojas, saltos y salvedades que llegan a contradecir su tesis” (Historia, Vol. I, 229).

            En conclusión, Sarmiento confió en el futuro de su patria y por ende de Hispanoamérica. Confió en los momentos de amargura, confió siempre. En él se mezclan su visión engrandecida del ser humano, producto de sus abundantes lecturas románticas y su fe en la ciencia y en el poder transformador de la tecnología, que es el resultado de la influencia de ideas que el positivismo francés de Augusto Comte y de Emilio Littré y sus derivaciones inglesas en Herbert Spencer y John Stuart Mill, habían aportado al pensamiento europeo de la época y que tendrían en América hispana fundamentales consecuencias. Pese al simplismo que se le ha atribuido a las soluciones que postuló a la problemática hispanoamericana, no se puede desconocer su acertado análisis de los males de su patria a los que muy inteligentemente vio como representativos de los problemas a los que se enfrentaban todas las hermanas repúblicas. Por eso es que su tesis llamó la atención de inmediato a sus contemporáneos y ha seguido siendo objeto de estudio por la intelectualidad hispanoamericana durante todo el siglo XX. En definitiva, como señaló Leopoldo Lugones, en sus dos obras maestras, Sarmiento representa “la tentativa lograda de hacer literatura argentina, que es decir patria: puesto que la patria consiste ante todo en la formación de un espíritu nacional cuya exterioridad sensible es el idioma” (Recuerdos, 244).

BIBLIOGRAFÍA.

Enrique Anderson Imbert. Historia de la literatura hispanoamericana, México, Fondo

de Cultura Económica, Quinta Edición, 1961.

Jorge Luis Borges. Discusión, Buenos Aires, Emecé Editores S.A. Cuarta Edición, 1966.

José Martí. “Nuestra América” en Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, 1975.

José Luis Romero. A History of Argentine Political Thought, Stanford, CA, Stanford

University Press.

Domingo Faustino Sarmiento. Facundo o Civilización y barbarie, Buenos Aires,

Editorial Sopena. Argentina S.A., Novena Edición, 1962.

______ Recuerdos de provincia, Buenos Aires, Ediciones Troquel, Segunda

Edición, 1967.

Arturo Torres Ríoseco. Nueva historia de la gran literatura iberoamericana. Buenos

Aires, Emecé Editores, Quinta Edición, 1964.

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El Dr. Elio Alba Buffill es Profesor Emérito de City University of New York. Tiene un doctorado en Derecho de la Universidad de La Habana y otro en Filosofía de New York University, con especialización en literaturas hispánicas. Fue Profesor Visitante de la Universidad Católica del Uruguay. Ha publicado los siguientes libros: Enrique José Varona. Crítica y creación literaria; Los estudios cervantinos de Varona; el Ensayo en Hispanoamérica; Enrique labrador Ruiz. Precursor marginado; Conciencia y quimera; Martí ante la crítica actual; Estudios literarios sobre Hispanoamérica; Festschrift José Cid Pérez; Índice de El Pensamiento; Cubanos de dos siglos y Estudios sobre letras hispánicas. Es miembro de la Acade-mia Norteamericana de la Lengua Española, la Academia Uruguaya de Letras, PEN Club Internacional de Escritores Cubanos (E), etc.