PREÁMBULO A LOS SIETE TRATADOS DE MONTALVO

Roberto D. Agramonte.

           
Montalvo profesa admiración profunda hacia el pueblecito de Ipiales, fronterizo con Colombia, donde se ha asilado a raíz de su primer destierro. Vive en un piso alto –con buen aire para sus sensibles pulmones– y en el frontis de su casa los ipialeños han clavado una placa conmemorativa alusiva a su estancia allí. En medio del boscaje el ilustre exiliado, con sus propias manos, ha construido una mesa muy alta con palos y bejucos, de suerte que “el gran caminador a pie”, cada vez que llega de un paseo liberador de tensiones, escribe una o dos hojas de su resma de papel de 500 páginas. ¿Desde cuándo –ya publicada toda esa obra maciza que integra El Cosmopolita– se han ido nucleando los Siete Tratados? Las biografías no pormenorizan mucho. Sólo dicen que en Besanzón los dio a la luz, en hermosa encuadernación, en 1883-1884. El Cosmopolita acaba de llegar, meditabundo, de una caminata larga. Y se entabla un diálogo entre el espectador y la soledad y la naturaleza. Eso ocurre tarde tras tarde. El espectador no ejerce oficio alguno obligatorio, es sólo un escritor de tiempo completo. En Ipiales se dan milagros, ese Ipiales que está sublimado en las páginas de su largo y minucioso artículo titulado “El Sur de Colombia”. El sol se ha hundido tras el Cumbral. Añorando a su Ficoa y a su Ambato desde la distancia, ha visto un mar de violado purísimo en nubes lejanas. Ha visto más: una nube figura un pavo real a manera de abanico de colores variadísimos; ha percibido nubes verdes nunca vistas; ha visto esfinges apocalípticas. Desde su balcón ha contemplado y pintado esos cuadros: son cuadros de la Cordillera Andina.

            Días antes, el desterrado había llegado a ese pueblecito. Un día su respetable amigo don Ramón Rosero lo ve tendido en el suelo, anegado en lágrimas –lágrimas de hombre– a raíz de una larga lucha cuerpo a cuerpo con el dictador que le arrebató a él y a los suyos la patria, madre de todos. Su amigo Roberto Andrade llama a ese drama su “llanto de Getsemani”. El desterrado político pone sus flechas de Parto en su carcaj, pero a la vez ase su capaz maleta de cuero, que el bueno de Rodrigo Pachano Lalama, ido del mundo, custodió en vida como reliquia venerada. Allí estaban ordenados importantes cuadernos de ensayos sobre el genio o la belleza, sobre Bolívar y Ricaurte, sobre lo que llamó El Buscapié, conexionado al Quijote, libro inimitable e imitado por él sobre las opiniones de los filósofos griegos en apretado compendio y sobre una teoría sociológica y moral de la nobleza que la cifraba en las virtudes.

            Esa faena se repite todos los días. Gutta cavat lapidem, la gota cava la piedra. Nuestro profesor de Derecho Internacional en la Universidad de La Habana, nos decía: joven escriba una página al día, una sola; al cabo del año tiene usted un libro de 365 páginas. Gota a gota se formarán los Siete Tratados. El desterrado advierte que en Ipiales –e invita al lector a llorar– está escribiendo “sin libros”. Su biblioteca y la de su hermano Francisco Javier, las que eran consultadas en Quito y Ambato, allá se quedaron, como la nuestra en Cuba, no se sabe dónde. El escribir sin libros es confesión que parece increíble al escudriñar esa obra magna. ¿Acaso algún peregrino desde Bogotá le trajo en las alforjas de su caballo alguna Gramática de Bello, o las Apuntaciones de Cuervo, o La historia de la caída y decadencia de Roma de Gibbon, o los Diálogos de Platón? Pero en su maleta de cuero “está aquel grande cuaderno de pasta negra, donde están anotados por él pensamientos, giros gramaticales, anécdotas históricas, que tuvimos en nuestro poder. No es hipérbole lo que dijo Montalvo que, dado los libros que antes consultó en Quito y en París, en Italia y en Madrid, ninguno tenía en Ipiales; pero esa obra lograda –los Siete Tratados– fue para Blanco Fombona “monumento de la lengua castellana”, “empresa de gran monta”, recuerdos de viajes bien aprovechados. Y prueba de que no tenía libros en su destierro de Ipiales es que El Cosmopolita, ya publicado, libro del que era autor, se lo pidió prestado una vez a un amigo, pues no lo tenía el desterrado en Ipiales. Frisaba el autor en 1873 –año en que confesó que “fueron escritos casi todos los Siete Tratados” –con los cuarenta años de edad, edad de plenitud para un escritor, erudito y pensador. En ese año de 1873 se cartea Montalvo a lo grande con don Rufino José Cuervo, quien lo llama “filósofo y defensor de los derechos humanos”. Han pasado seis años y las hojas de la resma de 500 han engruesado en su maleta de cuero; y el 24 de octubre de 1879 le escribe a su caro conmilite civil protector y amigo Don Rafael Portilla, desde Ipiales: “Roberto Andrade me dice que no me envía los manuscritos que le dejé, para que Ud. los lea. Si tiene ratos perdidos, léalos pronto: no hay más plazo que hasta el 20 del entrante. Y si los lee no se excuse de darme su opinión”. ¿Qué son esas joyas manuscritas? Son los manuscritos de Los Siete Tratados; y precisa Montalvo: “Son siete cuadernos de esos, destinados a ver la luz del día en Francia con el título de Siete Tratados y Tres Musas”. Quiere el egregio autor que el reflexivo Portilla le dé su opinión, ya que el joven jurista Roberto Andrade está dedicado al Código Civil “y no sabe qué decir de mis tratados”. Las Tres Musas quedarán fuera del contexto definitivo de Besanzón al editarse.

            De 1873 a 1883 fue leído, releído, retocado, burilado –durante diez años ese monumento de saber, cultura y ahondadora filosofía. El rico minero salvadoreño Macay y Eloy Alfaro –luego presidente– serán los Mecenas de ese libro, pero fracasaron una y otra vez en llegar las letras de cambio para su remuneración editorial. Montalvo reniega y se querella en cartas de que Macay “vomita miserias”. Montalvo dice que ha renunciado a su propia publicación. La revolución le impide a Alfaro tomar dinero para libros, pues la patria es lo prioritario en aquellos instantes decisivos. Montalvo está adeudado en 25,000 francos con el editor. El 5 de febrero de 1883, Montalvo le dice a Adriano, su querido sobrino: “El libro Siete Tratados está al fin: se concluirá a mediados de este mes” pero aún falta por pagar dinero al impresor y al empastador que con soberbia encuadernación se hizo. A Adriano reconoce Montalvo, al fin, que el ricohombre Macay le ha enviado una letra (14 de septiembre de 1884) “muy considerable, en días de angustias”. Macay queda exonerado de toda culpa.

            En mi libro Montalvo en su Epistolario, que vio la luz el 10 de noviembre de 1982- “colección de 362 cartas íntimas y cartas sobre asuntos públicos y literarios entre Juan Montalvo y grandes personalidades del Ecuador, América, España y Europa” se consagra la parte VI a lo que denominamos “su apoteosis en Madrid” y “su último París” (1882-1885) y pormenorizamos allí los agasajos tributados al gran escritor en Europa. A mediados de junio de 1883 lo vemos deambulando con don Emilio Castelar por la Puerta del Sol, y por exposiciones y museos. Montalvo había hecho en los Siete Tratados la apología del célebre político liberal, escritor clásico y orador sumo– ya antes, en El Regenerador, lo hizo superior a Demóstenes y a Cicerón. En el tratado Del Genio uno de los Siete Tratados– dice que el telégrafo lleva sus discursos por toda Europa y América. A su vez, Castelar presenta al gran ambateño a personalidades políticas y literarias de Madrid, y le organiza un banquete –aparte de invitarlo a su propia casa– y Montalvo pronuncia un brindis por la unidad de los valores hispano-americanos; El Cosmopolita se siente otra vez cosmopolita durante sus palabras de agradecimiento.

            El Globo es de suyo periódico de Castelar. Castelar ordena el merecido homenaje periodístico. ¿Quién será seleccionado? Lo es un autor de una obra histórica sobre Fray Bartolomé de las Casas, protector de los indios; es el hondureño Carlos Gutiérrez, diplomático además en las cortes europeas, quien editorializa, en tan importante rotativo, así: “El señor don Juan Montalvo es uno de los escritores más notables de la América del Sur, y la importante obra que acaba de dar a la luz con el título de Siete Tratados, alcanzará de seguro la bien merecida reputación de dicho ilustrado publicista. En los Siete Tratados, contenidos en dos lujosos volúmenes, admirablemente impresos en Bensanzón, el autor se ocupa de importantes asuntos de filosofía, ética, estética e historia, terminando la obra con un trabajo curiosísimo en doce capítulos, titulado El Buscapié, prólogo de un libro inédito titulado Ensayo de imitación de un libro inimitable o Capítulos que se le olvidaron a Cervantes. En esos Siete Tratados el señor Montalvo presenta y discute con habilidad consumada las más elevadas cuestiones de filosofía y de moral, y manifiesta en sus disquisiciones su profundo conocimiento de las civilizaciones de los pueblos antiguos y modernos. Se ocupa del origen de la especie humana, y va a parar al Uno, “germen fecundo que llena el universo con su multiplicación infatigable”. Montalvo era un monogenista en su idea de la cuna de la humanidad.

            Sabios y notables escritores españoles –muchos presentados a él por Castelar, quien a su vez lo endosa para miembro de la Academia Española de la Lengua– lo admiran. Así don Manuel del Palacio, adalid de la revolución española de 1883, autor de Veladas de Otoño, al recibir autografiado los Siete Tratados, le expresa” con cuanto placer he devorado las páginas de su precioso libro”. Otra figura de relieve, don Jesús Pando y Valle, director de La Gaceta, miembro de las más importantes corporaciones científicas y literarias, iniciador de la Unión Literaria Iberoamericana y director de la revista Los dos mundos, se une a Monsieur Meulemans, de Le moniteur des Consulats, y exalta la obra cumbre en uno de los más valiosos estudios hechos sobre Montalvo. Otro español, el vizcaíno don Antonio de Trueba, califica a nuestro autor de pensador avisado y filósofo, y exalta su examen del hombre y su modo de tratar las cosas de América. Ese crítico es el autor del Libro de los cantares, traducido a cinco idiomas. Montalvo siente la tranquilidad en Madrid de no verse acosado por sus detractores del tiempo de El Cosmopolita, ni por el tal Pérez y Soto, quien al atacar a Montalvo, fue hecho trizas por Rubén Darío, que fue discípulo de Montalvo, le dice pues “el Águila no caza moscas”. Y el diputado Víctor Balaguer, autor de la Historia de Cataluña, le tributa su alabanza, coincidiendo con momentos en que nuestro desterrado visita Barcelona; y en Siete Tratados hace la etopeya de la gran tañedora del arpa en las cortes de Europa, Esmeralda Cervantes, alabada por Wagner y con la que teje un idilio; y celebra esa “arpa encantada, instrumento cuyas clavijas gimen amorosas”.

            Pero la celebridad del ambateño trasciende los lindes españoles, y he aquí que el 22 de septiembre de 1883, el cartero le entrega a don Juan, con alborozo, un sobre cerrado. Se hace pequeño aquel gran hombre e historiador, César Cantú, ante Montalvo. Le dice que ningún título tenía para recibir el regalo precioso de los Siete Tratados. Martí es exégeta del historiólogo Cantú, a quien llama “contador mágico”, y a su gran historia “obra ciclópea” alaba a “aquél que ha escrito tantos libros que pueden ser pedestal para su estatua”, y lo llama “investigador pasmoso”. Cantú es el autor de la Historia de Lombardía y de la Historia Universal, que en nuestra juventud, en 1920, leíamos y consultábamos. Cantú, de entrada, como historiador, celebra el americanismo del ecuatoriano y le dice: “Los que como vos conocen la América, y tienen amor por ella, están obligados a hacerla conocer cada día más y más”. Como José Cecilio del Valle dijo en 1822: “La América será desde hoy mi preocupación exclusiva: América de día cuando escriba; América de noche cuando piense. El estudio más digno de un americano es la América”. Así fue para Montalvo. Por eso Cantú encarece sus Siete Tratados. Y Martí dijo: “La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria”.

            César Cantú le dice que los Siete Tratados eran conocidos en Italia, y que El Buscapié fue traducido a la lengua italiana. Y sobre la historia de América, y su tema principal, el de los héroes de la emancipación de América, le reconoce su autoridad, diciéndole que en su tratado “se puede beber como en fuente de gran caudal y que abundan en él hechos y conceptos pertenecientes a los últimos sucesos de América”; y asevera Cantú que Montalvo “honra a la patria y al género humano”.       

            A los cinco días de recibida por Montalvo esta carta, desde Milán –el ecuatoriano comenta lo que le habrán sabido esos endosos a sus zaheridores coterráneos. El cartero trae otra misiva del Piamonte, de Pinavelo. Es del renombrado novelista Edmundo D’Amicis, autor de Corazón (“Diario de un niño”)– libro que nos regaló en nuestra niñez una tía sabia y bondadosa- y autor del libro España– lo que demuestra la devoción del escritor italiano hacia este país latino fraterno, tal el aporte a la cultura española, la que, por otra parte, exaltó en Montalvo don Juan Valera. Subraya D’Amicis “la rareza y valía de la prosa y las ideas de Montalvo”. Y ésta es una verdad; y por ello Rubén Darío escribió Los Raros. Rareza por su originalidad literaria y filosófica. D’Amicis califica el ejemplar de los Siete Tratados de “espléndido regalo” y le dice que “su admiración es grande”, y habla de “la belleza de su forma” y de “lo elevado del propósito”.

            El ecuatoriano está en la espiral de su apoteosis en Europa; pero anhela recibir la enhorabuena de queridos compatriotas en ese año zenit montalviano, en que ve dolorosamente que “la patria va de Veintemilla a Ordóñez, como signo de mala suerte”. Y el ambateño le hace saber a Portilla que “los Siete Tratados han alcanzado un gran triunfo”.¿Y qué triunfo no hubieran alcanzado los libros publicados con posterioridad a los Siete Tratados, los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, Geometría Moral y los dramas integrantes de El libro de las pasiones? Como recuerdo especial le envía a Portilla su gran libro el 3 de noviembre. Pero se queja de que estos libros últimos no los puede publicar por falta de fondos. Mas confiesa que con el producto inicial de los Siete Tratados está librando su subsistencia. El 15 de diciembre le expresa al propio Portilla algo importante. Rodó, Merchán, Blanco Fombona y Benjamín Carrión afirmaron sin más que Montalvo no era filósofo, en cuanto tal. El propio Montalvo va a decir lo contrario. Oigamos: “Le mandé a usted un ejemplar de los Siete Tratados con la dedicatoria que requería nuestra amistad. Ojalá en ese libro halle usted algunos instantes de olvido de sus disgustos, y quizá algún consuelo en ciertas páginas donde habla el filósofo hecho y rompiendo las cosas de la vida. Conforte el alma, amigo querido, y bañe usted su corazón con la esperanza”. Llegamos al año 84, y se intensifican sus relaciones con el escritor español don Leopoldo García Ramón, quien escribirá un estudio muy cabal intitulado “Don Juan Montalvo y los Siete Tratados”. Colaboraba García Ramón en publicaciones como La España Moderna y El Correo de Ultramar, y era autor de libros como Dos amores, y dio cuenta de la enfermedad del ambateño en sus últimos días en un artículo muy valioso para su biografía. En enero de ese año le pide García Ramón que le dedique y firme el ejemplar obsequiado de Siete Tratados. ¡Qué hermosa dedicatoria le puso a su devoto amigo sevillano!

            Pero anhelaba Montalvo saber la reacción de uno de sus familiares, y la recibió de su sobrino César Montalvo quien en 1878 fue objeto de la venganza de Veintemilla –“César, ése mi sobrinito de 19 años que acaba de ser desterrado, y que sólo tuvo la culpa de llamarse Montalvo”. Eso fue a fines del 78. Pero en febrero del 84 le dice a César Montalvo –para que lo sepa la familia–: “Hasta hoy habrán ustedes recibido y leído los Siete Tratados, y no sé si les habrá parecido más el ruido que las nueces. Por aquí siguen triunfando, como lo verás en la parte ilustrada de El Correo de Ultramar que te remito, donde consta un bello artículo de un español de mucho nota (alude al propio García Ramón), quien me pone como superior a Castelar, como escritor. Reproduzcan por allá ese artículo en una hoja grande de una sola cara. Si todas estas cosas quedan ignoradas, el juicio de mis compatriotas podría ser extraviado, juzgando por ellos solos”. Y continúa: “Exageración ha de haber en eso que me dices de bastar apenas mil ejemplares para los pueblos del interior; pero ya que los desean, van por de pronto en este mismo vapor 300 que La Mota debe dirigírtelos a ti para que tú le pases 200 a Terán, a Quito, y coloques los 100 por allí, según tus listas”. Y aclara “He preferido este modo de mandarlos, a fin de que se expongan menos si hubiese peligro de parte del cabo Ordóñez (es decir, la censura). Yendo directamente a Quito pudieran ser confiscados. Cien ejemplares fueron al principio para Quito, en caja a propósito para carga de mulas; pero La Mota no hizo caso de las instrucciones. Hubo trampas de un pícaro. Algunos llevan pasta muy hermosa y cara. Si dura el fervor, no pedirás por ejemplar más de seis soles, y precio fijo. Harta necesidad tendré de ese auxilio en el nuevo y largo destierro”.

            Los parabienes se extendieron a altas figuras del gobierno, como los de don Rafael Seijas, Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, quien al recibir la obra de Montalvo, “sujeto tan notable en la república de las letras”, como lo califica, pondera “ese nuevo universal triunfo de su talento”, ese “obsequio de la libertad y de los demás bienes a que aspiran las inteligencias elevadas hacer reinar en el mundo”. No se lo dedica al ministro del régimen guzmanista, sino al particular. Pero, sea cual fuere el gobierno reinante, en Venezuela, era forzoso admirar un tratado como el de Los héroes de la emancipación de la raza hispanoamericana, héroes como Bolívar, como Ricaurte, como Páez y tantos otros, sublimados en las páginas del ambateño, y que recibiera, como recibió, la gran condecoración, durante el Centenario del Libertador, que fue la condecoración del Busto de Bolívar.

            De la gente liberal de América, el médico y patriota puertorriqueño doctor Ramón Betances, colaborador de Martí, agradece el envío que hubo de compartir con sus compatriotas, y le dice Betances que esos dos libros no saldrán ya de su hogar porque con ellos “su espíritu se recreará con pensamientos nobles y en un lenguaje que no puede ser más bello”. El nombre de Betances es el nombre del edificio de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico, en cuyo Centro de Investigaciones hemos laborado gran parte de nuestros últimos estudios sobre Montalvo.

            También el notable escritor cubano, residente en Colombia, don Rafael María Merchán, está asociado al de nuestro personaje, pues mientras Rufino Blanco Fombona, en su Prólogo a los Siete Tratados de la edición Garnier de París escrito con unción y confraternidad americana, sólo le dedica a la voluminosa obra unas cinco páginas, Merchán hace un ensayo muy extenso y analítico, en que al decir de Martí, “expurga y asolea la prosa sublime de los Siete Tratados”, y analiza toda la obra, como lo hacen también dilatadamente Roberto Andrade, Meulemans, Plutarco Naranjo, Balarezo Moncayo y hasta un autor que sólo pone sus iniciales de J.B. en artículo publicado en L’Opinion Nationale de París, en que comenta el juicio de Montalvo en uno de los tratados sobre Renán: pero la “aclaración” pedida por Montalvo a ese periódico en que apareció, desafortunadamente no ha sido encontrada en la Biblioteca Nacional de París – para desánimo de los montalvistas.

            Ya en tiempos en que le rondaba su enfermedad última en París, en su larga y afectiva correspondencia con la Condesa de Pardo Bazán, Montalvo le dice a la gran novelista, que a más de El Espectador, que es obra de suyo reciente, le gustarán el episodio de “El cura de Santa Engracia” o el “Sermón del Padre Juna en la Basílica de San Juan Mártir”, lo que absolvería de toda crítica a esa “alma religiosa y pensamiento heterodoxo”, como la caracteriza la Condesa a su admirado prosista y panfletista. Luego la condesa elogiará la Mercurial por su sustancia y estilo.

            Debemos completar el itinerario o vía crucis de la gran obra clásica. El 16 de noviembre de 1882 Don Juan le escribe a su sobrino Adriano: “El libro de los Siete Tratados corre mala fortuna está hecho como hasta la mitad del segundo volumen, y yo temblando que se concluya porque no tengo cómo pagarlo ni cómo cumplir con el contrato. Eloy (Alfaro) me dice que no tenga cuidado, pero él mismo no sabe qué hacerse pues todos sus arbitrios los sacaba de las minas de Macay a quien le debe más de 200,000 pesos”. Pasa un año, y el 5 de enero de 1884 le dice al propio corresponsal: “¿Llegó a tus manos el ejemplar de los Siete Tratados que te mandé? ¿Qué te parece la impresión, el libro?” Y van cajas al Ecuador, para deleite y orgullo de sus amigos lectores de lo sólido y bello.

            En fin, no faltó entre sus recipiendarios la Sociedad de Artesanos amantes del Progreso, quienes desde Guayaquil, el 8 de mayo de 1887, como defensores obreros de la doctrina liberal de Montalvo, le piden su colaboración para su Álbum, al “ilustre prosador ecuatoriano, gloria de las letras americanas y autor incomparable de los Siete Tratados y El Espectador”. Es buena prueba de endoso a Montalvo, que los obreros manuales y el pueblo en general leyesen su gran libro. Pero ¿no será cierta la aseveración del escritor español don Manuel el Palacio, según la cual “Los Siete Tratados son demasiado profundos para que lleguen a ser populares?”

            Termino, gracias por vuestra benevolencia. Hemos tratado de rendir culto, en este merecido homenaje de ustedes a Juan Montalvo, quien pudo decir: “No tan insigne guerrero como los grandes capitanes que ganan batallas, pero yo también peleo y he peleado. He peleado por la santa causa de los pueblos como el soldado de Lammenais; he peleado por la libertad y la civilización; he peleado por los varones ilustres; he peleado por los difuntos indefensos; he peleado por las virtudes; he peleado por los inermes, las mujeres, los amigos; he peleado por todos y por todo”.

Roberto D. Agramonte (1904-1996), Ex Presidente Nacional del CCP, ensayista y sociólogo de reconocimiento internacional. Fue profesor de la Universidad de La Habana y de la de Puerto Rico. Sobre Montalvo publicó El panorama cultural de Montalvo, La filosofía de Montalvo, en tres volúmenes; Montalvo en su epistolario; además de un extraordinario número de ensayos y artículos en revistas literarias de Hispanoamérica y España.

Trabajo publicado originalmente en Círculo: Revista de Cultura, Vol. XIX, 1990, 39-46.