MEDIO MUNDO EN BUSCA DEL OTRO

ENRIQUE LABRADOR RUIZ         

 Una mirada al mundo de ayer en la letras de Hispanoamérica; medio mundo en busca del otro. Eso tratamos de hacer, aunque confinados por el tiempo, en pos de nuestras raíces, especie de muñón sangrante que pide amparo y que por una u otra circunstancia podría morir.

            Como se ve el idioma de toda América es el español. Excepto en la del Norte, no se habla otra cosa, si bien a veces ese español resulta matizado con gracia y en ocasiones con agudas intenciones. Riqueza de habla es buena razón para entendernos.

            En Florida se habló primero español que ninguna otra lengua. Quedan los dialectos nativos vagamente documentados con nombres vacilantes, al extremo de que no sabemos bien de qué se trata. Por otra parte el español ha influido lo suyo en la lengua escrita de este país, y ahí está el libro de Stanley T. Williams, para demostrarlo de manera paladina.

            Una mirada dije…y a través de este puente me tomé la libertad de poner como barrera la generación española del 27 en correspondencia con dos o tres generaciones de fechas imprecisas americanas. (Esta teoría proliferó de manera selvática desde que fue posible rechazar un número de años que le habían sido asignados: 33, que es lo que completa un ciclo para la gente de contigua preferencia, hasta poner enseguida otro ciclo detrás, aún cuando los símbolos no hayan sido jamás bien codificados. Algunos piensan que entre tales numerativos hay tal vez más contemporaneidad que generacionalidad. ¿Qué tiene que ver un poeta del grupo finisecular con los poetas de los arremolinados años de 1904 a 1905?). Olvidemos el embrollo: Los años en uno y en otro, es haber vivido un tanto uncidos por la idea del tiempo físico y no por la tensión de las ideas. Caso que se repite desde Madrid a Buenos Aires, de Barcelona a Montevideo, por dejar una marcha demostrativa de distancias. A Valle Inclán debemos esta frase: ¿La poesía española? Jorge Manrique y Rubén Darío. Era así Don Ramón, y él anduvo con poesía del bracete y vio subir la estrella del indio chorotega. Otro indio por esos baldíos, Santos Chocano, modificó algunos sentimientos. Otro más, Vallejo. Y Gabriela Mistral. ¿Cómo aunaba ella los tiempos de su tiempo poético? Con la mentalidad del indignado que se inclina a recoger yerbas tristes para aliviar pesadumbres del alma.

            Si el deseo de ver nuestros esfuerzos no tan despojados de abroqueladas instancias no fuera mucho me atrevería a fijar límites, por lo demás onero, y tan improbables que tienden a confusión. A veces resulta menos comprometedor unir a los cavilosos en un haz de posibilidades y si por fortuna podemos llegar al ápice de tal haz, miel sobre hojuelas.

            La lengua es nuestra soldadura, el parto genitor y la criatura lograda para el largo camino de la vida. No dejamos de ser quienes somos por años de perplejo desencuentro o por días de risibles distanciamientos; la lengua nos ata en lo profundo, tira de nosotros con su entramado de malicia, agudeza y vivacidad. ¿Dónde el vino sacramental? En viñas celestiales y para ir a tomarlo en paz y amor se necesita algo más que buen deseo. Dicen que el sobrio no olvida lo que come. Yo no olvido jamás lo que hablé con tal o cual escritor, poeta o simple charlista, y es lo cotidiano que así sea. No se trata de mentalidad gastronómica, sino del cultivo de una zona erótica que se llama la buena conversación; hay un erotismo del buen decir y del buen escuchar, 

por esa astucia del oficio que todos llevamos dentro y con ello nuestro interlocutor renace de la tragedia que es oír lo que también habíamos pensado por nuestra cuenta, porque el asentimiento no sitúa en pingüe preeminencia.

            Hay que rechazar los socorros de la tontería para ponernos al pairo y seguir adelante. Para tener un milenio y dos añitos más la lengua nuestra de cada día se ve en buen estado, con cierta tendencia a engordar ya que se nutre de infinitos sinónimos que son aditamentos sin posible cura, de infinitas matriculaciones estilísticas, y tiene en general un aspecto de juventud nada traumática. ¿Quién le dice a aquel frailuco que en su celda de San Millán de la Cogolla, en la Rioja, marcó 14 palabras algo oscuras de su latín de iglesia destinadas a ser las iniciáticas para la creación de un idioma? Eso que se llaman las “glosas emilianenses” y que luego sirviera para el lucimiento de los grandes escritores, cuya teoría todavía no es del caso desarrollar en plenitud, enseñaba su dominante testa.

            En los finales del siglo pasado, crisis. Y surge de entre los desgajamientos de su identidad imperial la generación del 98. Son nombres de tales y cuales escritores que llevan muy en alto el sentido de perpetuidad por el espíritu; ya no hace falta más batallas. La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó –al decir de López de Gomara- fue el descubrimiento de las Indias, y éstas se hallaban perdidas en su totalidad; sólo unidas por ese cordón umbilical que es la palabra común. Jerónimo de Aguilar, quien sabía la lengua de Yucatán y de Tabasco y el encuentro con la Melinche, pusieron a Cortés en vías de realizar su conquista. La hueste se nutría del valor prosódico. Fue igual en el Perú: Pizarro y sus intérpretes (Felipillo, un indio muy poco versado en lenguas pero eficaz en nodos; una mujer de nombre no conservado aunque hablaban bárbara y corruptamente, sirvieron de mucho). La corrección estaría en decir que más importante fue la conquista que el descubrimiento. Pudo haber sido azar lo uno; lo otro, no.

            Camilo José Cela, que no me gusta, tiene palabras de gran peso cuando estima el valor de las palabras, a saber: “El hombre juega a la baja sin saberlo y cuando quiere presumir y darse importancia, resta en vez de sumar y yerra en lugar de acertar; se conoce que este desbarajuste entra en el juego, puesto que nadie lo denuncia ni aun lo lamenta, y todos lo encontramos adecuado y lo tomamos como lo más lógico y natural del mundo. Sí; el hombre es un manantial de hábitos que se rige por la pausa de los mismos aburridos hábitos que inventa cuando no tiene mejor cosa que hacer y acontecer. Cuando el diablo no sabe en qué perder el tiempo – dice un refrán castellano casi tan viejo como el castellano mismo- , con el rabo se espanta las moscas, (y sigue Cela, quien no me gusta mucho):

            Es curioso detenerse un instante a ver con qué poca eficacia consigue el hombre matizar el uso de los grados y prelaciones y con qué poca gracia juega a hacer flexible el significado y aun el valor de las palabras. (Y sigo con Cela, que ya me gusta un poco por fin…)

            De Dios, que es la noción máxima que puede expresar el hombre, se dice que es juez pero a nadie se le ocurre llamarle magistrado, que es más, aunque quizá no al margen de la jerga administrativa y, desde luego, no en el caso de referirse a la divinidad.

            Con Cristo, esto es, con la segunda persona de la Santísima Trinidad, podemos ensayar tres supuestos aleccionadores: se le llama rey y no emperador, que es más, aunque quizá no es este caso extremo de venustidad y bondad; se le llama capitán y no teniente coronel, que es más, aunque quizá no a espaldas del escalafón, y se llama maestro y no catedrático, que es más, aunque quizá no fuera del púlpito. Los hombres hablamos con tanta pobreza y ruindad como poca eficacia y dando a las palabras un valor que no siempre tienen; supongo que es una tara generalizada (a lo mejor no es tara sino uso convenido aun sin pactarlo) porque todas las lenguas dan palos de ciego y en todas partes cuecen habas”.

            Y ahora voy a introducir por alguna parte a un gran prosista hispánico, el que nos enseñó a pensar lo nuevo en América, pero al cual no trataré aquí como filósofo ni como esteta sino simplemente como maestro indiscutido de una prosa seductora en todos los aspectos. Me refiero a D. José Ortega y Gasset. Paulino Garagorri advierte que buena parte de la grandeza de su trabajo queda en entredicho de la esquindad por los quilates de su prosa cenital. A Ortega no le faltan lectores en el día pero mañana los tendrá en más elevada cuenta. En el prólogo de Julián Marías a La rebelión de las masas, tal vez uno de los libros más importantes del siglo XX, se baraja eso de las dificultades por sobra de prevención entre lectores. Hay que saber leer a Ortega.

            La falacia de todo se absolutiza, es evidente, y el hombre pensante debe ser cuidadoso de tocar extremos. Un espíritu tradicional nos obliga a cautela de sacristía. Ortega muestra distancias entre lo bien afilado de lo retórico con lo sistemático: “él interioriza el perfil de su prosa y lo conduce a marmóreos plintos. Lo estimativo –y aquí uso el vocablo según él lo cree estibado de tradición clásica- es prudente, conciso y valorizante. ¿Cuántas veces no hemos oído que su claridad, eso que él ha llamado cortesía de los filósofos como la del rey sería la puntualidad, fue lo que echó pie a tierra para ponernos en relación con lo enigmático y lo irrestricto?

            Me tomo esta licencia: es posible que no haya habido un escritor de tiempo completo entre nosotros como él, que haya dado esos matices, esa jerarquía, ese peso ennoblecedor a su palabra, sea en uno o en otra dirección. Yo buceo, por ejemplo, en El tema de nuestro tiempo, que es de 1923, y en cualquier página perdida se encuentra una nitidez, una asombrosa tendencia a transparentar el umbráculo de la verdad que a veces a lo largo de toda una vida en ocasiones ni se vislumbra. Sólo a un gran prosista le es permitido estos avances en el misterio sin caer en formas apofónicas o contrahechas de una fisiología de espasmo o el desgarramiento.

            Me sirvo de todo este repertorio para decir con la mayor rapidez lo que lleva de lastre poético un pensador de su forma a fin de fijar el movimiento de su mente. Él nos conduce a nirvanas de donde extraemos sentencias, como aquélla de Nietzsche que dice que influye en nosotros más lo que no nos pasa que lo que nos pasa. De ahí surge la confesión del rito egipcíaco de los muertos al enumerar los pecados que no ha cometido. Él, si estuviera en el caso, pudo haber dicho que jamás alteró su lenguaje ni corrompió el estilo en razón de ninguna complacencia adventicia. Ortega flamea tal vez la pena de haberlo hecho por también el placer de haberse acercado a lo imposible.

            En el final del siglo, hacia 1900, publicó José Enrique Rodó una obra muy notable cuyo título era promisorio: Ariel. Quería el pensador del Río de la Plata la unificación de nuestros pensamientos sin mirar mucho ni a Europa ni Estados Unidos. ¿Cómo sería tal entidad? Echando a un lado tiquismiquis y hasta la presunción de que Sanín Cano o Manuel Ugarte anduvieron con algo de ello en el magín, se puso a la obra y dio fin a ese libro ejemplar que tan bien habla de lo que es un pensamiento cocido con amor en retortas de buena calidad. Fue el libro permanente, determinante y bien acomodado a juicios positivos.    

            Uno recuerda en este punto un decir de Unamuno: “Nuestra lengua nos dice allende el mar cosas que aquende no dijo nunca”

Una gran figura de las letras aplicada al periodismo es sin duda Larra. Mariano José de Larra, luego Fígaro, según apreciadores de las letras es el primer español moderno. Está al tanto de todo, cambia el estilo periodístico, pone en cuestión los asuntos intocables y escribe con prosa de buen sentido y gavilanes afilados en su pluma. El vasto aliento de su pecho nos pone en aprietos: ¿quién piensa que Larra se suicidó por los amores contrariados con Dolores Armijo y, según Colombine, de quién se decía que estaba poco enamorado? Larra se mata porque se encuentra harto de las cosas que le circundan, en su materialidad y en su espiritualidad. Mi teoría es que el suicidio, especialmente entre gente cultivada resulta un fenómeno de carestía: se les acaban las palabras, es decir los razonamientos para vivir o para enjuiciar lo que les rodea. Por molestia urticante, el silencio viene a convertirse en la losa de plomo, lo que siempre atrae la idea de la muerte. Yo no vengo a defender el libre criterio de cada cual, pero todo envejeciente sufre de tales escozores. A ver: se mató Ganivet, Silva Acuña, Felipe Trigo, Anthero de Quental, Henry de Motherland, Torres Bodet, Joaquín Edwards Bello. Federico de Onís, Lugones, Horacio Quiroga…Se mató la poetisa Alfonsina Storni, Eunice Odio, Alejandra Pizarnik; se mató Gloria Stolk, Silvia Plath, Antonieta Gómez Mercado…y más de tres poetisas rusas cuyo destino podría ser incierto en manos nunca saciadas de dar muerte. ¿Cuál es la pena? Tal vez esa no menor desgracia que es no poder razonar en público; el fondo del alma lleno de razones y sin poder emitirlas. Ya no hay interés para vivir cuando el estilo ha rodado al suelo…y sólo tenemos a mano el estilete. En el Museo Romántico del marqués de la Vega-Inclán, en Madrid, he visto dos pistolas de Larra; la capilla contiene un itinerario de sus viajes pero no hay ni una carta amorosa. Él fue buscador, no de olvido, sino de temas. Quedaba el tema recurrente, la actualidad, y eso lo ponía a morir. ¿Qué importa entonces que se piense en esto o en aquello? Silencio.

A mí me parece excelente ese final en Larra y en todos los demás. En Larra especialmente puesto que dio pie para el nacimiento de otro escritor: Zorrilla. José Zorrilla se lanzó a cantarle, siendo muy jovencito, a ese romántico que se mató un lunes de Carnaval, a los 28 años de edad. Fue la voz de la vida que empieza en torno de la vida que acaba. Un político que le oía quedó impresionado y se lo llevó a almorzar: aquí comienza su carrera. (He sabido que Larra tuvo en mente escribir una obra teatral cuyo protagonista sería Quevedo. ¡Qué acierto! No sé si será tan buena como su Doncel de don Enrique el doliente, pero es posible). En fin, vuelvo por mi tesis recordando a Camus el cual sentencia que no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.

Siempre llevo muy presente a Jorge Mañach como ensayista y cultivador de un periodismo enteramente dedicado a la cultura. No escribió nunca un artículo que no fuera una pieza de buen lenguaje y buen pensamiento. Mañach cuenta con un  Martí que la gazmoñería de los lectores nunca acertó a ver en su real dimensión. Anduvo por los entresijos del alma del Apóstol. Podría añadir algún escolio a este acierto pero me conformo en dejarlo palpitante en el aire de la conjetura. ¿Y Teoría de la frontera? Bueno será precisar que el concepto de frontera excluye idea geográfica. En la introducción que le puso al libro en 1969 Concha Meléndez se dan avisos muy oportunos sobre lo que entraña. Carezco de cierto poder de síntesis para explayar una sucinta crítica de la materia pero remito al posible lector a las páginas de este libro poco divulgado. A mí me satisface mucho un Mañach que escribe con acento propio y no como aquellos martianos que en cuanto se ponen a trazar el carácter de su personaje se apoderan de su estilo…y con ello desdibujan  su propia labor sin acertar a mejorar la otra. Hay que conservar la mesura, o el desbordamiento, lo que sea, pero es necesario mantenerse dentro de los confines que la naturaleza trazó para cada cual. Disciplina, psicología comparada, entramado de perspectivas ¿qué fraguan sino la delimitación de una frontera? Pero lo fronterizo no sería separación, hostilidad; también acercamiento o alivio naturales. He leído en Matías Montes Huidobro una reprimenda a cierto joven que tuvo la avilantez de dirigir palabras al maestro con este título: Mañach y la baja cultura; lo cual es un contrasentido o algo peor, de rocosa violencia.

Por lo que yo he visto de sus textos en otro tiempo, no encuentro nadie que se le acerque en Cuba. Otros que gozaron de retenida gloriola a fuerza de halagos y actitudes serviles no se le acercan ni con mucho. He mentado (muchas veces en mi vida el valor de mantener una tendencia hasta el final. Mañach supo estarse en sus trece; fue ante todo un rastreador de nuestras raíces y si no que lo diga ese libro que se llama Visitas españolas (y, por oposición, Indagación del choteo) que tanto enaltecen  el valor de un saber encarnizado. 

Es el caso de Francisco Ichaso, el cual incursionó no sólo en el ensayo sobre los utópicos de nuestra primera cultura, sino también en todo género de posturas que la política admitía como normal. Crítico de arte, ardoroso orador, un perfilista de la actualidad ¿qué le quedó jamás al margen sin que su criterio en regular término no estuviese presente? Su libro En defensa del hombre muestra su versatilidad trascendente; y otro en que recoge una buena porción de crítica literaria, hablan alto de su labor.

Miro a otros ensayistas, González Prada o Haya de la Torre en el Perú. Y un novelista que a veces resucita en mi memoria: Eduardo Zalamea Borda, el de Cuatro años a bordo de mí mismo, cuyo seudónimo parece sacado de una lectura de Joyce: Ulises. Pero no, pero sí…Me acuerdo de alguna conversación en Bogotá, un poco antes del bogotazo, en que le oí contar que no sólo muere la carne, sino también el espíritu, pues ¿qué hace el espíritu de un zapatero dando consejos a un médico o a un ingeniero de puentes y caminos? Las cosas para lo que sirven y si no, al tacho de la basura. El viejo sueño de la reencarnación además se venía abajo. Aquí no se vuelve –creo oírle- y para lo que hay que ver ¿qué? Luego aparecía Osorio Lizarazu, quien manifestaba el mayor dolor por la total reencarnación, al saber que su trabajo de mañana seguiría en la dirección de su trabajo de hoy: repasar las calles para retener un tufo que le fuera fiel, una espiga de habla, la sierpe de un chascarrillo que luego habría de ir a su novelística. “Estamos fregados; estamos perdidos”. Y casi gemía porque lo que él hubiera deseado en la vuelta no podía emitirse así como así.

Vamos hacia otro café por un tinto y me espeta: “No entiendo…Paso a mi futuro y postulo a un monje del pensamiento de esos que llevan cíngulo y casulla invisibles; para coronar este reducto, declaro que tampoco me conviene volver por las andadas”. Y el bogotazo ya estaba fraguándose como quien no quiere la cosa. ¡Pobre Gaytán!

A veces me sorprende todavía alguna literatura sonambularia, descuidada y con cuidado, que atosiga y pone a saltar entre ecos enérgicos y soplos vitandos, gruñidos sensibles. No sé si es o no es; lo que toca mi mano es propiamente un rebujón de niebla y me asusta porque su peso específico es nada. Nada pesa menos que la nada. Me sirvo de ello sin embargo, en busca del perfil de esa noche que se anuncia a mediodía con estrépito y silencio. ¿Va a salir de todo ello un arte concreto? La prosa es tan dúctil que ni siquiera encuentra forcep suficiente a sacarla  de esa capa que los novo creadores ni siquiera saben como llamarla, pero que aletea en los atardeceres de fin de siglo. Saludemos la deslealtad de los milenios que no tienen cortesía ni para López Velarde ni para Urbina, en México; ni para Amado Alonso ni para Juan Larrea, en el campo de sus ejercicios; ni para Corpus Bargas que se murió en Lima después de escribir muy fatigadamente los libros que le llenaron de renovada fama, tan excelente como la que tuvo en París cuando era corresponsal de la Revista de Occidente. Francisco A. de Icaza, amador de Lope, ¿tendrá su corona en alguna parte del cielo? Pues no sé.

Ahí tenemos el caso de Manuel Mejía Vallejo con Aire de tango, historia de la vida nocturna de un barrio de Medellín, llamado Guayaquil. Jaime es su personaje aparente; el barrio siempre. Y en el fondo de todo Carlos Gardel; su evocación oblicua, su presencia ausente. Ahí tenemos en Argentina el caso de Leónidas Barletta, de José Bianco, gente de mucha sensibilidad pero sin la menor propensión al éxito. El caso de Enrique Lafourcade o de Antonio de Undurraga, en Chile, esperando que el boom desaparezca para ocupar el puesto que merecen. (No nos inquietemos  pues la capacidad de espera no tiene fin; también los desesperados  luchan en silencio a brazo partido por la conquista más esquiva. Nos hallamos en el rejuego de la mutilación; el creador tiene algo en sí que servirá para que otro creador ponga límites a sus objetivos).

Lo del boom parece incrementarse por la mano de una señora que despacha detrás de una mesa dosificaciones de tragedia o pastillas de truculencia erótica. No ha ido mal el negocio, si se tiene en cuenta sus buenos resultados. Lo que sí me parece una ingenuidad decretada es repetir por boca de Armas Marcelo, autor de El camaleón sobre la alfombra, que la novela española ha revivido porque los autores de ella “tuvieron la humildad, después de muchos años, de leer a los autores de América. La alusión a Juan Goytisolo o Caballero Bonald, no sé; pero a otros ¿qué les pudo aportar a no ser a los participantes del pequeño boom canario? El Sr. Armas Marcelo viaja muy entusiasmado por Centro y Suramérica en busca de grandes forjadores a quienes dedicar elogios. Se incorpora sobre la alfombra…y puede que llegue hasta Estado de coma, que ya se anuncia con vivo reflejo.

Críticos todavía inteligentes hablan del cometido lógico de la novela. Armas Marcelo no parece leerlos. Yo le recomendaría que mirase un poco atrás y sin ninguna displicencia se aplicase a la lectura de El carnero del santafereño Rodríguez Freyle. No es un historiador, sino el padre de un género medio dormido, la historiela. El creador del cuento hispanoamericano escribió para hoy. Ni Pedro Simón ni Juan de Castellanos le sacan distancia puesto que los mentados trataban sus materiales al antiguo modo mientras él va a la cabeza de todos, sacando hilachas, metiendo habladurías, suspirando y llorando dignamente. Hizo mosaico entre subir a la cuerda floja y dar cuerda al reloj del pasado. Carnero, además de sus designaciones más conocidas, dice también lugar donde se echan los cuerpos de los difuntos: quiere decir el cementerio. Sitio para hablar de la vida y milagros de fulanita y de fulanito. Nació el maestro hacia 1566; fue aventurero; creyó en caimanes de oro, en mujeres voladoras; se desencantó de ello y puso su lengua a hablar.

Un comentarista anota que aprendió el arte de condensar el escándalo en La Celestina. Me parece acertado; en él surgen vivaces las inferencias no con destino a una moralización de sacristía sino para dar normas en los ámbitos de la sociedad. Jiménez de Quesada podría saludarle desde su Antijovio.

José Joaquín Fernández de Lizardi lleva más de siglo y medio de muerto. Se le conoce también por El pensador mexicano, título del periódico que él mismo fundara en 1812. Su obra principal Periquillo Sarniento está en pie todavía: goza de buena salud. Rinconete y Cortadillo puede que vayan delante abriendo camino, pero el fresco decir de estos nuevos pícaros agita crótalos desconocidos. Siglo y medio hará pronto del nacimiento de Eugenio María de Hostos, hombre de larga estancia  en las letras pero sobre todo para este observador de un ángulo de ellas, autor de la primera novela en la historia literaria de Puerto Rico: La peregrinación de Boyoán. Es polígrafo eminente.

Entre la primera y la segunda parte de Cecilia Valdés, cursaron 40 años. Uno no comprende bien…1839-1879. Cirilo Villaverde, el que inicia de veras nuestra era novelística, tuvo a su cargo bastante responsabilidad revolucionaria. Escribía a ratos perdidos, entre una orden y una confidencia, pero elevó a materia vividera el producto de su pluma. Otro caso: Bobadilla pasó años desarraigado pero no olvidó escribir A fuego lento y En la noche dormida, amén de crónicas y versos. Hombre versátil  y poco contentadizo, a favor de esas pasiones se hizo su reputación. No así Alfonso Hernández Catá, formado en España, pero con gran amor por Cuba y lo cubano. Su novelística es varia, frívola, pero hay un relato, La quinina, donde traduce el gran maestro que fue del género. Quedan por mencionar en este breve resumen Carlos Loveira, Miguel de Carrión, Luis Felipe Rodríguez y antes, Emilio Bacardí, con su Vía crucis que refleja la guerra del 68 y sus avatares. Para Jesús Castellanos una guirnalda; fue prosista refinado, hombre de buen gusto y manejó materiales de singular sutileza en medio de lo bronco de su vida. Periodista, funcionario judicial, algo político cómo hacer para no perder.

Don Raimundo Cabrera muerto en 1923, fue eminente escritor y en su copiosa alacena hay de todo. Prefiero citar, por su carácter, Sombras eternas y Sombras que pasan, pero sin desmerecer un punto las tan consagradas por la asistencia de lectores como Mis buenos tiempos, Mis malos tiempos, Cuba y sus jueces y Cuentos míos. Su hija, la eminente escritora Lydia Cabrera ha publicado con gran éxito Cuentos negros de Cuba y Por qué…, los cuales enaltecen un género para siempre. Y Alberto Lama y Carlos Montenegro, novelas vivaces de honda sensibilidad, así como Lino Novás Calvo, de maestría esencial. Claro que no me olvido de Virgilio Piñera, Lezama Lima, Cabrera Infante y Reinaldo Arenas.

Ni porque se haya escapado a mi sistema tengo en menos a Ramón Meza, muerto en 1911, con lauros como Mi tío el empleado y Carmela y dos o tres relatos inolvidables de Jesús Castellanos y de Ofelia Rodríguez Acosta, muerta en condiciones ominosas. José A. Ramos, Miguel de Marcos y Enrique Serpa, modelan con métodos diversos, todos confluentes tal vez en el tono que luego usó Millares Vázquez en Chela. Otra tríada podría ser René Landa, Sánchez Boudy, Álvaro de Villa; otra Carlos A. Montaner, Celedonioo González y Raúl García. Pero lo que afecta la forma de un ramillete el grupo de Hilda Perera, Dulce María Loynaz, Asela Gutiérrez Kann, Juana Rosa Pita, Amelia del Castillo, Adela Jaume, Gladis Zaldívar y Conchita Alzola. El carácter femíneo no rebaja valores.

En ningún momento evoqué Amistad funesta, de esquema romántico y abundante materia descriptiva en su escenario convencionalmente centroamericano –según juicio de Raimundo Lazo- a quien parecía ocasional incursión en el género. ¿Qué atrajo a Martí hacia él entonces? ¿Los desbordamientos de su imaginación? Y si no se sintió atraído de plano ¿por qué se lanzó a la escarpa que es siempre penetrar una novela? Martí dejó en ese libro, como se ve, el rastro del dinosaurio. No queda él en un simple ejercicio literario sino que va en busca de nuevos rumbos en sendas difíciles. Martí ha sido el prosista más alto que ha dado América. Los anteriores a él a buena distancia le quedan. ¿Podrán igualarle los de mañana? ¿Quién maneja los ritos de su tabernáculo con tanta finura y fervor? Pone en tiento mano resuelta y resuelve dando vida a pájaros y flores, a naturaleza y desmesura, a todo un follaje que entenegrese e ilumina porciones de disciplinada energía, no física, más bien estelar, trasmortal, hasta verse a la frase de pendolista el embozo de lo que va a ser radiamente amoroso. Maestro sabio de un juego de epítetos donde enreda con furia su propio corazón comprometido con destinos impensados. Siempre inclinado a echar por la borda la “poca flor de su vida”. Martí acezaba de no morir bien pronto. Sangre de su sello secreto; sangre inocente que bate. Gabriela Mistral adoraba aquel decir; Luisa Sofovich, igual; Frida de Mantovani, ¡qué pasión en sus textos! ¿Ha de entenderse que estos elogios venían siempre de boca femenina? Sí, pero de mujeres muy cultivadas, no repetidoras de consuno.

A Martí, quien pudo leerle en debida actitud disfrutó de un fino encanto. No sé cuántos, no sé dónde, todos son elogios a su naturaleza suavemente volcánica. Una prosa se hace de esos revoltijos, de armiños y cueros trenzados, sigilosos bramidos y esa mixtura que se sirve en tazas de nieve para el regodeo de la tarde. Amistad funesta, cuyos valores quedan por debajo de medidas convencionales, lleva su fuego secreto. Pero si que nadie puede advertirlo sin un esfuerzo cordial.

En ningún momento yo que estoy fuera del mito de las generaciones, creo haber perdido la clave de un cierto tiempo que se mide vario modo. Es el tiempo de Borges, del que he hablado tanto que me parece que acabo de hablar de él. La persona que ha escrito Funes el memorioso y Las ruinas circulares, se sentirá a sus anchas cerca de los más grandes cuentistas del mundo. (No ha lanzado ninguna novela, es cierto, y aquí desvanezco algún error que pulula por ahí: el autor de El Caudillo es su padre, y la hipótesis de que el hijo le prestase algunas imágenes inconvenientes fue sugerida por el propio George). En cambio su cuentística es tan singularmente avasallante que está por encima de su agudeza habitual. Y conste que se podría hacer un libro sobre el nudo de contradicciones que ha emitido. Igual sucede con Darío, cuya fama de poeta y cronista gana muchas distancias. Escribió una novela que arma todavía revuelo: El oro de Mallorca, publicada en buena parte en La Nación de Buenos Aires, hacia el año de 1914; en parte perdido el resto. Está fechado ese material en Valldemosa, y tiene antecedentes en otra novela publicada en Valparaíso, en colaboración con un amigo y bajo pseudónimo. Los cuentos breves, relampagueantes, dispersos en páginas aladas, hacen el resto.

Dejo constancia de que he leído a su tiempo a Ciro Alegría, a José María Arguedas y a López Arbujar; representan bien un Perú muy amado por mí. A José Eustasio Rivera, a germán Arciniegas y a Gustavo Álvarez Gardeazábal, otro tanto y mucho amor por su tierra. A Miguel Otero Silva y Julio Garmendia, a Juan Liscano y Guillermo Meneses, representativos de una Venezuela más allá del petróleo y los negocios. A Yolanda Oream y Max Jiménez. Para descubrir a Costa Rica. Rafael Heliodoro Valle y Marco Carías Reyes, fuertes pilares hondureños. Don Alfonso Reyes, el mexicano universal, junto con Octavio Paz y Juan Rulfo y Salvador Elizondo: sabiduría en voz baja, a dos manos. Mucho recuerdo a Tristán Maroff, a quien conocí en La Habana hacia 1927, en viaje desde México, el eterno expulsado de su natal Bolivia, hasta el año 76 en que ha muerto. Gustavo Navarro es su verdadero nombre y escribió una sátira contra los diplomáticos de oficio: Suetonio Pimienta. Persona tan inteligente como Fernando Diez de Medina de duelo dijo: “Modernos científicos han demostrado que el lobo no es animal feroz, cruel y egoísta como pensaban los antiguos, sino un ser noble que vela por los suyos y que sólo ataca para subsistir; valga la aclaración para justificar que si comparo a Maroff con el lobo…” Felisberto Hernández y Paulina Medeiros me iluminan un Uruguay a veces lleno de redochos profesores que escriben crítica o cosa así. Ezequiel Muthar, Panamá; Hugo Cerezo, San Salvador; Enrique Laguerre, Puerto Rico; Miguel Ángel Asturias, Guatemala; Mariano Latorre y Jorge Edwards, Chile; Jorge Icaza y Alfredo Pareja, Ecuador; Hernán Robleto, Nicaragua; Manuel de Jesús Galván, Santo Domingo. Y para otros que andan mucho en renombre, espero la ardua sentencia del tiempo.

Y si no…a mirar.

De momento orea el ánimo algunas resurrecciones, a saber: Vicente Huidobro, Herrera Reissig. Tuvo que morir Neruda para hacer posible que Altazor cobrase ascenso mágico. La guerra declarada en Chile y llevada a París y Madrid contra ese fino poeta fue guerra de partido. El segundo que se evoca en vuelo augural  lanzó para siempre este Decreto, después de publicar Los éxtasis de la montaña: “Abomino de la promiscuidad del catálogo. Solo y conmigo mismo. Proclamo la inmunidad de mi persona. Ego sum imperator. Me incomoda que ciertos peluqueros de la crítica me hagan la barba. Dejad en paz a los Dioses. Yo: Julio”. Demasiado orgullo; demasiada ironía. En enero de 1975 se cumplió un siglo de su nacimiento en Montevideo. El gran poeta fue descubierto por la generación española del 27. Alberti lo retrató de mano maestra; Cansinos, en estudio profundo; Guillermo de Torre, como el granadero de lo nuevo. La sombra de Lugones ya no molestaba. Otros que estaban en el ruedo también han desaparecido; cornadas mortales del tiempo sucesivo. Es posible que algún martirizado por la injusticia y el sentido de la política al uso venga un día de éstos a ocupar su verdadero puesto. Más allá; más allá.

Dejemos de lado invectivas contra el tan traído y llevado “cambio de mano”. Ello es siempre un trasvase de energías latentes; la lengua avasalla a unos y otros entre el acomodo de los relámpagos momentáneos; es la triunfadora final y total.

Bendigamos el transido esfuerzo de todos por una exacta disposición de mejorar el instrumento de trabajo que nos legó el Destino.

Enrique Labrador Ruiz es una de las grandes figuras de la novelística y la cuentística cubana del siglo XX y adquirió una amplia dimensión continental. Inició una verdadera y fecunda renovación con sus novelas gaseiformes, El laberinto de sí mismo, de 1933, Cresival de 1936 y Anteo de 1940. Logró dar al desarrollo narrativo una buscada ambigüedad y presentar a sus personajes desde una pluralidad de perspectivas que los dotó de una marcada polivalencia significacional. Labrador Ruiz y el novelista uruguayo Juan Carlos Onetti son considerados por una amplia crítica, como dos de los más valiosos renovadores de la narrativa  hispanoamericana en la vigésima centuria, en virtud de las innovaciones estructurales y estilísticas y el subjetivismo que caracteriza la narrativa de ambos escritores. Labrador Ruiz recibió en Cuba innumerables premios  como los nacionales en Letras y Periodismo y el ingreso a  la Academia Cubana de la Lengua Española. En el exilio, ingresó a la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Fue Presidente Nacional del CCP (1982-1983).