LA PROFUNDA SENCILLEZ DE LOS VERSOS SENCILLOS DE JOSÉ MARTÍ

Alberto Baeza Flores

(Ponencia de apertura del XI Congreso Cultural de Verano del CCP celebrado en la Universidad de Miami, Koubek Memorial Center.)

Lo primero: Agradecer emocionado la invitación a estar con ustedes en el XI Congreso Cultural de Verano del Círculo de Cultura Panamericano. Lo segundo: que este honor haya recaído en un poeta caminante, que es lo que, finalmente soy, se le haya honrado para que presente y lea la ponencia de apertura de este Congreso, en circunstancias que en la Comisión Organizadora se encuentran profesores especialistas en el tema que nos ha convocado y que expondrían mejor que yo el universo creador de José Martí.

Soy en Miami lo que siempre he sido: un poeta caminante. Y lo seguiré siendo un día cuando, en el decir del Zen, vuelva al Cosmos.

Hablar de los Versos Sencillos de José Martí es más que un arriesgado desafío. Mi admirada paisana y maestra Gabriela Mistral dijo de José Martí cuanto idealmente se pudiera decir. A veces repetir es un primer y modesto y obligado ensayo de sabiduría. De modo que me encuentro ante ustedes como el adolescente que yo era en Santiago de Chile, leyendo, conmovido, el primer verso de José Martí que entró en mi vida de poeta en agraz: “Cultivo una rosa blanca…”

No sé qué tiene ese verso que al niño o al hombre maduro le dan el santo y seña de José Martí y le seguirán hablando cuando empiece el Tercer Milenio.

Es como el primer día de la creación de un universo poético, porque la poesía está hecha de todo y que parece que está hecha de nada. Es un perfume, es una voz, es un susurro.

Mi leído y admirado Germán Arciniegas cifraba el recuerdo de un poema antológico de nuestra poesía hispanoamericana en dos palabras: “Una noche…”

La poesía es lo que sugiere y es, más allá de todo, lo que dice sin decir o lo que calla sin callar.

Me ha ocurrido siempre con el último Rubén Darío: “Francisca Sánchez, acompáñame…” o “mi alma está triste hasta la muerte…” Y me ocurre, con los poemas de José Martí, con los Versos Sencillos y con los que sin ser los versos Sencillos van hacia la intimidad coloquial, como, por ejemplo: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche…”

Si mi primer verso de Martí fue aquél de la rosa blanca, el primero que escuché, al llegar a Cuba, fue el de Martí poeta-pintor impresionista. Y fue así: Nuestro Cónsul General de Chile en La Habana, don Camilo Ricio, pensando que me iba a agradar el diálogo, en Santa María del Rosario, con don Antonio Iraizoz, me llevó a su casa. Encontramos a Iraizoz con un libro de los Versos Sencillos y nos expuso su devoción por el José Martí que admiraba la vanguardia pictórica de entonces –y de que dejó constancia Martí en sus “Cuadernos de trabajos”– y era aquel poema en el que habla del canario amarillo que tiene el ojo tan negro. ¿Dónde está la magia de lo tan simple que es casi juego de niño que colorea su cuaderno de dibujos? Acaso en eso. Los Versos sencillos son un cuaderno para colorear, que digo que le regaló el Buen Dios al poeta. Pero, ¡cuidado! En ese cuaderno para colorear está toda la vida y algo más: Está la vida cuando adquiere perfil de eternidad.

“Con los pobres de la tierra…”

José Martí es la tierra y esa tierra es la universalidad de su América –de nuestra América.

                        Con los pobres de la tierra

                        Quiero yo mi suerte echar:

                        El arroyo de la sierra

                        Me complace más que el mar.

Dice “la tierra” y va más allá de las fronteras. Va hacia lo mínimo que es lo máximo. Le es suficiente el arroyo de la sierra y en él encuentra un ritmo tan íntimo que, por eso, recibe en él la totalidad. La experiencia es de categoría milenaria y, por eso, es una experiencia nueva. Toisen Deshimaru pensaba que en nuestros días solamente se educa el intelecto, y no al individuo en cuanto tal. No solamente tesis, antítesis y síntesis; también hay que armonizar la totalidad y abarcar las contradicciones.”

Es en La Habana que el muchacho que es, entonces José Martí, y que escucha a su amigo Tomás cantar y silbar cosas de la tierra cubana, que toma sobre sí una imagen popular de su tierra.

Zaragoza le da al poeta la intimidad de la provincia y de la historia, una historia que tiene dimensión de provincia con olor a río y a eternidad caminante:

                        Amo los patios sombríos

                        con escaleras bordadas;

amo las naves calladas

y los conventos vacíos

Para sintetizar el mensaje lírico, Martí ha empezado por simplificar el universo de su alma, sin cercenar la vastedad de su mensaje. En la provincia zaragozana encuentra a España en el amor y el paisaje, en los símbolos históricos y en lo popular.

“Y para el cruel que me arranca…”

                        Y para el cruel que me arranca

                        el corazón con que vivo,

                        cardo ni oruga cultivo

                        cultivo una rosa blanca.

Son palabras del vivir cotidiano –acaso, salvo, oruga– enlazadas de la manera más simple. Acaso casi una enumeración. Al despedirse Martí, en el puerto de Santander, del amigo español que ha hecho en la travesía –el oficial Leandro J. de Viñegra– le dice Martí en esa conversación final de la hora de la despedida: “En La Habana estreche Ud. la mano a los que le dijeren bien de mí, y a los que le dijeren mal.” Es su filosofía, pero también es su poesía. Los Versos Sencillos son el paño de Verónica donde queda el rostro de su vida cotidiana. Esa es, también la poesía. Sus palabras son casi las mismas con las que se compra un pan, con las que uno se encuentra con un compromiso o se despide hasta quién sabe cuándo; con las que uno se despierta de un sueño o se queda pensando en lo que es la soledad.

Una palabra después de la otra, como aconsejaba Azorín, y no forzar el monólogo con la cotidianidad que suele ser la eternidad.

No es fácil simplificar. La tendencia más socorrida es recargar. A veces pienso que los Versos Sencillos son como la gracia de los pintores japoneses que, sin mayor esfuerzo, en unos trazos justos, nos lo dan todo, la impresión de darnos lo más en lo menos. Una pastilla de tinta china y un poco de agua viene a ser el secreto. La gracia está en la dosificación justa, que es el camino de en medio. Martí insinúa más que dice. Su gracia está en elegir los símbolos y esta es una tarea de madurez interior. En “el corazón con que vivo” está la suprema síntesis de una realidad que no requiere de adornos. Todo es sobrio y esa impresión que no sobre nada, ni falte nada, le da a a ese saber nombrar, una eficacia que es el símbolo austero y rico de su simplicidad, que es elocuente desde su parquedad.

Los Versos Sencillos es el trabajo en el taller de los maestros acuarelistas Zen. Más que un estado de trabajada y lenta técnica es un estado de instantánea y súbita impresión del alma, con una sabiduría espontánea que viene de muy lejos y que en el propio artista no tiene conciencia desde donde viene y sólo se concentra a ser un intermediario entre el tema y el instante. Es dentro de sí que se efectúa una lenta operación de símbolos y la eliminación de lo innecesario.

En La Edad de Oro está esa niña “Pilar” que la hubiéramos querido tener, con su historia, acaso un poco más corta, en los Versos Sencillos, pues parece de clima hermano, aunque Martí se emociona, se deleita, y la prolonga:

                        Se fue la niña a jugar,

                        La espuma blanca bajó,

                        Y pasó el tiempo, y pasó

                        Un águila por el mar.

                        Y cuando el sol se ponía

                        Detrás de un monte dorado,

                        Un sombrerito callado

                        Por las arenas venía.

            No está en los Versos Sencillos sino en La Edad de Oro, pero la onda instantánea de lo simbólico sugerido a la manera de Manet o un Rendir, nos está diciendo que en Martí la temática de los Versos Sencillos se expresa también en otras zonas de su poesía, como ocurre en algunos versos de Ismaelillo. O como sucede en esa anotación lírica: “Así pasa la dicha por la vida:/Como un copo de nieve / que al llegar a la tierra se deshace.”

Son anotaciones instantáneas, relámpagos del alma, frases o insinuaciones eternales. Pero es el simple viaje de un copo de nieve.

Suprema confesión interior.

Pero, ¿qué significan, en la órbita humana de José Martí esos “Los Versos Sencillos”? Son, de manera simple y honda, la confesión interior de una que va a ser entregada en unos años más en “Dos Ríos”, para cuya entrega el poeta ya está intuitivamente preparado.

Es una vida que se ha ido quinta esenciando de sufrimiento en sufrimiento.

Este libro de Nueva York es en Martí el balance de su vida desde la poesía. Es su último retiro espiritual de una especie de soledad final. Es su rostro último sobre el paño de Verónica. Y su médico le indica en la palabra Catskill el sitio necesario para el retiro.

Sólo la soledad de la naturaleza, su cuaderno para los apuntes de intimidad y unos libros lo acompañan.

Las religiones necesitan estos necesarios retiros. Martí no se va al desierto, ni a lugares santos sino a Catskill. Se despide también de tantas cosas íntimas y queda flotando la interminable lucha por el ideal de patria y libertad. “Yo quiero salir del mundo / Por la puerta natural”. Esa puerta naural es la naturaleza que lo rodea y acompaña. La oscuridad vendría a ser la traición. Como Goethe quiere, siempre, más luz.

He aquí a los Versos Sencillos. Mientras el poeta escribe, lo acompañan los hechos. También las arañas o las hormigas. La araña puede tejer la tela del universo ideal. La hormiga va más allá de toda fábula. La naturaleza le ayuda a encontrar la naturalidad de la inspiración. Creo que es importante el escenario ambiental. Toda similicidad es el coloquio con la naturaleza, que es su puerta natural. Desde el primor de lo sencillo irá a una cernida eternidad. Nada oculta. Hay una lágrima que rueda en el silencio del amor perdido en Guatemala. Las horas de la luz y de la sombra están en esa intimidad de ese destino que lo ha inspirado:

                        Un rosal cría una rosa

                        Y una maceta un clavel,

                        Y un padre cría a una hija

                        Sin saber para quién es.

La vida es de lo inesperado en las circunstancias del ignorado después. Y la vida tiene lo que el universo que va tanteando en la eternidad.

La lección de estos versos hechos de todo y de nada, al igual que los del último Darío –del que fue maestro Martí– han labrado la difícil sencillez en la obra lírica martiana.

Es una sencillez y una integración con la poesía de artes varios y paralelos. En los Versos Sencillos estarán los pintores y poetas impresionistas y simbolistas. Pero también estáb Debussy y está Ravel y están los poetas japoneses de la “Era Meije” que comenzara en 1868. En sus cuadernos de trabajo está su interés por Mallarmé, por Verlaine (“Llueve en mi corazón como llueve en la ciudad”, dirá Verlain en “La Buena Canción”.)

Los Versos Sencillos son la lluvia invisible sobre la ciudad del corazón. ¿Cómo serán leídos los Versos Sencillos por el lector –por la lectora– en el año 2053, con motivo de un nuevo centenario del nacimiento de José Martí?

Imagino un siglo XXI capaz de un rearme moral para dejar atrás descalabros éticos del siglo XX: los peligros atómicos y ecológicos, el Archipiélago Gulag Soviético –y el Gulag cubano–, los fanatismos que nos han empequeñecido y esos descalabros morales, como han sido los campos de concentración cuando la Alemania nazifascista, el holocausto judío y la locura stalinista.

Imagino un mundo capaz no solamente de suprimir la destrucción ciega de los recursos ecológicos del planeta Tierra, sino [de] organizar una planificación mundial en la que pensaba Aba Evans en una reunión en Nueva York entre el Este y el Oeste. Imagino la supresión de las armas destructivas no solamente las atómicas, las químicas, sino además las simas de la guerra psicológica, de la desinformación, de la guerra invisible o secreta. Creo en la humanización de nuestras tecnologías y en la afirmación de la democracia y la libertad.

Unos Versos Sencillos leídos en un mundo sin temor y desde la dignidad plena de los seres humanos, ¡qué hermoso tributo a la mejor y la más práctica poesía viva y acompañadora, porque, repito al maestro Deshimaru: “No se trata de una revolución política sino de una revolución en el interior de los espíritus. Si el espíritu cambia, la civilización cambia.” Y la poesía, como otras vías paralelas, nos ayuda a cambiar hacia lo mejor y superior.

Alberto Baeza Flores (1914-1998) el internacionalmente conocido poeta y crítico literario chileno, cultivó todos los géneros y su obra publicada asciende a más de un centenar de títulos en más de una docena de países. Fundó revistas literarias en Chile, Santo Domingo, Cuba y Francia; y publicó obras de crítica literaria, antologías, etc.; entre ellas diez antologías de la poesía hispanoamericana. Sus escritos han aparecido en diarios y revistas de Hispanoamérica y España; muchos de ellos traducidos a lenguas tales como el alemán, el francés, el italiano, y el inglés. Algunos de sus poemas han sido musicalizados. Entre sus numerosas distinciones baste mencionar un Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña de la República Dominicana, y haber sido designado Miembro Correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua. Sus estudios sobre José Martí son numerosos. Fue ganador en 1953 del Premio Único del Centenario de Martí al mejor libro biográfico. Veinte años más tarde publicó una nueva biografía de José Martí titulada El hombre de la rosa blanca que recibió una gran recepción exegética continental.

Este trabajo fue originalmente publicado en Círculo: Revista de Cultura, Vol. XXI, Año 1992, Páginas 7-12.