CUBA: FILOSOFÍA E INDEPENDENCIA

Humberto Piñera

I

            En un libro publicado hace algunos años me refería yo al carácter instrumental que ha tenido siempre la filosofía americana; por consiguiente, también la cubana [1] . Expresaba entonces lo que todavía suscribo, porque la filosofía ha sido la propulsora de esas ideas de las cuales, a su vez, ha dependido nuestro destino histórico. Resulta, pues, conveniente examinar las ideas que, en el caso de Cuba, determinaron en gran medida el proceso de nuestra historia conocido con el nombre de independencia.

            Pero hablamos de la filosofía americana y sería no sólo injusto sino también inexacto o poco preciso pasar por alto el hecho de que ese proceso de maduración de la conciencia histórica se presenta casi al mismo tiempo en todos los países de América. Pues si Cuba no obtiene su independencia al mismo tiempo que la mayoría de los otros pueblos americano, esto no significa que la “revolución de las ideas” no haya empezado más o menos en la época en que comenzó a manifestarse en otras partes. Revolución que precede siempre a la acción armada y se presenta en todo el territorio de Hispanoamérica como un movimiento ascensional que en su progresiva complicación va expresando clara e inequívocamente las diferencias entre peninsulares y criollos. Absolutismo y liberalismo, tradición y progreso, en fin de cuentas, dependencia e independencia se ofrecen durante la Colonia como el inevitable contrapunto que da lugar al surgimiento y desarrollo de las ideas que marcan el camino hacia la libertad política. Esta es, pues, la filosofía americana; porque ella es la que ostenta orgullosamente la obra de nuestros pensadores. Filosofía, porque en apreciable medida es el préstamo que se hace de la filosofía europea, e instrumental, porque (a diferencia de la europea, aunque ésta no deja de serlo en cierto modo), nosotros la aplicamos por completo a la gran tarea de fomentar la independencia mental, sin la cual, no hay que decirlo, tampoco hubiese llegado nunca la otra, es decir, la independencia política. Razón tiene, pues, nuestro Apóstol José Martí, al decir que “las guerras van sobre caminos de papeles” [2] .

            El proceso de nuestra ideología revolucionaria remonta, como sucede con el resto de los países de Hispanoamérica, al siglo XVIII. Basta con tener un adecuado conocimiento de lo que este siglo representa en el movimiento de las ideas del orbe occidental, para convenir en que nuestras élites hispanoamericanas tenían que acudir a él en busca de inspiración. Y es aquí donde la importancia, la significación y el mérito de estas élites criollas requieren que se les señale con todo cuanto ellas merecen en tal sentido. Porque basta con partir de la situación social en que se encontraban nuestros pueblos, apartados casi de todo cuanto representaba entonces en la Europa culta el más alto índice de civilización y cultura, para comprender perfectamente que esos hombres escogidos se vieron obligados a realizar un esfuerzo casi imposible cuando, en un medio cerrado casi por completo a toda posible mejora (fuese la que fuese), lograron introducir, adaptar y difundir las ideas que dirigían la vida europea de aquella época.

            Cuba tuvo también una élite a la cual se debió la introducción de la corriente civilizadora procedente de Europa. Y esto comienza a ocurrir a fines del siglo XVIII, en un feliz instante de nuestra historia colonial, el único de ellos [3] , cuando gobierna a Cuba un hombre excepcional (don Luis de Las Casas) al que ayudan en su noble trabajo otros hombres no menos excepcionales, Tomás Romay, Francisco Arango y Parreño, José Agustín Caballero, José Pablo Valiente y algunos más.

II

            Esta obra ejemplar cuenta con la insigne figura del presbítero José Agustín Caballero, uno de los siete hijos de un matrimonio español avecindado en La Habana. Descendiente de familia de cepa española, el cubanísimo José Agustín dedica toda su vida y también todos sus esfuerzos a llevar a Cuba, por la vía de las ideas, esa corriente que al pasar de una a otra generación, mediante la madurez mental que se hace cada vez mayor, va a parar nada menos que al campo de batalla de nuestras guerras de independencia.

            Caballero comienza estudiando en el Colegio-Seminario de San Carlos y San Ambrosio, y ya esto dice mucho acerca de su actitud ante la realidad del país durante el resto de su vida. Aunque por ciertas exigencias académico-legales se ve obligado a graduarse de Bachiller en Artes (1771) y después en Sagrada Teología (1787), hasta rematar en el doctorado en esta última disciplina, en la Universidad de La Habana, su formación inicial en el Seminario, el ambiente renovador que encontró en éste y, se diría, hasta la atmósfera “revolucionaria” del mismo, deciden el destino de Caballero.

            Como profesor del Colegio-Seminario, se propone familiarizar a los cubanos con las ideas de la modernidad europea. De este modo, en un artículo publicado en el Papel Periódico el año de 1794 (adviértase la fecha), se expresa con entusiasmo sobre las ideas renovadoras de Descartes, del método propuesto por éste, piedra angular, como se sabe, de todo el pensamiento de la Edad Moderna. Pues Caballero quiere dejar a un lado el anacrónico método (?) de enseñanza vigente en Cuba, el “escolasticismo”, que consistía en la simple discusión de los textos aristotélicos, lo mismo de ciencia que de filosofía; textos que el estudiante memorizaba para ir luego ergotizando, es decir, repitiendo el texto y la crítica, sin un adarme de observación personal. La severa crítica de Caballero, a este respecto, es la siguiente:

            Es vano atentado poner prisiones a un entendimiento […] No querer desasirse de cierto modo de pensar enteramente opuesto a las leyes de un buen discurso, por haberlo aprendido de sus padres en la niñez o de sus maestros en la juventud. ¡Qué ceguedad! ¡Abrazar tenazmente una secta filosófica, adherirse con esclavitud a un sistema, sin más recomendación que haberlo proferido algún famoso héroe del orbe literario, tan poseído tal vez de su amor propio que por falta de ingenio y por no desdecirse de su primer aserto atropella aún por las justas reconvenciones de su propio entendimiento! ¡Cuánto atraso han padecido las ciencias por seguir con nimiedades las huellas de su primer inventor de nombre conocido, sin tener atrevimiento para desamparar las sendas que nos propuso! [4] .

Libertad de pensamiento: he ahí en esencia el propósito innovador del presbítero Caballero. Autonomía en la reflexión y capacidad inventiva, sin la cual en espíritu no existe prácticamente. ¿Y qué puede ser esa libertad de pensamiento sino el punto de partida de una total independencia, es decir, lo mismo individual que social? Por eso Caballero concluye dando expresión a sus afanes reformistas del entendimiento en la obra titulada Filosofía electiva, para lo cual se inspira en Descartes, Bacon, Locke y Condillac. Comienza diciendo que todo el que estudia “debe experimentar el más profundo respeto y reconocimiento hacia los grandes hombres que nos han comunicado sus discursos y enriquecido con sus descubrimientos, pero no hemos de ser esclavos de la autoridad” [5] . Y refiriéndose a la Universidad de La Habana, exclama:

La Universidad no ha querido reconocer la necesaria vicisitud de los establecimientos humanos, y ha carecido de la energía para desembarazarse de antiguas preocupaciones, desterradas mucho tiempo ha de las academias más respetables de Europa, de quienes son y deben ser émulas las de América. Basta con revisar sus Estatutos para advertir el adelanto de que son susceptibles la filosofía y las ciencias, y la decadencia de ambas es tan notoria como necesario el remedio, porque este mal es de una naturaleza nociva a la utilidad pública y al rigor en que debe conservarse el orden político, y no deben ya disimularlo [6]

Se trata, en fin, de aplicar, primero, el criterio de análisis, para concluir, después, en una prudente síntesis de los criterios y las experiencias más atinentes al objeto que se estudia. Inspirado en la metódica cautela de Descartes, siguiendo a veces ceñidamente su pensamiento, repite casi como un eco de éste:

No se debe emprender ningún estudio sino después de haber purgado la mente de los prejuicios temerarios que hayamos adquirido a través bien de las lecturas de malos libros, bien del trato con gentes vulgares. Debemos escoger un buen autor. Léase mucho pero no muchas cosas. No pasemos de una cuestión a otra sino después de haber comprendido la primera. No se debe prescindir de nada. [7]

¿Se comprende ahora que este menester lento y tranquilo llevaba oculto en su seno una carga explosiva? Pues debajo de toda la teorización en que se resuelve la electiva filosofía de Caballero se advierte el radical inconformismo, el desacuerdo ostensible con la realidad de entonces. He ahí lo que debe interesarnos ante todo, mucho más que la naturaleza de las ideas de que se vale y las consecuencias teóricas de la adaptación de las mismas al texto que forma la Filosofía electiva. ¿Cómo vacilar entre el Discurso del método y las Sentencias de Pedro Lombardo?, ¿o entre la Física de Aristóteles y el Tratado de las sensaciones del abate Condillac? Es como si dudásemos hoy en escoger entre la medicina experimental de nuestros días y la “empírica” de los tiempos de Rabelais. Entonces, ¿quién venía a resultar “disolvente”y hasta “relapso” con respecto a la situación social en la que se encontraba el que innovaba, como Caballero, o aquel otro que aún juraba por la palabra de Aristóteles?

III

Se ha dicho a veces que la historia es un sistema de discontinuidades unidas entre sí por inevitables continuidades. A esta aparente paradoja se debe que cualquier proceso de los que forman la historia permita discernir en él la suma de las individualidades que lo constituyen y el hilo conductor en el cual vienen a engarzarse todas esas individualidades. En suma, que las semejanzas y diferencias no resultan, en definitiva, sino las motivaciones por las que dicho proceso se mantiene vivo hasta el final. Este es el caso de la historia de nuestra emancipación mental, de esa “revolución de las ideas” que precede a la lucha armada. Y por eso es que, ahora, tras el presbítero Caballero, vemos aparecer en el mismo escenario, pero con un vigor que sobrepasa notoriamente a éste, la figura de Félix Varela y Morales.

Lo que deben los cubanos a este clérigo de “estatura mediana, delgado, de color trigueño, lampiño, frente muy ancha y sumamente miope” [8] , pocos lo saben probablemente. Pues Varela agrega al talento y al afán innovador de Caballero una actuación de constante rechazo muy explícito siempre, de la triste realidad colonial. En Varela convergen y a la vez se abren las dos grandes preocupaciones del momento en Cuba, decir, cultura y política. Por eso no resulta precisamente una frase decir que, para él, la política de la educación es, al mismo tiempo, la educación de la política. Tal es, pues, su obra.

Discípulo de Caballero y protegido del obispo Espada, vemos a Varela formarse al calor de las iniciativas progresistas del Colegio-Seminario. No hay que decir que Varela, animado por Caballero y dentro de la atmósfera “revisionista” de ese plantel, absorbe todo cuanto el pensamiento de la Edad Moderna puede suministrarle, y no es poco. A esto se debe su oposición al escolasticismo, tal como se venía practicando en la Universidad de La Habana.

La revolución que va a operar Varela en Cuba tiene, por consiguiente, dos aspectos, según ya hemos dicho. Pero él comienza con el de la educación y, por eso mismo, su interés se centra en el estudio del fenómeno del conocimiento, su origen y modo de efectuarlo. Si hemos de renovar las obsoletas maneras de enseñar, piensa Varela, es indispensable que comencemos por el examen cuidadoso de esa misma actividad del conocer, a fin de estar seguros de que es posible llegar a saber algo con verdadera eficacia. Y si bien esto era en Europa una cuestión “teórica”, propia de filósofos de gabinete, para el pensador cubano suponía una cuestión de vida o muerte, puesto que estaba referida a la deficiente realidad social de Cuba. En la polémica europea entre innatistas y sensualistas (es decir, si las ideas existen ya previamente en nuestra mente o si, por el contrario, éstas provienen de la experiencia), Varela alínea con los sensualistas. Ahora bien, si hace esto último es, en parte, porque la unión con los innatistas supone aceptar, de algún modo, cierto “autoritarismo” del pensamiento que no distaba mucho –desde el punto de vista de sus consecuencias prácticas en Cuba- del criterio medieval del magíster dixit, aunque a primera vista no resulte así. Se quería tener la mayor libertad posible en todos los aspectos de la vida, sea lo individual, sea lo social. En consecuencia, la experiencia dota al ser humano de un ámbito más amplio donde ejercer su libertad. Por eso escribe Varela de este modo:

De lo que antecede que los sentidos transmiten las impresiones al intelecto el lector pensará que soy sensualista. Y, en efecto, lo soy, en tanto en cuanto no puedo admitir las ideas innatas, al menos como éstas suelen ser explicadas…? Qué significa esto? ¿Qué existen algunas ideas de objetos puramente espirituales cuya imagen los sentidos no pueden nunca producir? Aceptado. ¿Quiérese dar a entender que no podemos venir por medio de algunos razonamientos de las cosas sensibles al conocimiento de las espirituales? Esto es con toda evidencia absurdo y lo prueba la voz de la Naturaleza, proclamando la existencia de Dios. [9]

De aquí hasta la afirmación de la soberanía del individuo no hay sino un paso:

Nuestros conocimientos empezaron por el de un solo individuo […y] todas nuestras primeras ideas son individuales […] No conocemos la Naturaleza, no conocemos sino individuos. No hay un ser en la Naturaleza que incluya todos los árboles o todos los hombres. [10]

Ahora bien, este criterio individualista significa que Varela es decidido defensor de la enseñanza activa, experimentalista, frente al verbalista memorismo de la escolástica. Por eso mismo, Varela prefiere el método de enseñanza preconizado por el movimiento de la ideología [11] : de la sensación (experiencia) a la idea (reflexión), donde remata el proceso del conocimiento. Por consiguiente, se trata siempre de ir desde lo particular hasta lo universal, es decir, que el conocimiento, sea cual sea, ha de partir en todo caso de la observación y si es posible confirmarse en el experimento. De este modo, el criterio de autoridad reside más bien “dentro” que “fuera” del individuo, quien debe admitir el criterio ajeno sólo cuando haya antes entendido bien claramente que debe ser así. Lo contrario es incurrir absurdamente en el método verbatim del escolasticismo, de ese “inutilismo”, como risueñamente lo llama Varela.

El otro aspecto de su cubana obra es, como ya dijimos, la política. Sin embargo, si fuésemos a expresarlo de modo aún más preciso, habría que decir que toda su obra es fundamentalmente política, puesto que el propósito de Varela es luchar por la difusión de esa preocupación, dominante en él, de despertar en la sociedad cubana de aquel momento la conciencia de los derechos y deberes que posee como tal sociedad. Por eso va deliberadamente a la cátedra de Constitución, obtenida en brillantes ejercicios, porque era la oportunidad de manifestar lo que pensaba sobre el derecho de Cuba a la libertad y a la independencia. Hace suyo el concepto del derecho natural y eterno, tal como lo propone Grocio, puesto que este derecho es, por su misma naturaleza, imprescriptible, o sea que no debe estar sujeto a cambio ni en el espacio ni en el tiempo. En consecuencia, del sistema de las tres igualdades (natural, social y legal) la última es la suprema, ya que todo ser humano, no importa el lugar que ocupe en la sociedad o el nivel de sus conocimientos, debe disfrutar de los mismos privilegios constituidos por ese derecho que proviene de la ley. Varela va constantemente en su examen de los fundamentos de la Constitución hacia aquello que, de un modo u otro, se refiere a la libertad tanto como a la soberanía y, por lo mismo, dice que:

[…] toda soberanía está esencialmente en la sociedad, porque ella produce con el engrandecimiento incompatible con su esclavitud, y jamás renuncia al derecho de procurar su bien y su libertad, cuando se viere defraudado de tan apreciables dones […] [12]

Es posible, si queremos, imaginar el efecto que tales palabras deben haber producido en los jóvenes oyentes que llenaban la sala donde Varela se expresaba en esos términos. Palabras que, por mover a la reflexión, resultaban inquietadoras, ya que ellas dibujaban el cuadro de todo lo que no existía en aquella época en Cuba. Invitación a pensar como a soñar y a querer que el programa reivindicador propuesto por el Maestro se convirtiese en efectiva realidad. Como también deben de haber sentido gran preocupación al oírle hablar de la repugnante institución de la esclavitud y decir que resultaba de todo punto incompatible el regreso (en aquel entonces) a la vida constitucional con el mantenimiento de esa especie de infrasociedad que constituían los infelices esclavos.

IV

En 1823 sale Varela desterrado para los Estados Unidos como consecuencia del regreso de España al régimen absolutista personificado en la sombría figura de Fernando VII. Con ello se aminoraban lamentablemente las prometedoras posibilidades de un continuo progreso inaugurado en Cuba por Las Casas. Diez años después, 1834, otro ilustre cubano, es decir, José Antonio Saco, tomaba también el camino del destierro. Pero lo sustituye otro hombre llamado a ejerce una influencia tan decisiva en el destino de la vida cubana, que se puede decir, sin temor a exagerar, que de su magisterio intelectual, moral y político depende en gran parte el hecho histórico de la Guerra de los Diez Años. Este hombre es José de la Luz y Caballero.

La vuelta al absolutismo acentuó todavía más las diferencias entre peninsulares y criollos [13] puesto que mientras los primeros se mantenían en posición rigurosamente conservadora, más “tradicionista” que tradicionalista, los criollos, conscientes y orgullosos de su condición de hijos del país, constituidos en minoría pudiente e ilustrada, continuaban su obra a favor del cambio social y político. Por eso es que al absolutismo de Fernando VII se enfrenta José María Heredia, José Agustín Caballero, Félix Varela, José Antonio Saco, Domingo del Monte, Antonio Bachiller y Morales, Gaspar Betancourt Cisneros y, sobre todo, señoreando esta élite de la dignidad criolla, José de la Luz y Caballero.

Esto es, pues, el hombre a quien le corresponde ocupar el centro de ese ruidoso proceso, cultural en apariencias, pero que en su interior esconde una cuestión política. Pues la Polémica filosófica, lejos de haber sido una discusión académica, es el modo que tuvo de expresarse la minoría criolla ilustrada en contra de la sórdida realidad colonial, y esto explica por qué la actuación de los cubanos ya citados responde perfectamente en la Polémica a la preocupación ante la realidad porque atravesaba entonces el país. Si la discusión sobre la “precedencia de la física sobre la lógica” promueve tan enconada discusión es porque se trataba de oponer el método de enseñanza fundado en la observación y el experimento al anacrónico método verbalista tal como se venía aplicando en nuestras escuelas. Como la defensa de la Ideología y el ataque al eclecticismo de Cousin constituyen, respectivamente, la defensa de un gobierno de representación democrática y la oposición a un régimen de compromiso que serviría para mantener el status quo de la Isla de Cuba.

Por su vasto saber y su rigurosa calidad moral Luz y Caballero era la persona indiscutible para asumir la dirección de todo el proceso de pensamiento en Cuba durante casi medio siglo, aunque, por supuesto, su influencia se extendió mucho más allá. A los veinticuatro años dominaba el griego y el latín y hablaba correctamente, inglés, francés, alemán e italiano. Sus viajes a Europa y el contacto con hombres de la talla de Humboldt, Cuvier y Mexzofanti acabaron de completar su personalidad de pensador y hombre de letras. Esto explica que el Colegio del Salvador, fundado por él en 1848, llegase a ser el centro donde convergían todas las inquietudes y también todos los afanes de la minoría ilustrada de Cuba.

Mucho antes de que el Colegio del Salvador abriera sus puertas, dio comienzo la sonada Polémica. En su programa de exámenes del Colegio de San Cristóbal Luz y Caballero dio preferencia al estudio de la Física sobre la Lógica. Es claro que al hacerlo se proponía contribuir con todas sus fuerzas a la definitiva sustitución de la estéril docencia escolástica por las ideas propias de la Edad Moderna, basadas, sobre todo, en el libre examen de cuantas cuestiones pueden proponerse al hombre. Cuatro años después de haberse decidido Luz y Caballero por la Física frente a la Lógica (en la cuestión de la precedencia), Gaspar Betancourt Cisneros publicaba en la Gaceta de Puerto Príncipe la “Advertencia proemio” del mencionado Elenco y se declaraba -¡cómo no iba a ser así!- partidario del criterio de Luz y Caballero. Esto trajo como consecuencia inmediata que el licenciado camagüeyano Manuel Castellanos Mojarrieta (Rumilio) hiciera la refutación de las ideas de Luz y Caballero, con razones no desatendibles del todo, puesto que sus consideraciones se referían más bien a las relaciones formales que, como se sabe, debe mantener la lógica con toda ciencia, o sea la metodología sin la cual no hay investigación posible. Pero el propósito de Luz y Caballero era otro, es decir, que al decidirse por la precedencia de la Física sobre la Lógica estaba pensando, por supuesto, en esa “lógica” extraída de las enmarañadas Súmulas que, a su vez, eran un desvaído extracto de ciertas porciones del Organon aristotélico. Con clara visión de la cubana realidad del momento, iba Luz y Caballero a la solución de un grave problema, solución que consistía en el abandono del estéril recitado de los esquemas calcados en textos ya más que olvidados en Europa. De ahí que diga lo siguiente:

También se infiere de lo dicho que lejos de rebatir yo el mérito de la Ideología y demás ciencias intelectuales, he tratado, por el contrario, de influir en que se proceda en la enseñanza por un método más rigurosamente científico a fuer de más rigurosamente natural; la cuestión no es de simpatía o antipatía por esto o el otro ramo de los conocimientos humanos, que si por predilecciones se decidiera el caso, quizás o sin quizás, hacia los estudios filosóficos se inclinaría el fiel de la balanza: se trata tan sólo del método […] ¿Quién podrá negar la importancia de la Lógica, o mejor dicho, de los estudios filosóficos? Pero no una Lógica de meras reglas tomadas a crédito, o sobre las palabras del Maestro, sino una Lógica que se funde en el espíritu de observación. [14]  

La adhesión de Luz y Caballero a las ciencias experimentales se debe a su convicción de que éstas tienen un indudable carácter de aplicación instrumental para el progreso de la vida cubana en todos los órdenes. Pues también él recelaba, con toda razón, de ese principio de autoridad que, entre nosotros, en la soñolienta vida colonial, defendía la rutina como si ésta fuese el orden estable y el acatamiento de todo cuanto, sin posibilidad alguna de mejora, era dado como una especie de inapelable sine die. Luz y Caballero, maestro, pero jamás “dómine”, concluye con estas palabras:

Es necesario tener la razón ya sumamente fortificada para poder sacudir el yugo de la autoridad en cualquier forma que se presente, ¿y qué forma más temible para el entendimiento endeble de los discípulos que las palabras del maestro? […] A los maestros se debe respeto, pero no fe […] [15]

La falta de espacio impuesta a la obligada brevedad de este trabajo me impide otra cosa que no sea mencionar simplemente los títulos de las restantes Polémicas motivadas, respectivamente, por la Ideología, la moral religiosa y la moral utilitaria; así como, también, por aquélla debido a la Impugnación a la doctrinas filosóficas de Cousin, con la cual Luz y Caballero refuta el análisis llevado a cabo por el filósofo francés Víctor Cousin del Ensayo sobre el entendimiento humano del inglés John Locke. Luz realizó en este caso un admirable examen de la interpretación que hace Cousin de las ideas de Locke y demuestra que el propósito del francés era toda una “componenda” política para servir a los intereses del ancient régime en Francia. Y, en fin de cuentas, la Polémica filosófica, cuya importancia sólo puede apreciarse leyendo los numerosos volúmenes que la forman [16] , no es sino la piel del antagonismo cada vez más ostensible entre conservadores y progresistas: en fin, entre partidarios del régimen colonial y defensores de la independencia. Esto explica la pasión de sus contendientes. No en balde pudo decir José Zacarías González del Valle en carta del 4 de septiembre de 1839 a su amigo el poeta Anselmo Suárez Romero: “Hay aquí tal movimiento para la filosofía, que pone espanto”.

V

Así como Caballero, Varela y Luz representan en Cuba el movimiento renovador de las ideas de la enseñanza y la cultura en general, José Antonio Saco es quien personifica la preocupación, a la vez especulativa y práctica, en el orden político. No quiero decir con esto que no haya habido una preocupación política en todos ellos, porque, como ya se ha advertido, la ilustrada minoría cubana de esa época, actuó teniendo siempre en cuenta, ante todo, el futuro del país. Pero Saco hizo del aspecto político una cuestión absorbente, al extremo de que todo su pensamiento se puede concretar en los tres problemas siguientes: la denuncia del despotismo como sistema de gobierno en Cuba; el examen y la denuncia de las consecuencias adversas del anexionismo; la crítica del absolutismo español y de sus repercusiones en Cuba. En la mencionada trilogía es posible descubrir siempre el fervor patriótico y el sueño constante de Cuba libre e independiente. Por eso pudo decir pocos años antes de su muerte:

Lejos de haber medrado a la sombra de Cuba, siempre le he sacrificado mis intereses. Por ella perdí la corta fortuna que de mis padres heredé, pero que me bastaba para vivir cómodamente, Por ella renuncié a mi brillante carrera de abogado, que me ofrecía, riqueza, honores y poder. Por ella concité contra mí el odio de individuos, clases y corporaciones. Por ella me persiguieron y desterraron. Por ella he rehusado más de una vez útiles ofrecimientos que me hubieran proporcionado en España una ventajosa posición. Por ella, en fin, he consumido en una larga y dura expatriación los mejores años de mi vida […] [17]

Saco representa, como ningún otro cubano ilustre de su época, “la protesta de la razón severa y fría” [18] , porque toda su obra revela el análisis sereno y meditado del problema que se discute, así como del mal que se denuncia y de la solución propuesta para eliminarlo o al menos rectificarlo. La mejor comprobación de que es así como procede Saco nos la ofrece su famosa obra Historia de la esclavitud, obra inconclusa porque el autor, jamás satisfecho con la enorme investigación llevada a cabo, confiaba seguramente en hallar todavía nuevas pruebas que sirviesen para confirmar sus juicios al respecto. Y es, también, un hombre de absoluta y rigurosa independencia mental y moral, sin lo cual no puede darse una vigorosa personalidad como la suya. Desde muy joven ya vemos manifestarse en él esa personalidad, por ejemplo, cuando la iniciativa de Luz y Caballero, Domingo del Monte, Felipe Poey, Nicolás de Cárdenas, Joaquín Santos Suárez, Nicolás Escobedo y otros cubanos distinguidos se encaminaba hacia la fundación de una Academia de Literatura, a lo que se opuso cierta parte de la Sociedad Económica de Amigos del País sobre todo por boca de su Director el doctor O’Gavan. Aquí se advierte, una vez más, la discrepancia ya aguda entre criollos y peninsulares y el desagrado de éstos al ver que los cubanos pretendían nada menos que hasta organizarse literariamente con independencia de la Metrópoli. Saco salió por los fueros de la minoría criolla en un artículo titulado Justa defensa de la Academia cubana de literatura, que contribuyó decisivamente al destierro del noble y generoso publicista. Los motivos aducidos por el déspota Tacón en su entrevista con Saco lo comprueba perfectamente: se le desterraba, sobre todo, por tener mucha influencia sobre la juventud habanera [19] .

En efecto, no pertenecíamos a la nación española más que en calidad de factoría de azúcar, tabaco y ron. Unos años más tarde (1837) queda Cuba sin representación en las Cortes españolas porque éstas entienden que debe ser gobernada mediante un régimen de excepción, el régimen de la factoría. De ahí que apenas llegado a España, en 1835, Saco escribe la Carta de un patriota, en la que se refiere a las siguientes cuestiones que afectaban terriblemente a Cuba, es decir: 1) aligeramiento de los impuestos; 2) mejora de la justicia; 3) supresión de las facultades dictatoriales del gobierno colonial; 4) libertad de imprenta; 5) creación de una junta o poder legislativo insular; 6) represión efectiva del contrabando de negros esclavos; 7) fomento de la inmigración blanca; 8) desarrollo de la instrucción pública. Pero Saco, apenas llegado a España, pudo comprobar que el mal venía de arriba, quiere decirse que el español de la Península no era menos malevolente con respecto al cubano que su paisano en la Isla. En carta a Luz y Caballero habla de este extremo y dice:

Ni nos quieren ni nos entienden, ni se acuerdan de nosotros sino para robarnos y sacrificarnos. Reina contra nosotros una prevención terrible. Resentidos de haber perdido las Américas, se proponen encadenarnos más de lo que nos tienen, para que nunca podamos escaparnos […] Aquí, aquí es donde se conoce bien lo que es España respecto de nosotros. [20]

Las sospechas de Saco respecto de la general actitud del español hacia el cubano se confirmaron prontamente, pues en 1837 se suprime definitivamente la representación parlamentaria de Cuba, Puerto Rico y Filipinas ante la Metrópoli, simplemente porque así quedaban privadas de los derechos consagrados en la Constitución liberal. Saco publicó un Examen analítico del Informe de la Comisión Especial nombrada por las Cortes sobre la exclusión de los actuales y futuros diputados de Ultramar y sobre la necesidad de regir aquellos países por leyes especiales. De tal modo es claro, preciso y verdadero dicho Examen, que como él mismo dice con gran satisfacción: “No hubo un solo director que saliese a combatirlo. ¡Prueba incontestable de la solidez de sus argumentos y de la justicia de nuestra causa!”.

Tras la publicación del Paralelo entre la isla de Cuba y algunas colonias inglesas, que es, en realidad, un contraste del modo de gobernar colonialmente en Cuba y en Canadá, dio comienzo el proceso de su opus magna, o sea la famosa Historia de la esclavitud, en la que trabajó asiduamente, casi sin descanso, en una descomunal tarea de acopio de materiales para ese trabajo y en la no menos descomunal de organizarlos y extraer de ellos el sistema de ideas que forman el cuerpo central de esa obra. Consta ésta de cinco tomos, de los cuales los tres primeros están dedicados al estudio de la esclavitud en el Viejo Mundo, mientras el cuarto se refiere, aunque incompletamente, a la esclavitud de la raza africana en el Nuevo Mundo, y el quinto, también inconcluso, a la esclavitud de los indios americanos. Pero lo más importante, desde el punto de vista de lo que esta obra significa como contribución a la mejora del destino de Cuba es, sin lugar a dudas, el impresionante alegato sobre la injusticia y la injustificabilidad de la esclavitud como régimen social. Obra inmensa en su proyecto lo mismo que en su realización, destinada primordialmente a combatir la esclavitud en todas partes y principalmente en Cuba.

Tras la Historia de la esclavitud vino todo aquel sonado proceso del proyecto de anexión de Cuba a los Estados Unidos, vasto y complicado aspecto de nuestra historia colonial en el que tomaron parte multitud de personas, por lo que hablaremos de él refiriéndonos solamente a Saco. Éste, como se ha probado ya de modo suficiente, jamás fue anexionista, aun cuando a veces, ante el lastimoso estado de Cuba colonial y convencido de que España jamás accedería a ningún cambio eficaz en la Isla (como, en efecto, sucedió), llegue a decir lo siguiente:

A pesar de todo, si por uno de los más extraordinarios acontecimientos, la reunión pacífica de que he hablado pudiera realizarse hoy, yo ahogaría mis sentimientos dentro del pecho y votaría por la anexión. [21]

Saco no puede ser anexionista, porque, por una parte, sabe que ni Inglaterra ni Francia permitirían jamás la anexión de Cuba a los Estados Unidos, y en una guerra de sublevación la Isla sería arruinada lamentablemente. Por otra parte, vio claramente que la anexión a un país de raza, lengua y tradición distintas de la nuestra, máxime en las pésimas condiciones en que Cuba se hallaba entonces, sólo sería cambiar de amo, y en esto la historia le ha dado ampliamente la razón:

No seamos el juguete desgraciado de hombres que con sacrificio nuestro quisieran apoderarse de nuestra tierra, no para nuestra felicidad, sino para su provecho […] Yo desearía que Cuba no sólo fuese rica, ilustrada, moral y poderosa, sino que fuese también cubana y no anglosajona […] [22]

La convicción antianexionista de Saco le hace luchar durante el resto de su vida por la independencia de Cuba, no conspirando para derrocar al gobierno español en Cuba por medio de las armas, sino, en cambio, con el incansable servicio de su pluma. Esta es la fase de su labor política y patriótica dedicada a combatir al absolutismo como régimen de gobierno en su patria. Y con clara visión de lo que acabaría sucediendo, dice así: “Negarse, pues, por más tiempo, a conceder a Cuba libertad, es correr desbocadamente al abismo donde todos podemos perecer. El progreso de las sociedades modernas, y del que aquella isla es también partícipe, ha creado nuevas necesidades y nuevos sentimientos; y si hubo un tiempo en que los cubanos vivieron contentos de las ideas que heredaron de sus padres, hoy se consideran desgraciados porque carecen de toda libertad”. [23]

VI

Hace ahora veinticinco años, al prologar la reedición de la obra de José Manuel Mestre, titulada De la filosofía en La Habana, decía yo lo siguiente:

[…] ha querido el destino que sea precisamente cuando renace en Cuba con extraordinario vigor la actividad filosófica, en lamentable receso durante casi cincuenta años, que esta pequeña pero enjundiosa y significativa contribución de un cubano ilustre del siglo pasado al acervo de nuestro patrimonio filosófico vuelva a la circulación, como efectivo recordatorio de lo que, en el orden del saber principal, representa para nuestro país el siglo XIX […] [24]

José Manuel Mestre, habanero nacido en 1832, Bachiller en Filosofía, Licenciado en Jurisprudencia y Doctor en Derecho Civil y Canónigo, tuvo el privilegio de formarse también, en esos años decisivos de la juventud, al calor de la inmensa figura de Luz y Caballero, en cuya empresa docente tomó parte destacada durante una década. Allí se formó en ese saber profundo y riguroso que el autor de los Aforismos poseyó como nadie en Cuba antes y después de él. Por eso mismo, la suprema aspiración de Mestre, según hubo de manifestar en distintas ocasiones, estaba centrada en la enseñanza de la filosofía en la Universidad, alentado sin duda en su noble aspiración por otros de sus maestros, tales como los González del Valle, Bachiller y Morales, de León y Mora y otros más. Noble deseo que ve colmado al comenzar sus lecciones de Lógica, Metafísica y Moral en 1851 y que lleva adelante durante quince años. Pero el ideal de la independencia de su patria pudo más que todo cuanto hubiese podido atraerle en el orden de las ideas, y así se adhiere a la causa del 68 sacrificándole fortuna, seguridad personal y vocación intelectual, al extremo de llegar a ser procesado en rebeldía, condenado a la pena de muerte en garrote vil y desposeído de sus bienes.

De la filosofía en La Habana es el “canto del cisne” de ese dilatado y próvido movimiento intelectual iniciado en Cuba a fines del siglo XVIII y que se interrumpe bruscamente a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX. Imposible mencionar ahora, dada la brevedad a que se contrae este discurso, ni siquiera lo esencial del contenido de ese magnífico recuento que hace el doctor Mestre de dicho proceso intelectual. Lectura de la apertura del curso académico de 1861 a 1862 en la Real Universidad Literaria de La Habana, este admirable trabajo persigue dos propósitos, a saber: por una parte, hacer el recuento histórico-crítico del proceso filosófico en Cuba durante el período a que ya se hizo referencia, a través de sus principales figuras, es decir, de José Agustín Caballero, Félix Varela, José de la Luz y los hermanos González del Valle. Y, por otra parte, aprovechar la ocasión para exponer en apretada síntesis su propia concepción de la filosofía.

Como bien apunta Mestre, la Filosofía electiva de Caballero es sin duda el inicio de la reforma, no ya sólo de la filosofía, sino una especie de reforma del intelecto cubano. Ahora bien, sigue diciendo, la verdadera regeneración filosófica en Cuba la inicia Varela, habida cuenta de su larga y vigorosa cruzada contra el estancamiento a que había acabado por reducirse la vieja y gastada escolástica. De Luz y Caballero nos dice que si bien no ha compuesto ningún tratado sistemático de filosofía, “[…] la ha ido desenvolviendo en sus clases, inimitablemente desempeñadas, porque el señor de la Luz no tiene rival en el magisterio […]” [25] , y su doctrina, coordinada admirablemente en sus diversos aspectos, estima Mestre que se puede expresar con una sola palabra: armonía. Finalmente se refiere a Manuel González del Valle diciendo que ha sido el alma de la enseñanza de la filosofía en la Universidad de La Habana. Y con respecto al segundo de los dos propósitos que alientan en el trabajo de Mestre, es hacer ver que el ejemplo de los pensadores cubanos que integran el susodicho movimiento intelectual es y ha de ser de extraordinaria eficacia para el destino mejor de Cuba. Y añade: “[…] creo que la recordación de esos modelos es tanto más oportuna cuanto que se nota entre nosotros cierta especie de indifirentismo que va poco a poco minando nuestra escasa vida intelectual […]” [26] . Sí, es cierto, ya para entonces se vislumbraba la extinción de una brillante etapa del pensamiento para dar paso a otra, no menos brillante, de la lucha armada por la independencia de Cuba.

Creo que puede verse ahora claramente que también en el caso de Cuba la filosofía americana, oportuna y acertada adaptación de las ideas europeas de la Edad Moderna, revela su eminente carácter instrumental. El progreso material, la cultura y la libertad a que aspiraban los cubanos desde las postrimerías del siglo XVIII, constituyen la síntesis del pensamiento de esa ilustrada minoría criolla que hizo avanzar a Cuba oponiéndose resueltamente a la hostilidad cada vez más abierta y enconada de la Metrópoli, hasta desembocar, primero, en la Guerra de los Diez Años, y más tarde en la de 1895. Porque esas ideas europeas crearon en Cuba la conciencia de que sólo la autonomía del pensamiento y de la voluntad podía procurarnos un puesto entre las naciones libres del mundo. Por consiguiente, todo aquel que se tome la molestia de examinar ese largo y voluminoso alegato en pro de la libertad y la dignidad del hombre (que eso es la obra pensada de nuestros mayores), comprenderá enseguida por qué Martí afirma que es indispensable que el pensamiento preceda a la acción. Pues solamente el espíritu nos hace libres, y éste es, de manera muy apreciable, conocimiento para la acción.

Este trabajo apareció publicado originalmente en la Revista Círculo, Vol. VIII, año 1979, páginas 27-46

Humberto Piñera Llera (1911-1986), obtuvo un doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de la Habana y fue profesor de Filosofía en ese alto centro docente. Fundó la Sociedad Cubana de Filosofía y la dirigió durante varios años. En 1960 renunció a su cátedra en la Universidad de la Habana, descontento con la implantación de un régimen comunista en su país y salió al exilio, radicándose en los EEUU, en donde ocupó una cátedra en la Universidad de New York Sus numerosas obras se pueden clasificar en dos vertientes: la puramente filosófica y la filosófica-literaria .Sus obras merecieron una acogida muy positiva de la crítica hispanoamericana en general. Por su extraordinaria cultura, su brillante inteligencia, su rigurosidad metodológica, su objetividad y mesura, Humberto Piñera ocupa un lugar muy destacado en la ensayística cubana del siglo XX.



NOTAS

[1] Humberto Piñera: Panorama de la filosofía cubana, colec. “Pensamiento de América”, Unión Panamericana, Washington D.C., 1960.

[2] José Martí: Carta a Ángel Peláez, New York, enero de 1882.

[3] De 1790 a 1796 duró este lapso de continuo progreso en Cuba. Pues aunque después hubo alguna que otra manifestación de mejora en el estado general del país, de ningún modo resulta comparable a lo alcanzado en esos seis años del gobierno de Las Casas.

[4] José Agustín Caballero: artículo con el seudónimo de “Un amigo”, Papel Periódico de 12 de enero de 1794.

[5] José Agustín Caballero: “Literatura. Discurso filosófico”. Papel Periódico, números 17 y 18 (1798).

[6] José Agustín Caballero: “Discurso sobre la reforma de estudios”, Memorias de la Real Sociedad Patriótica, XIV (1842), págs. 421-22.

[7] José Agustín Caballero: Philosophia electiva. La Habana, Universidad de La Habana, 1944, págs. 155-56.

[8] Según el “retrato” que de él nos dejara su alumno Juan Manuel Vallarino.

[9] Félix Varela: Miscelánea filosófica, La Habana, Universidad de La Habana, 1944, pág. 257.

[10] Félix Varela: Lecciones de Filosofía, La Habana, Universidad de La Habana, 1940, pág. 27.

[11] Movimiento filosófico francés que surge aproximadamente en 1790 y dura hasta 1820. En términos generales es el estudio científico de las ideas consideradas como representaciones de las cosas. Las figuras de más relieve son Pierre Cabanis (1757-1808) médico y profesor en la Escuela Central de París, y Antoine Desttut de Tracy (1754-1836).

[12] Félix Varela: Observaciones sobre la Constitución política de la monarquía española. La Habana, Universidad de La Habana, 1944, pág. 11.

[13] Desde fines del siglo XVIII ya se viene notando esta diferencia v. gr., en la división entre “barretistas” (partidarios del peninsular conde de Casa Barreto) y “aranguistas” (adherentes al cubano Arango y Parreño); como sucesivamente después entre “escolásticos” y “sensualistas”, “ideólogos” y “eclécticos” y, finalmente, entre “independentistas” y “autonomistas”.

[14] José de la Luz y Caballero: La polémica filosófica. La Habana, Universidad de La Habana, 1946, tomo I, págs. 36-37.

[15] José de la Luz y Caballero: La polémica filosófica, op.cit., tomo III, pág. 265.

[16] Consta de cinco tomos en la colección de la Biblioteca da Autores Cubanos, editada por la Universidad de La Habana.

[17] Fernando Ortiz: José Antonio Saco y sus ideas cubanas, La Habana, Imprenta el Universo, 1929, pág. 1.

[18] Ibid.

[19] Ibid, pág. 41.

[20] Ibid, pág. 50.

[21] Ibid., pág. 78,

[22] Ibid., pág. 140.

[23] Ibid. pág. 169.

[24] José Manuel Mestre: De la filosofía en La Habana, estudio preliminar y notas por Humberto Piñera Llera. Publicaciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura, La Habana, 1952, págs. 7-8.

[25] Ibid., pág. 19.

[26] Ibid., pág. 20.